La película ganadora del Oscar de este año, 12 años de esclavitud, está basada en la historia verídica de Solomon Northup, un afroamericano que nació como hombre libre en Nueva York pero que fue secuestrado en Washington D.C. en 1841 para ser vendido como esclavo. Bajo condiciones brutales, Solomon trabajó por 12 años en plantaciones en Louisiana antes de ser finalmente liberado.

Durante los duros años que sufrió como esclavo nadie le creyó su verdadera historia. Su esposa e hijos pasaron esos 12 años en Nueva York preguntándose dónde estaba y por qué había desaparecido. Su vocación como granjero y violinista se volvieron memorias lejanas. Él debió pretender que no sabía leer para no ser asesinado. Debió vivir la vida de otra persona hasta que Samuel Bass, un confiable carpintero canadiense que trabajó con Northup, envió cartas —incluyendo una escrita por Northup— a amigos y a la ciudad natal de Solomon revelando su ubicación, con lo que eventualmente alguien del norte fue a rescatarlo.

Solomon retornó donde su familia y reclamó su verdadera identidad, pero no tuvo éxito en demandar al hombre que lo había secuestrado y vendido como esclavo. La ley del Distrito de Columbia prohibía que él, por ser un hombre de piel negra, testificara en contra de personas de piel blanca. Luego, en el Estado de Nueva York, dichos hombres fueron acusados de secuestro, pero dos años más tarde los cargos fueron retirados. Uno se queda con un sentimiento de que acaba de presenciar una desconcertante injusticia: ¿Cómo puede ser que este hombre haya perdido 12 años de su vida sin ninguna explicación o reparo? ¿Cómo puede ser que un hombre libre, que contaba con un trabajo y que era padre y esposo, haya perdido su identidad por tanto tiempo?

Cuando la película ganó el premio de Mejor Película en la entrega de los Oscar, yo pensé en cómo el libro de Ester, el cual leemos en la festividad de Purim, resuena con la última de las preguntas sobre la vida de Solomon.

Ella tuvo que esconder lo esencial de su alma: su preciada identidad judía.

Cuando Ester fue elegida como reina y se casó con el malvado Ajashverosh, Mordejai le advirtió que ella no podía revelar su verdadera identidad. Él temía por su seguridad y sabía que ella podría ayudar al pueblo judío sólo si mantenía en secreto su identidad como judía. Ester obedeció las instrucciones de Mordejai, y a pesar de a eso, se aferró al preciado legado de sus antepasados. Ella tuvo siete sirvientes, uno para cada día de la semana, de forma que siempre supiese cuando llegaba Shabat. También se aseguraba de que no hubiera jametz en el palacio para Pesaj, y sólo comía frutas y vegetales para poder comer casher. Pero por muchos años ella tuvo que pretender ser alguien que no era. Ella tuvo que esconder lo esencial de su alma: su preciada identidad judía.

Imagina cómo sería si te forzaran a enmascarar tu identidad. Ester no se olvidó de quién era, pero ¿cómo afectaba este enmascaramiento a su confianza en su propia fuerza interna? Cuando necesitó acercarse al rey para rogar por el pueblo judío, ella titubeó*. Entonces, Mordejai le recordó que ella perdería si daba un paso al costado: "No creas que puedes escapar sólo porque estás en el palacio del rey. Si persistes en mantenerte silente en un momento como este, entonces el alivio y la liberación llegarán a los judíos de otro lado, mientras que tú y la casa de tu padre perecerán. Y quién sabe, quizás fue sólo por este momento que fuiste elegida para estar en el palacio" (Meguilat Ester 4:12-14).

Ester estuvo a la altura de la situación y salvó a nuestra nación. Ella le rogó al rey que salvara a los judíos y que destruyera los planes de Hamán. Al final, Hamán fue asesinado, junto con sus 10 hijos, de la misma forma en que ellos planeaban asesinar a Mordejai, y la nación judía resultó victoriosa.

La historia se repite

Pero la historia se repite como un espiral. Hoy en día nuevamente tememos expresar nuestra verdadera identidad. Una encuesta que fue realizada recientemente a judíos de nueve países europeos por la Agencia de derechos fundamentales de la Unión Europea reveló que un cuarto de los encuestados evitaba visitar lugares y vestir símbolos que los identificaran como judíos por miedo a ser atacados. En Suecia, el 49% de los encuestados dijeron estar asustados de utilizar una kipá y de cargar cualquier ítem que los identificara como judíos.

¿Estamos volviendo a la época en la que temíamos que nos identificaran como judíos?

Una sobrecogedora mayoría de los judíos europeos reportaron un alza en el antisemitismo. La semana pasada un grupo de hombres árabes atacaron a un judío en el tren de París y le gritaron: "¡Judío, no tienes país!". Los atacantes lo estrangularon y lo golpearon hasta que otro pasajero les avisó que se acercaba la policía. Desafortunadamente, más del 75% de los encuestados no reportan los acosos verbales antisemitas a la policía y el 64% dijeron no reportar los abusos físicos; los encuestados consideran que reportar los incidentes "no vale la pena" o que simplemente es inefectivo.

Las estadísticas son escalofriantes. ¿Estamos volviendo a la época en la que temíamos que nos identificaran como judíos? ¿Nuevamente estamos escondiendo nuestras identidades por miedo a que atenten contra nuestras vidas? ¿Estamos escondiéndonos tras la máscara de la vida de otro porque es demasiado riesgoso usar nuestras propias voces? Los años de esclavitud pueden hacer que una persona se sienta atrapada a pesar de que en su corazón él sepa que es un hombre libre. Y cuando nadie más puede ver quién eres, ¿podrás ser lo suficientemente fuerte como para conocerte a ti mismo? Cuando nadie más sepa de dónde vienes y hacia dónde sueñas ir, ¿podrás mantenerte fiel a tus principios? ¿Tendremos la fortaleza de sacarnos nuestras máscaras cuando necesitemos hablar con el rey?

Porque si no podemos sacarnos nuestras máscaras como lo hizo Ester, entonces nuestras verdaderas historias se perderán. Por eso la Meguilá fue nombrada así por Ester. Ella arriesgó su vida para salvar al pueblo judío. Ella no se rindió. Ella le dijo al rey: Soy judía, y mi pueblo está en peligro.

Gracias a Ester tenemos la festividad de Purim, en la cual el desconcertante sentimiento de injusticia se da vuelta y el hombre que había sido secuestrado ve cómo sus captores son reprendidos. Es un momento en el cual volvemos a los años en que vivíamos la vida de otro. Un día en el que todos los finales inconclusos se unen y el guión converge hacia un único final. Un día en el que dejamos de sentir vergüenza o temor. Un día en el que todos tenemos la oportunidad de encontrar nuestras propias voces y de escribir las meguilot de nuestras propias vidas.

Este Purim tenemos la oportunidad de sentir el amor de nuestro Padre, nuestro Rey, quien siempre ha sabido quiénes somos y quien ha esperado pacientemente a que reclamemos nuestras vidas verdaderas. Él está esperando a que nosotros encontremos el coraje para decir: Soy judío, y estoy dando un paso adelante para hablar. Eso es lo que siempre fui. Eso es lo que realmente soy. Eso es lo que siempre seré.

*La idea de que Ester perdió su confianza en sí misma cuando fue forzada a esconderse proviene de Rav Yehoshua Lookstein.