Recuerdo el día que vi el libro en una tienda de beneficencia en Pretoria, Sudáfrica. Las viejas páginas amarillentas, las letras en hebreo, un libro de rezos de Iom Kipur. Lo saqué del estante y miré la fecha de impresión: Hamburgo, 1933. Sentí escalofríos recorriendo mi columna. Me pregunté que habría ocurrido con los dueños del libro.

“Algún día podré leer en hebreo”, me prometí a mí misma mientras lo llevaba a la caja registradora.

“Oh, un libro judío”, dijo sonriendo la empleada del negocio mientras tomaba el dinero. “¿Lo vas a utilizar para una investigación?”.

“Soy judía”, contesté.

“Oh, debería haberme percatado”, dijo ella, señalando la estrella de David en mi cuello. “Pero no pareces judía” dijo, como si fuera un cumplido.

No pareces, las palabras retumbaban en mi cabeza mientras salía de la tienda. Las palabras lastiman. Si me hubiera escupido en la cara y me hubiera llamado judía mugrienta me hubiera sentido mejor.

Mientras caminaba, pensaba en mis bisabuelos y en la manera en que habrían reaccionado ante las palabras de la vendedora. Supongo que se habrían sentido aliviados.

En mi casa, sobre el escritorio, tengo una fotografía de ellos enmarcada: una joven pareja en el día de su boda, antes de la Primera Guerra Mundial. Están serios, como era común en esa época, y ninguno de los dos era consciente del futuro que les esperaba. Pogromos, guerra, la Revolución Rusa, guerra civil, la hambruna de 1930, Stalin, Hitler y el miedo. El miedo impregnaba todo, abrumaba todo. No había tiempo para pensar, sólo para sobrevivir.

Pero no siempre fue así. En la época de la foto, mi bisabuelo era un exitoso contador, y mi bisabuela una orgullosa dueña de una hermosa casa. Pero pronto se desmoronó todo: La Revolución Rusa se apropió de casi todo lo que tenían y, en la guerra civil que sobrevino, mi bisabuela casi fue asesinada en un pogromo.

Mi bisabuela nunca habló de esto, y sólo una vez se refirió crípticamente a “ocultarse en un sótano durante tres días con sus hijas pequeñas”. La memoria de ese incidente fue transmitida a la generación siguiente como un horrendo fantasma.

Mis bisabuelos decidieron eliminar todas las señales externas de su judaísmo.

Fue en ese momento que mis bisabuelos decidieron eliminar todas las señales externas de su judaísmo. Si bien nunca se convirtieron a otra religión, gradualmente dejaron de observar la mayoría de los rituales judíos. Sin embargo, mi bisabuela se aferró obstinadamente a las leyes de cashrut y se las transmitió a sus hijas, sin explicar el significado detrás de ellas. Más adelante, sus hijas se referirían a ellas como “las peculiaridades de mamá”.

El Incidente del Minián

Pasaron muchos años así, seguros en su identidad secreta, hasta el incidente del minián.

Fue a finales de la década del 30, en la pequeña ciudad rusa de Tara, que mi familia finalmente perdió su identidad. Había un muerto en la comunidad y los miembros de la comunidad buscaron hombres judíos para formar un minián, el quórum de 10 hombres. Mi bisabuelo fue el único hombre que encontraron. Se les unió, y al día siguiente todo el grupo fue arrestado acusado de ‘Propaganda Religiosa’.

Mi bisabuelo fue sentenciado a prisión, y a mi bisabuela le aconsejaron que se divorciara para que quedara en claro que ella no compartía sus creencias. Sola, y con seis niños a su cargo, aceptó. Aún así, el gobierno confiscó sus propiedades y continuó acosándola por muchos años.

Mis bisabuelos permanecieron divorciados por el resto de sus vidas. Cuando mi bisabuelo fue liberado unos ocho años después, volvió a casa, pero para cuidar las apariencias tuvo que vivir en un depósito de herramientas, lejos del resto de la familia. Mis bisabuelos obtuvieron un divorcio civil, no uno religioso. Desde ese momento en mi familia no se hizo ninguna mención del judaísmo, incluso a puertas cerradas. Alguno de los niños todavía eran pequeños, y los niños pequeños hablan.

Mi abuela creció aterrada de su propia herencia judía. Mi madre recuerda un incidente en el que, a la edad de cinco años, le preguntó a su mamá: “¿Qué es un judío?”, y recuerda la cara de horror de su madre cuando le gritó a sus parientes, “¡¿Quién le contó?!”.

Pero hay otro sentimiento que mi madre recuerda bien, el sentimiento de no pertenecer, de la existencia de una diferencia fundamental e inexplicable con los demás niños rusos que la rodeaban. El sentimiento nunca se fue. El resto de la familia se asimiló a la sociedad rusa, se casaron en matrimonios mixtos y algunos se convirtieron al cristianismo. Después de un tiempo, las “peculiaridades” familiares en relación al cerdo y a la mezcla de productos lácteos con carne fueron olvidadas.

Mi Dolor Fantasma

Yo crecí sin conocimientos sobre judaísmo, pero también tuve ese sentimiento acosador de que algo me estaba faltando. Ese anhelo, inexplicable e imposible de ignorar, dominaba mi vida. Lo llamaba mi “Dolor Fantasma”. Incapaz de identificarlo, siempre estaba enojada y amargada, y era desagradable estar cerca de mí.

Yo crecí sin conocimientos sobre judaísmo, pero también tuve ese sentimiento acosador de que algo me estaba faltando.

Volví al judaísmo a finales de mi adolescencia. La razón inicial por la que lo hice fue rebeldía adolescente, y también para desafiar todo lo que mi familia representaba. Sin embargo, no estuve sola en mi travesía; mi madre también redescubrió sus raíces y, a su ritmo, retornó a la fe de sus ancestros.

Mi travesía fue menos pacífica.

Comencé observando Shabat y comiendo casher, todo sin creer en Dios. Soy judía, y ni loca lo abandono, me dije a mí misma. Pero aún no estaba interesada en estudiar Torá. Averigüé sobre judaísmo básico en libros de consulta, y decidí que eso sería suficiente para mantenerme judía. Pero cuanto más leía, más quería saber. De a poco, mi conocimiento comenzó a cambiarme.

Me encontré esperando con ansiedad las Altas Fiestas, una oportunidad para reflexionar sobre mi vida. Los días entre Rosh HaShaná y Iom Kipur fueron los mejores de mi vida. Mientras pensaba en mí y en mi actitud, experimenté una transformación completa. Recuerdo haber pensado que si todos a mi alrededor se sentían miserables, entonces, ¿para qué quería estar viva? Quería hacer Teshuvá, cambiar. El sentimiento de liberarse del enojo y de la amargura era tan abrumador, que sentí que renací.

Hoy, casi diez años después, a la madura edad de 28 años, soy una persona enormemente rica. Soy rica en mi herencia y en mi fe. Tal vez mis tesoros son más queridos para mí porque casi los pierdo. Más queridos para mí, porque tuve que recolectarlos poco a poco, como un mosaico que iba revelando la imagen más hermosa que jamás haya visto.

Mis bisabuelos pensaron que estaban protegiéndonos del odio con el que inevitablemente nos encontraríamos por ser judíos. Sin saberlo, dieron paso a una vida de inferioridad que surgió de la negación. Cambiando sus nombres, mezclándose y asimilándose, nos privaron del tesoro más grande que ellos poseían, aunque no eran concientes de él: la maravillosa paz y libertad que trae la fe judía.

Como demuestra el poder de Iom Kipur, los brazos de Dios están siempre abiertos, pidiéndonos que volvamos a casa.