Yo me transformé en judío observante en una etapa relativamente avanzada de mi vida. Cuando crucé las puertas de Or Sameaj tenía casi 30 años y estaba casado. No recuerdo bien todo el proceso de hacerme religioso, pero con seguridad el factor más importante de nuestra decisión fue el haber estado expuestos a gente muy refinada y profunda, algo que nunca antes habíamos encontrado.

Durante los últimos 20 años he estado escribiendo biografías de líderes judíos modernos. Si hay un hilo conductor que une las vidas de las diferentes figuras que investigué, es el compromiso a la obligación de la Torá de “santificar el nombre de Dios a través de tus acciones” (Kidush Hashem).

En la década del 30, el rabino Eliahu Eliezer Dessler, hoy reconocido como uno de los principales pensadores judíos del siglo pasado, trabajaba dándole clases particulares a estudiantes de escuelas públicas. A uno de sus estudiantes le instruyó poner una moneda en la taza de cada mendigo que viera en el camino. A otro, le sugirió que nunca subiera al autobús que tomaba para ir a las clases por la puerta del conductor. Como sólo viajaba una parada, quizás el conductor no alcanzaría a llegar a él para cobrarle, y luego él – que tenía evidentemente una apariencia de judío religioso – le daría las monedas a la persona que estaba a su lado y diría en voz alta: “el conductor no recibió el dinero de mi pasaje, por favor pague por mí”. La lección: uno no sólo tiene que santificar el Nombre de Dios mediante sus acciones, sino que también debe buscar oportunidades para hacerlo.

Uno no sólo tiene que santificar el Nombre de Dios mediante sus acciones, sino que también debe buscar oportunidades para hacerlo.

Estas personalidades se veían a sí mismas como enseñando Torá todo el tiempo. El rabino Yaakov Kamenetsky una vez, mientras estaba en el consultorio de un doctor, sacó una pelota de su bolsillo y comenzó a jugar con un niño. Cuando se le preguntó si hacer eso era acorde a su decoro, él respondió: “Quizás este niño nunca verá a otro judío con barba blanca. Quiero que su asociación sea buena”. Cuando falleció, un grupo de monjas de su ciudad escribió una carta lamentando la pérdida del viejo rabino que siempre les sonreía mientras caminaba.

Por trece años, el Rebe de Klausenberger dio la vuelta al mundo juntando dinero para construir el Hospital Laniado, en Netania, para crear un modelo basado en el enfoque de la Torá acerca de la medicina. Una vez se enteró que se estaba repartiendo un panfleto de leyes de pureza familiar (taharat hamishpajá) entre los pacientes, y ordenó que dejara de hacerse eso inmediatamente. Explicó que no construyó el hospital para hacer un trabajo misionario, sino para demostrar cómo la Torá ve a la medicina. Esto se vio reflejado en la cláusula que prohibía las huelgas en el contrato de todos los doctores, el exceso de respiradores para que nunca hubieran problemas de prioridad entre los pacientes, la voluntad de los estudiantes de enfermería, inspirados por el Rebe, que pasaban días y noches al lado de las camas de los pacientes a los que ya todos habían renunciado, y en el uso de jeringas mucho más caras, pero menos dolorosas.

Estos grandes líderes de Torá trataron a cada persona con la que se encontraron con respeto y empatía. El rabino Yaakov Kamenetsky y otro Rosh Ieshivá entraron una vez a un taxi en el que la música era ensordecedora. El otro Rosh Ieshivá le pidió al taxista que apagara la radio. Pero Rav Yaakov le dijo que no lo hiciera. “El trabajo del taxista es tan monótono que se volverá loco sin ella, por lo que no tenemos derecho a pedirle que la apague”, dijo Rav Yaakov, citando un pasaje talmúdico que lo apoyaba.

El rabino Shlomo Zalman Auerbach no se levantaba de su asiento en el autobús si una mujer que no estaba vestida de acuerdo al estándar halájico se sentaba a su lado, no vaya a ser que ella se sintiera insultada. En cambio, apretaba el botón como si su parada fuera la siguiente y se bajaba del autobús.

Los políticos judíos no religiosos que trabajaron cerca del rabino Moshe Sherer, quien fue presidente de la Agudat Israel de América por mucho tiempo, nunca se sintieron despreciados. Ed Koch, alcalde de Nueva York, dijo: “Él personificó la regla del Talmud: “Odia el pecado, no al pecador”. Cuando el rabino Sherer falleció, Alexander Schindler, jefe del movimiento reformista de Estados Unidos, escribió un elogio en el New York Times. En la mañana posterior a su funeral, la mujer de color que trabajaba en la entrada del edificio en el que estaba la oficina de Agudat Israel – a quien el rabino Sherer siempre recibía efusivamente y recién después le preguntaba si había novedades – y el director del edificio – un latino cuya familia había evitado la deportación gracias a las conexiones políticas del rabino Sherer – lloraron profusamente.

Reparando la Hermandad

Hace un tiempo, un rabino que fue uno de mis ejemplos al comienzo de mi viaje, y continúa siéndolo hoy, habló sobre el ayuno del 10 de Tevet que, de acuerdo a algunas opiniones, es la fecha de la venta de Yosef por parte de sus hermanos. La porción semanal de la Torá, Vaigash, relata cómo Yosef y Binyamin se abrazaron y lloraron. Rashi comenta: Yosef lloró por los dos Templos que estaban en el territorio de Binyamin, que serían destruidos, y Binyamin lloró por el Mishkán de Shiló, en el territorio de Efraim, hijo de Yosef, que también sería destruido.

¿Cuál es la conexión entre esas destrucciones y la reunión de Yosef y Binyamin? Yosef había ideado una elaborada prueba para sus hermanos, para ver si respaldarían a Binyamin, su medio hermano, y así rectificarían su venta. Los hermanos superaron esa prueba. Pero sólo en parte. Durante toda la súplica de Yehudá a Yosef por Binyamin, Yehudá se refiere a Binyamin como el hijo de su padre Yaakov y como “el niño”, pero nunca como “nuestro hermano”. Todavía faltaba algo de unidad entre los hermanos. Y esa falta se sintió en la destrucción del Templo por “odio infundado”.

El Templo no será reconstruido hasta que reparemos esa falta de hermandad.

El Templo no será reconstruido hasta que reparemos esa falta de hermandad.

Nunca me arrepentí de la decisión de volverme religioso. Ni siquiera puedo imaginar lo pobre que hubiese sido mi vida sin Torá. Pero hay que admitir que nuestra sociedad tiene muchas cosas que no se ajustan a los prototipos que uno encuentra en la comunidad jaredí. Y muchas de las cosas a las que fui expuesto posteriormente, habrían hecho que mi decisión inicial fuera mucho más difícil.

Es irrealista esperar que toda una comunidad alcance el nivel de las grandes figuras sobre las que pasé las últimas dos décadas escribiendo. Pero, por lo menos, deberíamos tratar de imitar su ejemplo de hacer que todo encuentro con un ser humano, y en particular con un hermano judío, sea una experiencia positiva. Esos individuos cuyo aislamiento los ha hecho olvidar el mensaje me llenan de dolor y enojo.

Este artículo apareció originalmente en el Jerusalem Post.