Conmoción. Horror. Dolor. Rabia. Tristeza. Una mezcla de emociones se generó en nosotros el lunes cuando escuchamos de las horribles noticias sobre los tres jóvenes que habían sido secuestrados en Israel —Eyal Yifrach, Gilad Shaar y Naftalí Frankel—, quienes habían sido encontrados muertos. Habíamos tenido esperanza y habíamos rezado para que esto tuviese un final distinto, pero en lugar de eso nos enfrentamos a lo indescriptible.

Las reacciones inmediatas fueron desde cuestionar la respuesta de la policía a exigir venganza y represalias. A pesar de que no descarto estas reacciones, personalmente siento que la historia de los últimos 18 días, la historia que va a quedar sobre Eyal, Gilad y Naftalí para quienes no los conocían personalmente, es mucho más profunda.

Esto es lo que yo aprendí en los últimos 18 días:

1. Lo fantástico que es ser parte del pueblo judío. Desafortunadamente los secuestros y asesinatos no son cosas poco comunes. ¿Cuándo nos llega realmente? Cuando Dios no lo quiera le pasa a alguien cercano a nosotros, a nuestra familia o amigos. Entonce prestamos atención y sentimos realmente la gravedad de la situación. Los judíos de todas partes del mundo reaccionaron con los tres jóvenes como reaccionarían con su propia familia. Y ese es el punto: no es como si fueran familia, sino que SON nuestra familia. ¿Qué nación existe que sienta esta gama de emociones y esta profunda preocupación a pesar de vivir en continentes distintos y de hablar otro idioma? Esta preocupación y amor son únicos y deben ser celebrados.

2. En realidad podemos unirnos. Desafortunadamente siempre nos enfocamos en lo que nos separa. Religioso o secular, israelí o de la diáspora, de derecha o de izquierda. Tenemos diferencias y vemos las cosas de forma diferente, y eso está bien. Pero, ¿vemos esas diferencias como divisiones que nos incapacitan de ver al resto como hermanos y hermanas? ¿Somos incapaces de respetar a quienes son diferentes a nosotros porque creemos tan fuertemente que lo que nos divide es más importante que lo que tenemos en común? ¿Eyal, Gilad y Naftalí eran religiosos? ¿Eran colonos? Nada de eso importaba. Eran nuestros niños. No nos preocupamos de ninguna diferencia, sino que nos identificábamos con lo que teníamos en común: ser parte del pueblo judío, amar a la tierra de Israel y ser parte de una misma familia. Nos identificamos unos con otros y nos unimos.

La mejor forma de honrar a Eyal, Gilad y Naftalí es esforzarnos por continuar viviendo con lo que ellos inspiraron en nosotros.

3. Nuestro profundo sentimiento de preocupación nos llevó a ser mejores personas. Mientras esperábamos ansiosamente para ver cuál sería la reacción del gobierno y del ejército, nuestra reacción personal se enfocó en la plegaria, en actos de bondad y en una efusión de amor. Miles de personas se pararon juntas en el Kotel y en otros lugares a rezar por ellos: religiosos, seculares, ultraortodoxos, soldados, etc. El Ministro Yair Lapid confesó: “Yo no había rezado en seis años. No había ido a la sinagoga desde el Bar Mitzvá de mi hijo. Pero cuando escuché lo que había pasado con sus hijos, di vuelta mi casa para buscar el Sidur de mi abuelo. Me senté y recé”. Los estudiantes de secundaria hicieron actos de benevolencia por el mérito de estos tres jóvenes. Fue una profunda reacción que venía directamente desde nuestras almas.

Los próximos días y semanas van a estar enfocados en las acciones políticas, las reacciones militares y probablemente en las críticas a la reacción de Israel, y van a estar llenos de llamados a más mesura y a más venganza. Mucho de esto provendrá del profundo dolor que sentimos y del anhelo de sentir que el asesinato de los jóvenes no ocurrió en vano. Mi opinión es que la mejor forma de honrar a Eyal, Gilad y Naftalí es esforzarnos por continuar viviendo con lo que ellos inspiraron en nosotros. No dejar que nuestro elevado sentimiento de unidad, amor y conexión muera con sus muertes. Preocupémonos más unos de otros, démonos cuenta de cuán afortunados somos por pertenecer a la nación judía y tomemos un mayor compromiso con nuestra nación.

Nuestros rezos, lágrimas y consuelos están con las valientes familias. Transformemos el odio de nuestro enemigo y su deseo por dividirnos y dañarnos en una poderosa respuesta que nos una y eleve como nación.

Una versión de este artículo apareció en NJ Jewish News.