Durante los primeros 38 años de mi vida, no tuve ningún deseo de tener hijos.

Esta era una actitud que compartía con la mayoría de mis amigas. En la cómoda de mi habitación se lucía un gran retrato de "La Manada" – en la que estábamos las seis amigas cercanas que tuve mientras crecía y yo – tomada justo antes de nuestra graduación de la escuela secundaria. Todas éramos chicas judías inteligentes, talentosas y altamente motivadas de los suburbios del sur de Nueva Jersey. Para cuando las siete cumplimos 37 años, sólo dos de nosotras estaban casadas con hijos.

Había pasado mi vida adulta – desde el día después de haberme graduado de la universidad hasta entonces – viviendo en un ashram, una comunidad monástica de estilo hindú, así que, por supuesto, los hijos no eran una opción para mí. Pero, ¿qué hay de mis amigas?

En ocasiones me preguntaba porque los niños no estaban en sus listas de prioridades. Todas habíamos crecido en familias amorosas y cercanas. En aquella época en que el divorcio aún era tan raro que era una shanda (una vergüenza) y nuestros padres eran modelos de parejas armoniosas, centradas en la familia. ¿Por qué no quisimos emularlos?

Al comienzo, no era tanto un rechazo a tener hijos sino más bien una postergación. Bárbara tenía primero que terminar la escuela de derecho e invertir unos cuantos años para establecer su carrera como abogada. Marlene, una abanderada socialista, estaba trabajando en el centro de la ciudad salvando a niños negros. Brenda estaba expresándose en el teatro. Shelly estaba intentando implementar las técnicas de "clase abierta" en un tercer grado de una escuela suburbana. Había suficiente tiempo, más adelante, para decidir si convertirse en madre.

La Decisión

Iba en un desvencijado autobús en Darjeeling, India, en el otoño de mi año 31 de vida cuando tomé la decisión final de no tener hijos. Estaba viajando con Jairam, el portero del ashram. Sentada ahí mientras el autobús circulaba por las calles de Darjeeling, en las laderas de los Himalayas, Jairam me preguntó, "Y, ¿estás satisfecha con el hecho de que nunca vas a tener hijos?"

Tener hijos significaba dejar el ashram, ser exiliada de mi paraíso espiritual. Por otro lado, sentía que mi reloj biológico iba en bajada. En esos días, pocas mujeres tenían su primer hijo después de los treinta. No quería dejar el ashram por una razón inesperada en la mitad de mis treinta años, para enterarme que había perdido mi última oportunidad para concebir un hijo. El "nunca" en la pregunta de Jairam hizo eco en mi corazón.

La verdad es que yo no era especialmente aficionada a los niños. No creía en esa mentalidad de que todos los niños son inocentes, dulces y adorables solamente por su estatus juvenil. "Amar a los niños" como grupo era para mi tan tonto como amar a todos los habitantes de Nueva Inglaterra o a todos los morochos.

Yo creía en la reencarnación, que las almas vuelven a este mundo una y otra vez, cargando cada vez con el equipaje de sus vidas anteriores. Jack el Destripador como infante no era ni inocente ni adorable, de eso estaba segura. ¿Cómo saber si ese alborotador niño de cinco años que anda corriendo por ahí con su nariz chorreando, va a crecer para convertirse en un asesino o un violador, o fue un nazi la última vez que estuvo por aquí? ¿Qué es tan encantador de un pequeño cuerpo con un espantoso ocupante?

¿Por qué habría de desperdiciar mi educación y mis talentos en cambiar pañales?

Además de cierta manera, sentía que criar niños estaba por debajo de mi nivel intelectual. Cualquier persona que no haya terminado la secundaria podía procrear. Yo desdeñaba el ser padre como un ordinario pasatiempo. Hasta ese momento, yo estaba administrando el ashram, encargada de sus considerables inversiones y manejando su departamento de publicaciones. ¿Por qué habría de desperdiciar mi educación y mis talentos en cambiar pañales?

Si me dignase a tener hijos, ¿cuántos años deberían pasar, cuántas noches sin dormir toleraría, antes de poder tener una conversación inteligente con mi hijo? Para mí el ser padre era igual que congelar las funciones vitales de mi intelecto, para descongelarlas solamente en su graduación de secundaria. Dejen que aquellos hechos para el "cuchi, cuchi, cu" desperdicien una década de sus vidas. Odiaba el lenguaje para bebés.

Mas aún, me adhería a la visión de mundo Hindú-Budista, que este mundo es un lugar de sufrimiento. ¿Qué favor era para otras almas, traerlas a este valle de lágrimas? Sin embargo, a pesar de haber tenido una infancia tan feliz como cualquiera puede haber tenido (incluida la angustia inherente de los enamoramientos rechazados y el acné), en la universidad me había dado cuenta de cuan miserables son la mayoría de los seres humanos. ¿Por qué someter a cualquiera, más aún a mis hijos, a restringirse en las instalaciones de detención conocidas como "este mundo"?

Así que, mirando por la venta a los distantes Himalayas, le respondí a Jairam con silenciosa convicción: "Si, tener hijos no es para mí. Mi vida pertenece al ashram".

Judaísmo

A la edad de 37, por imprevistas razones [ver artículo "De India a Israel"], dejé el ashram y fui a Jerusalem a estudiar Torá. Me enamoré de la profundidad de mis clases, de los judíos religiosos que conocí (todos sinceros aspirantes a la espiritualidad), de la acelerada espiritualidad de Jerusalem, y especialmente de los sabios y compasivos profesores. En toda la escena, que me recordaba a India en los años 60, solamente una cosa me molestaba realmente: el hecho de que cualquiera que pudiera casarse, se casaría y tendría hijos.

Yo me oponía. Había invertido toda mi vida adulta en perseguir cierta meta – la ilustración. El ashram me había enseñado que los niños y las prácticas espirituales eran incompatibles. Incluso aquí, en mi apartamento arrendado en la Ciudad Vieja de Jerusalem, me levantaba temprano, pasaba una hora practicando yoga y meditando, y otras dos horas rezando los rezos judíos matutinos, meditando en el profundo significado de cada palabra. Este régimen sería imposible con un bebé llorando o un niño entrometido. No estaba dispuesta a tirar 17 años de ardua práctica espiritual al tacho de pañales.

En mi interior aún estaba convencida de que los niños y la realización espiritual eran mutuamente excluyentes.

Llevé mi dilema al Rabino Itzjak Ginsburgh, un cabalista altamente respetado, a cuya clase semanal en ingles asistía celosamente.

"Tengo miedo de que si tengo hijos, perderé toda mi espiritualidad", me quejé.

El Rabino Ginsburgh me miró como si hubiera hecho una ecuación ridícula, como si hubiera dicho, "Tengo miedo de que si consigo el trabajo, perderé todo mi dinero".

Luego se lanzó a una explicación cabalista (mucho de lo cual me dejó bastante atrás) del porque traer almas a este mundo es la cosa espiritual más grande que pueden hacer los seres humanos. "Las almas vienen de la Sefirá más alta de las diez – los canales de energía Divina que se manifiestan en este mundo. Cuando un marido y su mujer se unen en santidad, conciben un alma que desciende de la más alta de las diez sefirot, keter, o corona. El nivel de keter no está accesible de ninguna otra forma a los seres humanos".

Meditando acerca de las palabras del Rabino Ginsburgh en el autobús camino a casa, el mensaje que se quedó en mi cabeza fue: sí, incluso alguien que abandonó la secundaria puede traer un hijo a este mundo. Para el caso, incluso alguien que abandono la secundaria puede ganar la lotería. Eso no hace que el premio mayor sea menos glorioso.

Pero aún me resistía. En mi interior aún estaba convencida de que los niños y la realización espiritual eran mutuamente excluyentes, como los niños y una casa limpia. Decidí llevar mi compleja situación a mi máximo consejero espiritual el Rabino jasídico de Amshonav.

El Rebe de Amshonav personificaba la grandeza espiritual que estaba apuntando a conseguir. El meditaba profundamente en cada palabra de cada rezo, tomándose dos horas completas para rezar la bendición de después de comer, por la que la mayoría de los judíos pasa rápidamente en cinco minutos. Tanto tiempo le tomaba completar las plegarias más extensas de Shabat, con todas sus meditaciones cabalistas en cada palabra, que usualmente concluía Shabat los martes.

Yo había visto al santo Rebe tres veces antes, siempre en la mitad de la noche. El procedimiento era pedir, y que se te conceda, una cita en una en noche particular, y luego en esa noche, alrededor de la media noche, ir al pequeño apartamento del Rebe en un tercer piso del barrio Bait Vegan de Jerusalem y esperar pacientemente tu turno. Entre las 3 y 4 de la madrugada, las puertas de vidrio esmerilado del comedor, donde el Rebe recibía a sus visitas, se abrirían, y su asistente me haría un gesto para entrar.

Sin embargo, cuando pedí una cita esta vez, me informaron que el Rebe estaba ahora recibiendo gente exclusivamente durante el día y que estuviera ahí puntual a las 2:45 de la tarde.

El apartamento se veía totalmente diferente con la familia del Rebe (7 hijas hasta ese momento) despierta y dando vueltas por ahí. Dos hijas con largas y oscuras trenzas me cruzaron en su camino a la minúscula cocina. Cuando el asistente me acompaño al comedor, vi una bebé con un enterito rosado parada en un corral en una lejana esquina de la habitación.

Ambos, el Rebe y la bebé, me observaban seriamente.

El Rebe entró de golpe (siempre camina rápido) y se sentó frente a mí en la mesa del comedor. Yo estaba preparada con mi pregunta: "¿Cuidar bebés no será un obstáculo para mi realización espiritual?" Pero antes que alguno de los dos pudiera hablar, el bebé en la esquina comenzó a gemir.

"Discúlpeme", dijo el Rebe levantándose de un salto. Se fue rápidamente hacia el corral, levantó al bebé en brazos, la calmó, la trajo con él hacia la mesa, y se sentó nuevamente frente a mí, con la bebé en sus piernas.

"Ahora, ¿Cuál era su pregunta? Me preguntó el Rebe amablemente. Ambos, el Rebe y la bebé, me observaban seriamente.

Mi pregunta se congeló en mi boca. Ver a la persona mas santa que conocía envuelta en la misma actividad que yo menospreciaba me hizo sentir que Dios mismo estaba refutando mi argumento.

A pesar de mis restantes dudas, y mi resistencia inconciente a la maternidad, decidí tomar un salto de fe al abismo del matrimonio y los hijos, esperando que estuviera todo bien. Comencé a salir con hombres adecuados, embarcándome en el camino que lleva sólo a un destino: la jupá.

La Revolución Copernicana

Una vez que me había comprometido con el camino de criar una familia, me di cuenta de lo que había realmente detrás de mi incertidumbre.

Siempre me había intrigado el porqué mis amigas y yo, que habíamos disfrutado de vidas familiares tan felices, queríamos abstenernos de pasar el favor a otra generación. Podía entender a niños abusados que juraron nunca procrear. Pero nosotras habíamos sido bañadas con todo el amor que los padres judíos de clase media no sofisticada derrocharon en sus hijos, sumando además todos los beneficios materiales y la seguridad Pre-Prozac que los años 50 dieron a sus hijos. ¿Por qué éramos tan contrarios a replicar nuestra propia experiencia?

Me di cuenta de que podíamos replicar nuestra propia experiencia.

Habíamos sido el centro del universo de nuestros padres. En mi caso, nacida cuando mi madre tenía 37 y mi padre 44, yo fui, como en un cuento jasídico, la amada hija de su vejez. Mis padres me adoraban a mí y a mi hermano (21 meses mayor).

Mi padre trabajaba 12 horas al día en la farmacia para ganar suficiente dinero para pagar nuestras clases de arte, de piano y de equitación. (Él hubiera insistido también con clases de canto, si no fuera porque la profesora dijo que no había esperanzas para mí).

Mis padres ahorraron cada centavo, nunca saliendo a comer afuera o consintiéndose con algún pasatiempo, para nuestra educación universitaria. Mi madre dedicaba cada hora que estaba despierta a cocinar los platillos que adorábamos, haciendo la casa cómoda para nosotros, ayudándonos con los deberes de la escuela, etc. Recuerdo que a la edad de 12 años, mi madre me llevó de compras a Filadelfia y me compró el abrigo de cuero falso que estaba de moda, mientras ella usaba un abrigo de tela que era casi tan viejo como yo. No tenía ningún sentimiento de martirio, era realmente su alegría.

Si tuviera hijos, más allá de repetir mi propia experiencia, estaría dándola vuelta. Nada menos que una revolución Copernicana: yo había sido el centro del universo de mis padres. Tener hijos (yo sabía instintivamente por mis propios padres) significaba hacerlos a ellos el centro, y relegarme a mí misma a una fiel orbita a su alrededor.

Lo más difícil de todo, es que tendría que renunciar a mi sensación de control.

Mis necesidades serían secundarias a las de ellos. Mis preferencias se someterían a las de ellos. Las vacaciones serían parques de entretenimientos y diversión para niñitos, no escapadas relajantes a la naturaleza. Ir a la playa significaría construir castillos de arena y saltar las olas, no leer un libro y nadar hacia lo profundo. Entregar mi rol de protagonista de mi propia vida sería tan difícil como si la cantante principal de una opera retrocediera a cantar con el coro y le cediera la pieza musical de solista a su propia hija flaca y pre-púber.

Lo más difícil de todo, es que tendría que renunciar a mi sensación de control. Los niños son impredecibles. Mi programa de irme a la cama a las 11:30 y levantarme a las 6:30 no me aseguraría siete horas de sueño, no con niños en edad de que les salgan los dientes, no con niños de cinco años plagados de pesadillas. Ningún caro vestido nuevo era inmune a las manchas de manos cubiertas de chocolate. Ninguna habitación puramente limpia aguantaría diez minutos de registro por un juguete perdido. Ninguna excursión cuidadosamente planificada resistiría el puro infierno de adolescentes peleando.

Estaba acostumbrada a la vida en la sala de reuniones: al discurso cortes y el reconocimiento mutuo, presidido por la razón y la eficacia. Los niños eran como la vida en un granero: suciedad y alboroto presididos por un instinto bruto.

Frágiles Vasijas

Mientras continuaba conociendo hombres adecuados, me di cuenta de que aún había en mí un profundo terror que brotaba cada vez que me imaginaba a mí misma como madre. Si un psiquiatra freudiano me hubiera pedido que asociara libremente la palabra "hijos", yo hubiera respondido: "seres pequeños y vulnerables que pueden morir".

Durante años había tenido la sensación, reforzada por experiencias y sueños, de que yo era un alma reencarnada del Holocausto. Sentía como si hubiera pasado por el horror de ver a mis hijos morir frente a mí. El prospecto más atemorizante de amar y dedicarme a mis hijos era la posibilidad, colgando como una espada suspendida, de que ellos pudieran morir. Finalmente, esto, más que nada, alimentaba mi resistencia a depositar mi vida y amor dentro de una vasija tan frágil como un niño.

Entonces, una noche, 14 meses después de haberme mudado a Jerusalem, tuve un sueño en donde, en las partes recónditas de mi mente subconsciente, deje atrás este último hecho restante. Cuando me desperté, para mi sorpresa, me senté derecha en la cama y dije, "Ahora puedo casarme y tener hijos".

El Premio Mayor

Dos meses después, conocí a un músico de 39 años de California. Nos casamos un mes antes de mi cumpleaños número 39. A los 40, di a luz a mi primer hijo, una niña.

Mis abrumadores sentimientos durante mis primeros meses de maternidad fueron deleite y sorpresa. Teniendo a mi bebé en brazos, sentía una alegría tan grande cada día, que me ponía a reír. No una sonrisita cortes, sino una gran risa con la boca abierta y la cabeza hacia atrás. Siempre seguida por la pregunta: "¿Por qué nunca nadie me dijo que sería así de maravilloso?"

La primera vez que mi bebé sonrió, me sentí como si hubiera ganado un millón de dólares.

La primera vez que mi bebé sonrió, mientras la llevaba un día de la cuna al mudador, me sentí como si hubiera ganado un millón de dólares. Una oleada de júbilo tan grande me llenó que pensé que podía volar, simplemente levitar desde el suelo.

Cuando amamantaba a mi bebé, tenía una sensación de total satisfacción, de potencial realizado.

Me preguntaba: ¿Cómo pude pensar alguna vez que esto era un trabajo sin sentido? Sentía como si toda mi creatividad estaba siendo utilizada para distraer al bebé cuando se ponía irritable, para estimular su cerebro en desarrollo, para evitar las dificultades de la paternidad. Yo había administrado una organización, escrito un libro de 640 páginas, realizado charlas semanales para audiencias aduladoras, pero nada de lo que había hecho antes me dio una alegría y satisfacción tan pura como el criar a mi bebé.

Nada usurpaba ésta embriagante alegría. Incluso cuando le cambiaba el pañal, la actividad que había estigmatizado en mí a la maternidad, me llenaba de asombro de cómo la leche que ella había tomado de mí (una sustancia maravillosa en sí misma) de alguna manera alimentaba todos sus millones de células y luego era eliminada a través de un sistema alimenticio tan perfecto y elegante en su diseño. Mientras sujetaba su pañal limpio (era una aficionada a los pañales de algodón), me sentía como si estuviera rebosante de amor – amor por mi bebé, amor por su Creador, amor por mi bendecida, mi increíblemente bendecida, vida.

Pero junto con la alegría y la sorpresa tenía otro sentimiento: una sensación de cuán cerca había estado de perderme todo aquello. ¿Qué hubiera ocurrido si me hubiera quedado en el ashram unos cuantos años más? ¿Qué hubiera ocurrido si no hubiera revertido mi decisión de no tener hijos? Hubiera sido como tener un boleto de lotería ganador y botarlo a la basura junto con los recibos de tarjeta de crédito y papeles que se acumulan en el fondo de mi bolso. Nunca me hubiera enterado que el premio mayor era mío.