Has visto a nuestros niños. Nuestros niños son los niños especiales, a los que ves con abrazaderas ortopédicas, muletas, bastones y sillas de ruedas. Son los niños que parecen un poquito diferentes. Siempre sonríes amablemente cuando pasas frente a nosotros en la calle, en el supermercado, o en el parque. Eres comprensivo cuando los ves siendo levantados en sus furgonetas especiales por la mañana. Eres alentador cuando los ves andar en sus propias sillas de ruedas o aprendiendo a caminar con sus muletas, y crees que has visto el alcance de sus capacidades.

Pero nunca has visto a nuestros niños bailar.

Puede que no sean capaces de correr, caminar o incluso sentarse. Pero sí que nuestros hijos pueden bailar.

Cuando ves el brillo en sus ojos, puedes vislumbrar las almas de nuestros niños.

Desde el primer baile estimulante después Iom Kipur, las vacaciones de Sucot son un tiempo de alegría y baile. Nunca habrás visto una alegría verdadera hasta que hayas visto a nuestros niños bailar. Ahí es cuando puedes ver quiénes son realmente. Cuando ves el brillo en sus ojos, puedes vislumbrar las almas de nuestros niños. Y en Simjat Beit Hashoeiva, para los niños especiales de la Escuela Meshi de Jerusalem, fue justo lo que nosotros vimos.

En apariencia, nuestros niños se veían del mismo modo que en cualquier otra ocasión. Había abrazaderas para el cuerpo y sillas de ruedas para espina bífida, los miembros torcidos y cabezas que se inclinan por la parálisis cerebral, las bocas que babean y las miradas fijas provocadas por los desórdenes cromosómicos. Había niños que lucharon para poder andar solos, con bastones y muletas, y había niños que emocionaron a todos al mostrar como expertamente maniobraban sus diminutas sillas de ruedas. Había niños que soportaban su propio peso, sentados en sus sillas de ruedas, viéndose casi normales, y había niños que se enroscaron en los brazos de sus madres como bebés. Había niños que podían hablar, y había niños que se comunicaban sólo con sus ojos. Cada niño era un mundo propio, con sus propias necesidades y exigencias, sus propias capacidades especiales y discapacidades. Cada niño un individuo único. La única semejanza entre ellos era el oído radiante para "escuchar" la sonrisa de cada rostro. No importa cuán severas son sus discapacidades, todos nuestros niños pueden reír.

Y pueden bailar.

Ellos bailan en sus sillas de ruedas, exuberantemente girando entre la multitud.

Ellos bailan con sus muletas, balanceándose hacia adelante y hacia atrás en el centro del círculo.

Ellos bailan en sus abrazaderas de pierna y sus abrazaderas de cuerpo, levantados en alto sobre los hombros de sus padres.

Ellos bailan en los brazos de sus madres, con cuidado meciéndose hacia adelante y hacia atrás al compás de la música.

Ellos no solamente bailan con su cuerpo, bailaban también con su alma.

El círculo de bailarines comenzó despacio, vacilantemente, con ansiedad por las discapacidades de nuestros niños. Pero durante esa noche, nuestros niños no quisieron ser limitados o protegidos. Ellos quisieron bailar. Y así lo hicieron. Así como el ritmo de la música se puso más insistente, el círculo de hombres se puso más rápido, más exuberante. Aquellos niños que podían controlar sus propios movimientos formaron su propio círculo en el centro del baile de padres y hermanos. Y los que no podían fueron sostenidos, levantados o girados hacia el centro de los bailarines. Todos eran iguales durante aquella noche. Nadie fue excluido. Cada uno bailaba.

Los bailarines provenían de cada segmento de la multifacética población de Jerusalem. Había hombres rapados, hombres afeitados con pantalones caqui y kipot blancas tejidas, hombres barbudos con trajes negros y sombreros, hombres con peyes largas rizadas y shtreimels. Los niños estaban vestidos con cada color del arco iris. No había ninguna división entre ellos. Cada uno bailaba con nuestros niños.

Sentí las lágrimas asomándose por mis ojos, pero no las dejé caer.

Estando de pie a un lado y absorbiendo toda la situación, sentí las lágrimas asomándose por mis ojos, pero no las dejé caer. Aquella noche no era para llorar. Hubo mucho tiempo para lágrimas a lo largo del año, momentos de frustración, momentos para el dolor y la ansiedad. Aquella noche era un momento para celebrar. No un tiempo para enfocarnos en las carencias de nuestros niños, sus debilidades y discapacidades, sino que un tiempo para celebrar sus capacidades, sus fuerzas, su singularidad. Un tiempo para bailar.

Cuando miré a la multitud de mujeres - madres, abuelas, profesoras y terapeutas - vi los mismos sentimientos reflejados sobre cada cara. Los sentimientos de amor, de alegría, de orgullo hacia nuestros niños. Estábamos celebrando el alma especial que hay dentro de cada uno de ellos, esa chispa divina interna que quema; tan pura y clara como en el día que les fue entregada. Dentro de los cuerpos malformados, todos nosotros vimos las almas esplendorosamente perfectas.

Y viendo aquellas almas, vemos también en qué consiste nuestra vida. Nuestra tarea sobre esta tierra no es para juzgar a la gente por el color de su piel, vestimenta o kipá. Nuestra tarea no es juzgar a la gente por su belleza, talentos, inteligencia o educación. Nuestra tarea tampoco es juzgar a la gente por sus capacidades o discapacidades. Nuestra tarea en esta tierra es la de descubrir el alma pura dentro de cada uno, la chispa divina que nos une a todos. A pesar de nuestras diferencias, somos todos hermanos.

Unas noches más como ésta, unas noches más de unidad sin pensar en las trivialidades que nos dividen, y seremos todos capaces de darnos la mano como si fuéramos uno, para así saludar al Mesías.

Y luego bailaremos todos.