Uno de los mandamientos de la Torá dice que cada judío debe amar a su semejante judío. No sólo a uno o dos, sino que a todos ellos. Incluso después de una década de estar en el mundo de la Torá y de llevar una vida religiosa, sigo teniendo un problema con ese mandamiento. Tengo que ser honesto: No me cae bien cada uno de los judíos que he conocido. Y con seguridad tampoco amo a cada uno de ellos. He conocido algunos judíos que me simpatizan (mis amigos, mi Rabino, etc.) y algunos que amo (estoy casado con una mujer judía que amo.) Pero no son todos.

Gente a la que desconozco completamente –judíos todos– al ver mi kipá trataban de acercarse a mí, tratando desesperadamente de vincularse nuevamente con sus raíces judías.

Nunca entendí exactamente cómo una persona podía amar a todos sus semejantes judíos hasta el día en que comencé a usar mi kipá todo el tiempo. Gente a la que desconozco completamente –judíos todos– al ver mi kipá trataban de acercarse a mí, tratando desesperadamente de vincularse nuevamente con sus raíces judías. Raíces de las cuales ellos se han desconectado terriblemente.

Mientras yo tenía ciertas ideas en mi mente acerca de qué esperar cuando comencé a usar mi kipá todo el tiempo, el que judíos salieran de cualquier lado para hablar conmigo (¡habiendo tanta gente!) nunca había pasado por mi cabeza.

Este fenómeno, se manifestó por primera vez en una farmacia. Era un viernes por la tarde y yo estaba esperando en una de aquellas clásicas "filas de farmacia", que tardan mucho tiempo, y que de algún modo parecen nunca avanzar. Estaba mirando mi reloj, mientras se acercaba la hora del encendido de velas de Shabat, cuando noté a una señora anciana que me miraba, y me sonreía. Sentí que ella quería algo, pero era tarde, yo tenía dolor de cabeza, y como todos los demás en Los Ángeles, no me quise involucrar. Solamente quería que me dejaran solo, en paz, para poder pagar e irme.

Pero no debía ser. Lo que finalmente pasó fue que ella llegó a mi lado. "¿Esto se parece a la espera para subir a la bimá verdad?", me preguntó.

Su acento me dijo que ella era de Long Island o Queens o algo cercano a Nueva York. "¿¡Bimá!?" repetí con incredulidad en mi mente. "¿Bimá?". La utilización de la palabra "en clave": "bimá", la palabra hebrea que se utiliza para nombrar a la mesa en medio de la sinagoga sobre la cual la Torá es colocada cuando la congregación lee de ella, era su modo de mostrarme que era judía.

Ahora, tienes que saber que, en Los Ángeles nadie le habla a otro mientras está en la fila. Y seguramente nadie le revela su religión a gente completamente extraña (a no ser que ellos no puedan evitarlo, como en el caso de tipos como yo, que llevan una kipá). Así que, encontré fascinante que por alguna razón esta anciana mujer sintió que era importante para mí saber que ella era judía.

No la quise dejar hablando sola después de revelarme que éramos miembros de la misma tribu, entonces acepté nuestro parentesco y usando su "código", le dije sonriendo "Sí, como la espera para acercarse a la bimá".

Ella sonrió, evidentemente feliz al haber tenido éxito en hacer una conexión judía conmigo. Ella entonces me contó que fue criada como religiosa, pero que se había alejado de ello después de mudarse a California, y cómo luego de haber visto mi kipá recordó de repente su niñez y las cálidas memorias que ella tenía de la comunidad en la que ella vivió, y cómo allí todos los hombres ocupaban kipot.

Aquí estaba esta mujer que me abría su corazón en medio de una farmacia, porque sintió en aquel momento que necesitaba una conexión con otro judío.

Mi corazón se ablandó con ella. De pronto, yo ya no estaba tan preocupado por el reloj, mi turno o mi dolor de cabeza. Aquí estaba esta mujer que me abría su corazón en medio de una farmacia, porque sintió en aquel momento que necesitaba una conexión con otro judío.

"Que bueno", dije. "Aquellos son recuerdos muy bonitos".

"Sí, seguro lo son", dijo ella.

Fue finalmente mi turno en la caja. Pagué y me dirigí hacia la puerta. Antes de que yo llegara allí, paré y giré para ver a la mujer que todavía seguía sonriéndome. Le sonreí de vuelta. Decidí ser amable con ella usando, otra vez, el código que ambos entendíamos. Sentí que esto le significaría algo. "Que tenga un buen Shabat", le dije.

Sus ojos se encendieron. "Gracias. Muchas gracias. ¡Y un buen Shabat para usted, también!".

Estas experiencias me pasan por todas partes, no sólo en Los Ángeles donde hay muchos judíos. A veces Dios me pone en lugares donde hay muy pocos judíos. Esto pasó recientemente cuando yo estaba en Lancaster, por negocios. Para aquellos de ustedes que les es desconocido Lancaster, en California, es un lugar casi en el límite de la civilización tal como la conocemos. Es tan lejos de todo, que hasta uno se pregunta como alguien puede vivir ahí.

Mientras me acercaba a la autopista en mi automóvil para volver a la seguridad y la protección del "civilizado" Los Ángeles, noté un autoservicio. ¡Necesitaba agua embotellada! y calculé que las filas serían cortas allí, ya que no hay tantas personas por ese camino.

Entré en el autoservicio y me detuve a leer los libros que estaban a la venta. De pronto me vino aquel sentimiento. El sentimiento de que yo estaba siendo observado fijamente otra vez. "Bueno", pensé, "tipos que usan kipá deben ser bastante raros aquí en las afueras (en realidad las kipot son raras para la gente en cualquier lugar), por lo que no es nada extraño que alguien me este mirando fijamente". Me di vuelta y vi que un hombre me miraba fijamente. Él sonreía mientras caminaba hacia mí.

"¿Usted es el rabino?", me preguntó, tartamudeando y tratando de sacar las palabras.

"¿¡Qué si soy EL rabino!?", pensé. "¡No soy ni siquiera UN rabino, entonces ¿cómo podría ser yo EL rabino?!".

"No, no lo soy", contesté. Su cara casi se le cayó.

"Pero usted lleva una de aquellas...", tartamudeó, haciendo movimientos circulares por sobre su cabeza.

"Una kipá", concluí para él.

"¡Sí! Una kipá", dijo él con excitación, como si fuéramos agentes secretos y yo le acabase de dar "la contraseña" correcta. Otra vez, había dos judíos conectándose, usando su "código" en común.

"Pero si usted usa una kipá y usted no es el rabino, entonces ¿quién es usted?".

"¿Quién soy yo?" me dije a mí mismo. Bueno, es una pregunta justa. Seguramente una que ya me he preguntado. Pero un poco existencialista, para un martes en la tarde.

"Soy... em... solamente un judío ortodoxo. Eso es todo".

Al parecer eso fue suficiente; suficiente para que este hombre llevara la conexión al siguiente nivel.

Me contó como había sido criado ortodoxo –incluso fue a la Ieshivá hasta sexto grado–pero entonces su padre se mudó con toda la familia a Lancaster a causa de una oportunidad de trabajo. "Ahora", él me dijo con tristeza en su voz, "soy simplemente como todos los demás aquí, no muy judío. A veces lo extraño, usted sabe, todas las cosas que solíamos hacer cuando yo era un niño, pero aquí... bueno, usted entiende".

Él me sonrió. También le sonreí. Entendí. Yo no fui religioso toda mi vida. Mi familia "judíamente conectada" se mudó de Nueva York y Baltimore a la "jungla" de la Costa Oeste y fueron perdiendo su conexión a la religión también.

Yo no sabía qué decir, entonces no dije nada. Sólo le sonreí y asentí comprensivamente.

"Bueno, fue agradable conversar con usted", me dijo y se marchó.

Me quedé en el estante de libros pensando en nuestra conversación por unos pocos minutos y luego comprendí que yo debería haber hecho algo. Aquí estaba un judío que había perdido su conexión con el judaísmo y me tendía su mano, tratando desesperadamente de unirse de nuevo, y yo simplemente lo dejé ir. Yo lo debería haber invitado a él y a su familia para Shabat, o alguna otra cosa. Decidí que lo haría- que yo tenía que hacerlo.

Pero cuando fui a buscarlo, él no estaba en ninguna parte. Compré mi agua embotellada y me dirigí nuevamente a Los Ángeles.

En aquel momento ellos comprendieron la necesidad de acercarse a otro judío y decir, "¡Hey! - ¡todavía soy judío! ¡Lo soy!".

Al principio solía preguntarme porqué los judíos se sentían tan atraídos, y con tanta frecuencia, por mi kipá. Últimamente, esta idea comenzó a tener sentido: ellos tratan de conectarse con algo judío. Es simple. La gente que se acerca a mí es gente que, por una razón u otra, se ha desconectado del judaísmo. Cuando ellos ven a alguien llevar una kipá, alguien que tiene la conexión que ellos perdieron, de pronto comprenden que su alma extraña aquella conexión con Dios. La kipá enciende de nuevo su alma judía, y de repente ellos comprenden cuán sola ha estado esa alma. Entonces ellos tratan de acercarse. Tienden su mano a la única cosa que es "auténticamente judía", y está cerca –en este caso yo– y tratan de reconectarse. Es como si en aquel momento ellos comprendieran la necesidad de acercarse a otro judío y decir, "¡Hey!, ¡todavía soy judío! ¡Lo soy!".

Quizás esto es también un mensaje para ellos mismos. Ellos se han sentido perdidos por tanto tiempo y de pronto el faro de una kipá les ayuda a encontrar su camino de regreso, incluso si sólo es durante unos minutos, ya sea en una farmacia o en un autoservicio.

Dejo aquellas experiencias asombrado de cuanto puede importarme un perfecto extraño que acabo de conocer. Dejo aquellas experiencias también recordándolas, una y otra vez y de un modo profundo, y dándome cuenta de cuán importante es para todos nosotros –religiosos o no– el tender la mano a nuestros semejantes judíos y el ayudarlos a encontrar su camino a casa. ¡Hey!, tal vez sí amo a todos mis semejantes judíos después de todo.