¿Conoces tú aquellos e-mails ingenuos que usan alguna excusa poco convincente para pedirte el número de tu tarjeta de crédito? ¿Alguna vez te preguntaste quién podría ser tan estúpido como para realmente proveer la información requerida? Bueno, tengo una confesión que hacer...

La semana pasada, recibí un e-mail pidiéndome que actualice la información de mi cuenta de Internet para prevenir que mi cuenta de correo electrónico sea desactivada. Siempre una consumidora responsable, hice clic en el link adjuntado y llené el formulario completamente: nombre, dirección, fecha de nacimiento, PIN, número de tarjeta de crédito. Apreté SEND y me sentí complacida por haber resuelto el asunto tan inmediatamente.

Recién unas cuantas horas después la primera duda se me pasó por la cabeza. ¿El correo electrónico, realmente venía de mi proveedor de Internet? ¿Por qué necesitaban tanta información de todos modos? Un análisis más profundo de la dirección del remitente confirmó mis sospechas.

La única que cae en estas cosas, aparentemente, soy yo. Consternada, fui directamente al teléfono y cancelé mi tarjeta de crédito.

Siempre he sido inocente. De chica, cuando la niñera me dijo que la palabra "ingenua" no estaba en el diccionario, yo fui a la biblioteca y probé triunfalmente que ella estaba equivocada, antes de entender la broma (en serio). Esta vez, de todos modos, mi inocencia pudo haber tenido consecuencias mucho más drásticas. ¿Cómo pude no haber visto las señales de advertencia, especialmente cuando estos engaños son tan comunes? ¿En qué planeta vivo?

Mi comunidad está plagada de una amabilidad tan desenfrenada e incontrolada, que es difícil llegar a sospechar de alguien.

Es difícil para mí ser desconfiada de otros, y el vecindario al que recién me mudé tampoco ayuda. Mi comunidad está plagada de una amabilidad tan desenfrenada e incontrolada, que es difícil llegar a sospechar de alguien.

Mis vecinos cocinan para mujeres que recién han dado a luz y felizmente permiten que extraños se queden en sus departamentos cuando ellos salen para Shabat. Mucha gente administra 'sociedades de préstamos gratuitos' en sus casas, en donde sillas, chupetes, grabaciones de Torá, equipamiento médico, y cajas de mudanzas son prestados a gente en necesidad. Una familia vecina deja la puerta de su departamento de planta baja sin cerrar con llave – aún cuando no hay nadie en casa – porque esperan que un torrente de gente venga a toda hora: devolviendo ollas, sartenes, pidiendo libros prestados, y recogiendo llaves.

En este vecindario no hace falta un desastre natural para que bajemos nuestras defensas y nos unamos. De hecho, se espera que la gente se apoye y ayude diariamente entre si.

El status quo en el mundo de hoy es definitivamente diferente. Muy frecuentemente, la sospecha es la norma, y llamamos "inocentes" a aquellas personas que muestran un nivel de desconfianza más bajo que el aceptado. Nosotros escuchamos escépticamente a vendedores; estudiamos esmeradamente las letras pequeñas antes de firmar sobre la línea de puntos; y les enseñamos a nuestros hijos a no aceptar dulces de extraños. Asumimos que los otros están preocupados principalmente de sus propios intereses egoístas, y desafortunadamente, nuestras sospechas son a menudo justificadas.

En la universidad, una vez mi compañera de pieza estaba intrigada por un aviso publicitario que prometía pagar muy buen dinero por trabajo hecho en casa. La naturaleza exacta de ese trabajo no estaba clara, y cuando mi amiga llamó para pedir más información, le dijeron que enviara un cheque de $20 dólares para recibir los materiales introductorios. Esto me parecía sospechoso, y se lo dije; sin embargo, ella igualmente envió el cheque.

La carta de contestación que recibió nos sorprendió a las dos. Decía, desvergonzadamente, "Esto fue una estafa. Pero no te sientas mal. Aquí hay instrucciones para que puedas crear tu propia estafa y engañar a otra gente".

Yo reconocí la necesidad de tomar precauciones y de cultivar un cierto grado de escepticismo. Pero pasar nuestras vidas tratando de adivinar las segundas intenciones de la gente tiene un costo. Es demasiado fácil pasar de una actitud de básica desconfianza a una actitud persuasiva de cinismo y resentimiento. Cuando esperamos lo peor de una situación, nos sorprendemos por lo bueno. Pensamos: ¡Qué extraordinario! ¡Ese chico se paró para que la anciana se pueda sentar! ¡Qué sorprendente; manejó muchos kilómetros fuera de su camino para llevarme a mi destino! Incluso los actos pequeños de amabilidad son tan inesperados que nos sorprenden.

Tratar a cada uno con respeto y generosidad debería ser la norma, no la excepción. Nosotros deberíamos sorprendernos con las estafas, no con la amabilidad.

Nosotros no nos damos cuenta de que esto está absolutamente al revés. Tratar a cada uno con respeto y generosidad debería ser la norma, no la excepción. Nosotros deberíamos sorprendernos con las estafas, no con la amabilidad.

Mientras Rosh Hashaná se aproxima, este es un punto especialmente importante para considerar. Nosotros rezamos para que Dios vea cómo deseamos mejorarnos a nosotros mismos y para que nos ayude a encaminarnos hacia el bien que deseamos en el año próximo. Pero no podemos evaluarnos a nosotros mismos honestamente si estamos acostumbrados a ver lo peor. Nuestra desconfianza habitual enfoca nuestra atención en motivaciones negativas y niega el bien que tenemos dentro. No podemos creer verdaderamente en un Dios misericordioso si no estamos en contacto con nuestro propio atributo de misericordia. No podemos tener fe en nuestra habilidad para mejorar si no recordamos cómo se siente tener fe en algo.

Después de enviar la información de mi tarjeta de crédito a esos delincuentes de Internet, en lugar de enojarme conmigo misma por ser tan inocente, tuve un momento de honesta confusión. ¿Por qué querría alguien estafar a otra persona? ¿Cómo podía un ser humano poner tanto esfuerzo en robar el dinero de otra persona? Mi desconcierto por la decepción duró mucho más que la frustración por mi ingenuidad. Por primera vez, sentí una clara sensación de "lo que debería ser" – no por un sentimiento de indignación o ultraje, sino como un simple hecho. No puedo recordar haberme sentido tan inocente alguna otra vez.

Fue necesaria mi ingenuidad en Internet para ayudarme a reconocer lo que yo valoro de vivir entre judíos religiosos. Me acuerdo cómo una amiga mía, perpleja ante mi movimiento hacia la cuidadosa observancia del judaísmo, me preguntó francamente antes de que me mudara a Israel. "No entiendo", dijo ella, "¿Por qué querrías vivir entre gente que es exactamente igual a ti?"

Yo no elegí vivir en este vecindario por las similitudes superficiales entre mí y mis vecinos. Las personas en mi comunidad no son completamente como yo, pero en cierto sentido son exactamente como yo quisiera ser. Mis vecinos tienden a ser confiados y confiables. Ellos manifiestan los valores que yo aprecio. Al vivir aquí, yo estoy empezando gradualmente a esperar lo mejor de los demás, y eso está despertando nuevamente mi sensibilidad moral. ¿Qué más podría pedir?

Yo todavía no presto equipamiento médico o provisiones para bebés desde mi casa, y cuando estoy haciendo mandados, todavía cierro la puerta con llave. Pero, de alguna extraña manera, estoy orgullosa de haber caído en ese fraude de Internet. Por supuesto, seré más cuidadosa la próxima vez; aprendí mi lección. Pero estoy feliz de que mi respuesta instintiva es siempre confiar en las intenciones sinceras de los demás, aun cuando me hace quedar como una tonta. En una cultura en donde el escepticismo es la norma, yo prefiero sorprenderme con la corrupción que con la compasión.