El antiguo Egipto fue la "Gran Manzana" de su época. En términos de tecnología, arte, arquitectura, literatura, salud, y burocracia altamente organizada, Egipto era una civilización consumada. Había sido de esta forma por muchos siglos cuando un pequeño grupo de 70 ganaderos semitas llegaron ahí hace 3.530 años.

No es una sorpresa que la segunda y tercera generaciones de esa familia semita, los nietos de Iaacov, fueron cautivados por la sociedad Egipcia. Su grandeza, su poder, y su aire cosmopolita eran suficientes para deslumbrar a cualquier hijo de inmigrantes.

Imaginen a un joven israelita frente a la imponente línea de altísimas pirámides que comenzaba en el delta del Nilo y se extendía por 2400 kilómetros hacia el sur. La más grande de todas ellas, la Gran Pirámide de Keops, tenía 146 metros de altura; su base cubría un área de más de 5 hectáreas. La monumental estructura contenía 2.3 millones de bloques de piedra caliza, cada uno pesando en promedio 2 toneladas. Contemplando estas pirámides de siglos de antigüedad, nuestro joven inmigrante no hubiera sabido – y quizás no le hubiera importado – que su construcción le tomó a 100.000 trabajadores 20 años de esfuerzo. ¿Quién no querría ser parte de una sociedad que produjo tales maravillas?

Es un síndrome que nosotros los judíos hemos experimentado en muchas civilizaciones a lo largo de muchas épocas de exilio: La sociedad anfitriona es tan avanzada culturalmente, tan poderosa, tan urbana, que nos enamoramos de ella. Sin embargo asociamos la experiencia israelita en Egipto con la esclavitud y la opresión, de los 210 años que nuestros ancestros vivieron en Egipto, ellos disfrutaron de libertad, prosperidad y aceptación por 130 años. La historia suena familiar: las generaciones de israelitas nacidas en Egipto fueron atraídas hacia la cultura mayoritaria, se codearon con su elite y eventualmente adoraron a sus dioses.

Sin embargo, como sus descendientes durante los siguientes tres milenios, estos "proto-judíos" se vieron envueltos en una crisis de identidad. Por más que deseaban ser parte de la afable y exitosa sociedad que los rodeaba, ellos también sintieron una lealtad hacia sus progenitores Iaacov, Isaac y Abraham, tanto como a la visión única de mundo que ellos adoptaron. Así, el Talmud nos cuenta, los israelitas en Egipto mantuvieron sus nombres distintivos en hebreo, su idioma y su vestimenta. Sus corazones deseaban asimilarse, pero sus almas se aferraron a los vestigios de su identidad ancestral.

Identidad Humana

Por más de un siglo, los israelitas en Egipto, como residentes libres y prósperos, fueron puestos tenuemente entre dos visiones de mundo diferentes. Estas visiones de mundo derivaban de dos conceptos divergentes de la identidad humana.

El antiguo Egipto era una sociedad en la que animales, humanos y dioses compartían una fluida identidad, sin distinciones definidas entre ellos. Muchos dioses egipcios llevaban cabezas de animales, mientras que esfinges tenían cuerpos de león y cabezas humanas. Animales eran venerados; toros, gatos y cocodrilos vivían lujosamente en ciertos templos, y cuando morían eran momificados. Los campesinos egipcios vivían en los mismos cobertizos que sus bestias. El Faraón era un dios en forma humana, y simultáneamente Horus, el dios halcón, y el hijo de Ra el dios del sol.

¡Cuán diferente de la visión de mundo del patriarca Abraham! Abraham había creído en un alma divina que distinguía a los humanos de los animales. Abraham enseño que Dios es único, un Ser trascendente y no corpóreo que Creó a los seres humanos "a la imagen de Dios", lo que significaba que los humanos de forma similar tienen una esencia trascendente y no corporal – su alma divina. Los animales, no eran maltratados, pero son esencialmente diferentes a los seres humanos por que a ellos les falta esta alma. Mientras la bestialidad era una práctica común en el antiguo Cercano Oriente, la Torá de los judíos la prohibía categóricamente.

Esta no es una distinción menor. La identidad determina que esperamos de nosotros mismos, en que concentramos nuestras energías, y en que dirección buscamos la realización personal.

Los animales están dominados exclusivamente por el instinto. Un animal puede ser entrenado para alterar su conducta a través de reforzamiento positivo y negativo. Un oso puede aprender a bailar si le das suficientes premios o le pegas lo suficientemente fuerte, pero su atracción a los premios y aversión hacia el látigo son una mera extensión de su instinto de buscar placer y evitar el dolor.

En la visión judía del mundo, los seres humanos debido a que están dotados de almas divinas, pueden pasar por sobre el instinto con decisiones morales. De hecho, esta es la característica definitoria de los seres humanos: Pueden elegir entre el bien y el mal – incluso cuando la alternativa correcta es dolorosa y la incorrecta producirá placer.

Las personas que se definen a si mismas como animales renuncian a la posibilidad de trascender y las alegrías que esto conlleva: amor desinteresado, entrega altruista, heroísmo moral y crecimiento espiritual.

El antiguo Egipto, de hecho, por su religión de culto, no tenía un concepto de alma trascendente separada del cuerpo. Sus elaboradas tumbas están bien equipadas con comida y vestimentas para que el fallecido utilizara en la otra vida. Algunas tumbas de nobles pertenecientes a la Segunda Dinastía estaban equipadas con baños. El largo y secreto proceso de momificación era necesario ya que al carecer de un alma trascendente, si el cuerpo se descomponía, sería como si la persona jamás existió. Igual que un animal.

El concepto judío de los seres humanos como esencialmente diferentes de los animales, también hace referencia a que la sexualidad humana era sagrada y exclusiva en el contexto del matrimonio. Esto contrasta con la promiscuidad egipcia, donde el incesto era aceptado, el culto a la fertilidad abundaba y los templos de prostitutas eran parte de la sociedad. Dibujos eróticos adornaban las tumbas egipcias, una práctica utilizada para intentar revivir al ocupante masculino de la tumba en su otra vida. El menosprecio especial que los sabios tuvieron posteriormente por la sociedad egipcia fue sin duda debido a estas licencias.

El Gran Punto de Quiebre

Mientras el Dios de Abraham había definido – y demandado – un estándar de bien y mal, la sociedad egipcia era en esencia amoral. No tenía código ni leyes escritas. Los juicios arbitrarios del Faraón eran la ley de la tierra. Las cortes egipcias eran solamente el brazo indirecto de los antojos del Faraón.

La moralidad fue un concepto novedoso introducido en la antigüedad por los judíos. Mientras que a diferencia de Egipto, la antigua región Mesopotámica producía muchos códigos legales, ellos fueron más utilitarios que éticos. Su objetivo era preservar la eficacia funcional de la sociedad. De acuerdo con aquellos códigos, el asesinato estaba prohibido debido a que una sociedad asesina se vuelve caótica. De acuerdo a la Torá, el asesinato esta prohibido debido a que los seres humanos son creados en la imagen de Dios y por lo tanto la vida humana tiene un valor inherente.

El "descubrimiento del monoteísmo", escribe el historiador Paul Johnson, "y no sólo del monoteísmo sino de un único y omnipotente Dios impulsado por principios éticos y que busca imponerlos metódicamente sobre los seres humanos, es uno de los grandes puntos de quiebre de la historia, quizás el más grandioso de todos". [A History of the Jews, p.30]

Campeones del Deber Cívico

La vacilación de los israelitas entre sus dos identidades en pugna concluyó dramáticamente a los 130 años de estar en Egipto. El Faraón reinante decidió que los israelitas estaban convirtiéndose en un pueblo muy numeroso y representaban una amenaza interna en caso de haber una guerra, así es que les fue imponiendo gradualmente un régimen de esclavitud.

El Midrash cuenta que al comienzo, el Faraón jugó con su identidad de leales egipcios, convocándolos como voluntarios en un proyecto de construcción nacional. Todos los israelitas a excepción de la tribu de Levi, cumplieron entusiastamente su deber cívico. Gradualmente el voluntarismo se transformo en reclutamiento, y finalmente en esclavitud.

La esclavitud expuso el lado oscuro de la civilización egipcia. Los grandes monumentos que los israelitas habían admirado fueron construidos mediante la explotación y la tortura humana. El Faraón, preocupado por las predicciones de sus astrólogos de un redentor israelita, dio la orden de asesinar a todos los bebés varones y que fueran lanzados a las bocas de los cocodrilos del Nilo. Sin restricciones éticas de ningún tipo, quienes llevaron a cabo la tarea fueron crueles y sádicos.

Sin embargo, el enamoramiento por la sociedad adoptiva era tan tenaz que incluso en el momento culmine de la redención, durante la novena de las Diez Plagas, un 80% de los israelitas se rehusaron a salir de Egipto. Ser un esclavo en la civilización mas grandiosa del mundo era preferible para ellos a un viaje incierto de regreso a su arcaica tierra natal. Incluso en el desierto luego de la liberación, muchos de los antiguos esclavos se aferraron a las comodidades de Egipto. Dios pudo sacar a los judíos de Egipto pero no pudo sacar a Egipto de los judíos.

El Exilio de Identidad

La historia judía es un proceso recurrente de exilio y redención. El exilio no es solamente la expulsión de nuestra tierra; es también un exilio de nuestra identidad como judíos. Cuando dos identidades entran en conflicto, finalmente prevalecerá sólo una.

Dos milenios atrás, había en el mundo tantos judíos como chinos. Hoy, hay un billón de chinos y menos de 14 millones de judíos. Esto se debe no solamente a las persecuciones y masacres reiteradas, sino también a la opción de algunos judíos de adherir a la cultura mayoritaria y dejar el judaísmo. Todo judío que lee este ensayo es descendiente de los judíos que optaron por identificarse como judíos en vez de egipcios, persas, griegos, cristianos, musulmanes o seculares.

Una de las mitzvot de la Torá que tiene cada judío es recordar diariamente "la salida de Egipto". En un nivel simple esto significa recordar el evento histórico del Éxodo, la dramática evidencia de que Dios interviene en la historia para nuestra redención colectiva y personal. En un nivel metafórico, "la salida de Egipto" se refiere a emerger de nuestra autodefinición "egipcia" de animales manejados por el instinto, a nuestra autodefinición judía como un alma divina capaz de tomar decisiones morales y lograr la trascendencia.

La brillante luz de la redención, que brilló por primera vez en el mundo en el Éxodo, está disponible cada año durante la época de Pesaj. Es un regalo de Arriba. Todo lo que tenemos que hacer es quererla. Todo lo que tenemos que hacer es clarificar quienes somos realmente.

Bibliografía: "A History of the Jews" por Paul Johnson; "Wanderings" por C. Potok; Tour Egypt website.