El pedido difícilmente parecía ilógico.

"Disculpe, me he quedado sin pañuelos. ¿Podría por favor darme algunos más?"

Larry era uno de los 160 de nosotros que viajamos a Europa Oriental por nueve días el pasado Agosto. Era el segundo día y el grupo estaba reunido en el Hotel Conti en la ciudad de Vilna en Lituania – hogar del santo Gaón de Vilna y otros notables rabinos de antaño. Larry se quedó de pie cortésmente frente al mostrador esperando la caja. Nunca llegó.

"No hay más pañuelos".

"¿Usted quiere decir que no hay más pañuelos en todo el hotel?", preguntó Larry desconcertado.

"No hay más pañuelos", fue la respuesta robótica.

"Déjeme hablar con el encargado", dijo Larry.

Una alta y estoica mujer rubia, de unos 40 años, apareció segundos más tarde.

"¿Es posible conseguir más pañuelos?, se nos han acabado en mi cuarto".

"¿En qué piso está usted?", ella preguntó.

"¿Por qué?... eee... en el quinto", dijo Larry.

"No hay más pañuelos para el quinto piso". Ella respondió y se fue.

Larry se quedó ahí, perplejo. ¿Había algo en contra del quinto piso que justificaba una acción punitiva? ¿Es posible que realmente todo el hotel se haya quedado sin pañuelos? ¿Había acaso alguna palabra mágica que Larry olvidó decir en su pedido?

La penosa respuesta a estas preguntas es un obvio no. La siguiente mañana temprano vino la corroboración, cuando Devora estaba mirando un canasto de manzanas al final del lobby.

"Esas manzanas no son para usted". Ordenó uno de los empleados uniformados del hotel.

"Discúlpeme", dijo Devora, "Soy una huésped acá en el hotel. Me parece que tenemos derecho a un desayuno continental."

"No. Si usted quiere manzanas puede ir a ese cuarto de ahí (apuntando hacia nuestra área de comida). Ahí podrá encontrar las manzanas judías".

No creo haber conocido nunca a una manzana "judía", pero si puedo reconocer una podrida cuando la veo.

Las manzanas "judías", ya sabes, no estaban usando kipá; tampoco encontramos alguna que tuviera forma de Menorá o de Shofar. No creo haber conocido nunca a una manzana "judía", pero si puedo reconocer una podrida cuando la veo.

La arrogancia y el desprecio en los ojos de aquellos lituanos era palpable, pero también sirvió para acentuar la legitimidad de nuestra completa experiencia en Europa Oriental que habíamos llegado a descubrir y lamentar. Era una realidad acerca de la cual yo había leído, escuchado y peleado fuertemente para negar y descartar. Pero ahora estaba justo en frente nuestro.

Varias confrontaciones similarmente desagradables tuvieron lugar los siguientes días. Algunas fueron refinadas – dueños de almacenes a quienes de repente se les "acabó" la Coca-Cola Dietética, y algunas eran más evidentes – grafittis de esvásticas en tarros de basura, "Judenrein" (libre de judíos) grabado en viejos letreros comerciales.

Observé mientras mis compañeros de viaje y yo intentábamos asimilar estas experiencias en nuestras tan complacientes mentes occidentales. Tal como un pequeño niño que es testigo de violencia, injusticia o discriminación por primera vez, vimos nuestras cómodas burbujas americanas liberales explotar en frente de nuestros ojos. No había un oficial a quien quejarse, o formulario que llenar, o declaración para archivar. Ellos nos odiaban por razones que no eran capaces de explicar y nosotros nos sentimos víctimas de la honorable tradición que nuestros ancestros eternamente conocieron y sufrieron.

Probablemente el momento más aterrador del viaje tuvo lugar justo un par de días después de salir de Vilna. Luego de unas 5 largas horas extra de chequeo en la frontera de Bielorrusia (tan sólo "rutina", por supuesto), llegamos, trasnochados y desgastados, a nuestro destino – la sagrada ciudad de Volozhin. Eran las 11:30pm. En esta ciudad, la madre de todas las Ieshivot – la ciudadela de Torá que floreció a partir de la visión del gran Rabino Jaim de Volozhin – se había formado.

La sagrada construcción, que ha estado en pie por más de 200 años, se posaba en frente nuestro, a medida que descendíamos de los buses y avanzábamos en la oscuridad en dirección al edificio. Esta casa de Dios había estado abandonada desde 1892, pero en sus 86 años de operación había formado a gigantes de la Torá sin precedentes y un legado de reputación impecable.

Un espíritu de rejuvenecimiento se extendió por el grupo, hasta que nos dimos cuenta de que no estábamos solos. Afuera de la todavía orgullosa estructura, un grupo de sicarios locales se había reunido. Más de 100 matones, muchos de ellos ebrios, estaban parados mirando como "los judíos" iban camino hacia el antiguo lugar de estudio. ¡Los judíos habían regresado!

El rejuvenecimiento rápidamente se transformó en temor y aprensión.

El rejuvenecimiento rápidamente se transformó en temor y aprensión. Uno de los matones gritó algo bastante incomprensible que asustó a la mayoría del grupo. Alguien tiró una botella al aire, el crujido del vidrio estrellado en la oscuridad era suficiente para sembrar terror en los más valientes de nosotros. Entramos velozmente al edificio, intentando disimular con dificultad que no estábamos asustados ante la amenaza.

Muchos admitieron después que se les habían pasado por la mente las escenas más terroríficas posibles, sacadas de espeluznantes testimonios y películas sobre el Holocausto. Una mujer estaba segura que iría a ocurrir un gran disturbio y que tendríamos que correr por nuestras vidas.

Sin embargo, salimos de la escena, gracias de Dios, sin más incidentes. Fuera de haber sido víctimas de un vulgar pleito, nos sentimos afortunados de haber sobrevivido a nuestra truncada visita.

El antisemitismo que confrontamos, hiriente y perturbador, de alguna forma no logró dominar nuestra excursión de nueve días por el pasado. Nuestros paseos por las sagradas ciudades de Mir, Telshe, Vilna, Kelm, Ponovezh, Slabodka, Kovno, Radin y Volozhin, al igual que los horrores de Auschwitz y Majdanek, nos dejaron con una increíble inspiración y decisión de aprender más, enseñar más y hacer más con nuestros talentos únicos y nuestra identidad poco común.

Regresé a los amigables confines de Brooklyn y abracé a mis hijos muy fuertemente. Pronuncié un silencioso rezo para que ellos no tengan que pasar por las angustias y los tormentos del antisemitismo.

Pero, ¿qué tan realista es esa petición? ¿Acaso nuestro tortuoso pasado no nos ha demostrado claramente que el odio que siempre hemos soportado es inevitable? ¿Podemos seriamente pretender que la historia no tiene que repetirse? ¿No han establecido nuestros sabios que la hostilidad innecesaria hacia el pueblo judío, inaugurado por la malevolencia de Esav hacia Iaacov, va a ser siempre parte de nuestra existencia en este mundo?

Preferimos negar nuestro invariable destino. Creemos que la excepción realmente será la regla – que el serenamiento temporal del odio en tierras benevolentes podría de alguna forma alterar el orden natural del veneno más repetido en la historia. Pero el hecho es que el antisemitismo, persigue y oprime, y siempre lo ha hecho, nuestras vidas – sin importar quiénes seamos o qué hagamos.

Por más doloroso que pueda ser, todos tenemos que vernos reflejados en la distorsionada realidad de este espantoso destino. Pogromos, persecuciones y amenazas de exterminio parecen siempre estar presentes o asomarse. Cuando somos empujados contra la pared, incluso nuestros mejores amigos parecen ser imposibles de encontrar – o llegan demasiado tarde, con demasiado poco. Dictadores y maniáticos proclaman, sin vergüenza, que su completa intención es "borrarnos de la faz de la Tierra", o "tirarnos en el Mar Mediterráneo". Y a nadie parece importarle tan sólo un poco. La ridícula ONU pareciera existir como un permanente, indudable registro del odio de las naciones hacia los judíos. Israel, como siempre, permanece solo.

Y estar solo nunca es fácil – no como un individuo, no como un grupo, y ciertamente no como un pueblo. Pero podríamos, sin embargo, acostumbrarnos a eso, ya que no hay muchas posibilidades de cambiar. Quejarnos acerca de nuestro destino, esperar por un apoyo incuestionable, o tener la esperanza de cualquier cosa diferente, sólo incrementa nuestra frustración e intensifica nuestra angustia.

Pero sin duda llegará el día en que el pueblo judío va a alcanzar su potencial, el mundo entero va a reconocer y apreciar la realidad de Dios, y la paz va a reinar.

Hasta entonces, vamos a perdurar. Quizás con menos pañuelos... y menos manzanas... incluso con menos Coca-Cola. Pero vamos a perdurar.

Esa es la imborrable promesa de Dios.

Nunca lo olvides.