Hace poco se cumplió un año y medio desde que llegamos a Costa Rica para trabajar en la comunidad judía. Cuando hablamos de Costa Rica, la mayoría de las personas sólo saben que es un hermoso país, que hace un poquito de calor, que hay hermosas playas y que queda en Centro América. Y si bien todo esto es cierto (y yo también pensaba así), en el último tiempo, junto a mi esposo, hemos tenido la oportunidad de conocer mucho más que eso. La maravillosa comunidad judía. Una comunidad con tradiciones y costumbres que ha logrado mantenerse gracias a la increíble labor de los mismos integrantes junto con la ayuda de los Rabinos, personas con un gran corazón y con ganas de ver a la gente crecer.

Después de vivir en Israel en un departamento muy pequeño pero muy cómodo, llegamos a este país a un departamento mucho más grande. Nosotros sentíamos que era demasiado para nosotros con un bebé de sólo un mes. De todas maneras no nos pudimos quedar en ese lugar, ya que la distancia a la sinagoga era muy grande. Fue ahí cuando nos mudamos a una casa aún más grande, en la cual nos sentíamos todavía más incómodos por lo vacía que estaba. Entonces dijimos: ¡Si nos vamos a quedar en esta casa, tenemos que llenarla de gente para no sentir el vacío!

Cada día que pasaba, íbamos acomodándonos, hacíamos trámites de un lado a otro y en todo ese ir y venir no dejábamos de preguntarnos: ¿Qué pasaría después de un tiempo? ¿Tendremos buena acogida? ¿Nos llevaremos bien con la gente? ¿Podremos sentirnos parte de este lugar? Creo que estas son, entre otras, las preguntas que todos nos hacemos cuando hacemos grandes cambios en nuestra vida. En la escuela nos preguntamos qué haremos al terminar el último año de estudio: ¿Entrar a la universidad o hacer un viaje?, cuando tomamos le decisión de casarnos: ¿Será el indicado? ¿Es lo que busco para mi felicidad?, si compras una casa: ¿Es un buen barrio? ¿Me gusta tanto como para comprarla?… y así ocurre en todas las áreas de la vida, cada vez que hay un cambio importante, solemos plantearnos muchas preguntas e interrogantes.

Los que hemos estado en situaciones como estas, nos damos cuenta que en realidad nunca sabemos cuál será el resultado final del nuevo paso que estamos dando. Por más que tratemos de tomar la mejor decisión y preguntarnos una y otra vez que va a pasar, finalmente lo que nosotros hacemos es abrir nuevas puertas y oportunidades, pero siempre habrá una fracción de nuestras decisiones sobre las cuales no tenemos control.

Es interesante ver como la vida nos sorprende. Justo cuando creemos estar en un momento de estabilidad algo más allá de nuestro control nos trae nuevas sorpresas y rompe con esa tan anhelada estabilidad y tranquilidad que teníamos. Son estas sorpresas las que nos guían por un camino diferente al que pensábamos, y a veces, es incluso mejor de lo que habíamos planeado. Es así como nosotros podemos dar el todo por el todo, pero finalmente nosotros no tenemos la última palabra. Un ejemplo de esto es que nunca pensé que viviría en Costa Rica.

El tiempo pasó y poco a poco comenzamos a conocer gente, diferentes familias de diversos orígenes. Comentábamos con mi marido: “¡Qué lindo sería tenerlos en nuestra mesa de Shabat! ¡Qué lindo seria tener a este grupo de jóvenes en nuestra casa!”.

En todas las casas, siempre hay un lugar predilecto, para algunos es el dormitorio, donde descansan, se recuestan o leen un libro. Para otros el escritorio o la cocina. En nuestro caso, la mesa del comedor era fundamental, sería el lugar donde podríamos lograr llenar nuestra casa tal como lo habíamos soñado.

El día que llegaron nuestros nuevos muebles, y en particular la mesa del comedor, fue maravilloso, soñábamos con estrenarla invitando jóvenes y familias para Shabat. Yo no podía aguantarme las ganas de cocinar para llenar esa mesa con gente nueva.

Ya pasó un año y medio desde entonces, y estamos muy contentos de ver como nuestra mesa ha sido utilizada tal como lo soñamos, teniendo gente todos los días de la semana, niños, jóvenes, adultos y familias enteras, compartiendo con ellos y mostrándoles quienes somos y lo felices que estamos de poder compartir con cada uno de ellos.

Mirando hacia atrás, no nos olvidaremos del momento en que llegamos a Costa Rica, llenos de incertidumbre y de preguntas sin respuestas, con una casa vacía y una mesa lista para ser llenada.

Hoy nuestra mesa está llena, y su capacidad ya no alcanza, tanto así, que tomamos la decisión de comprar otra más grande para poder invitar incluso a más gente. Hace unas semanas llegó la segunda mesa. Al verla entrar, tuve una sensación de gratificación y alegría única, de ver cómo en un momento la casa se veía tan vacía y después de un tiempo, ya existía la necesidad de tener espacio para más gente.

Cada persona en este mundo tiene diferentes aspiraciones, diferentes ilusiones y metas. Recuerdo estar en mi casa viendo a mi mamá cocinar, sin poder entender cómo un trozo de carne cruda comprada en el supermercado podía llegar a mi plato, caliente y lista para comer. ¡Me maravillaba el proceso por el cual pasaba esa carne! Imaginaba tener algún día mi propia casa y ser capaz de lograr esa misma “magia”. Veo como hoy, ese sueño es una realidad, porque me permití dejar que nuevas puertas se abrieran.

La vida se va construyendo con las decisiones que vamos tomando. Estamos constantemente tomando decisiones desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. ¿Qué me pongo? ¿Qué tomo de desayuno? ¿Qué hago? ¿Qué digo? Cada decisión diaria es de gran importancia, y no siempre vemos con claridad como influyen hoy, pero muchas veces lo hacen a largo plazo.

La decisión de agrandar nuestra mesa comenzó cuando llegamos a Costa Rica, comenzó cuando optamos por abrir nuestra casa. Y si bien es cierto que las cosas se dieron de buena manera, incluso cuando no es así, no hay que olvidar que la decisión fue bien tomada en sus comienzos.

Espero que seamos capaces de tomar decisiones correctas en nuestra vida, decisiones con sentido, dirección, con objetivos claros que inviten a crecer.

Que seamos capaces de planificar el futuro, pero que al mismo tiempo, abramos nuestras puertas a nuevas oportunidades, entendiendo que no siempre podemos controlarlo todo.

Somos responsables de tomar la mejor decisión posible, pero no somos responsables de donde nos llevan estas decisiones. Sin importar si el resultado será positivo o negativo, no debemos olvidar y estar tranquilos que fue una buena decisión y que el resto no está en nuestras manos.