Mi bisabuelo, Rav Najum Mordejai Verbowsky, fue el rabino de la ciudad lituana de Akmiar. Hace sesenta y siete años, él se puso Tefilin por última vez.

Antes de la guerra, la ciudad de Akmiar tenía unas 300 familias judías. Mazeik 500, y Vekshne 200. En el verano de 1941, estas tres ciudades lituanas sufrieron el ataque de la brutalidad nazi.

En el día que los alemanes entraron, todos los judíos, incluyendo a mi bisabuelo, fueron reunidos y llevados al denso bosque de Tirkshle.

Liderados por los rabinos, los judíos marcharon valientemente hacia la muerte.  

Los rabinos sabían que estaban siendo llevados hacia su ejecución, por lo que se pusieron Talit y Tefilín. Era un espectáculo tremendo, la masa de judíos, liderados por sus rabinos, marchando valientemente hacia la muerte.

El anciano rabino de Vekshne llamó a los judíos a no desesperar, y a no mostrar a los alemanes el menor rasgo de miedo. Si era su destino morir como mártires y santificar así el nombre de Dios, entonces debían morir orgullosos, como miembros del antiguo pueblo judío.

Luego los nazis apuntaron sus rifles y ametralladoras hacia los judíos, quienes murieron con llantos de “Shemá Israel” en sus labios.

Después de Bergen-Belsen

 Mi abuelo materno, Rav Leslie Hardman, fue capellán del ejército británico en la liberación de Bergen-Belsen. Tuvo que enterrar a miles de judíos en fosas comunes. No tengo idea qué estaba sintiendo o pensando, pero sé que de algún lado, desde el punto más profundo de eternidad dentro de él, encontró la fuerza y el coraje para pararse al borde de esas fosas y recitar la plegaria del Kadish.

Puede que haya sido el único judío en aquel funeral masivo. Pero él representó vida. Representó esperanza.

Mi abuelo acostumbraba contar historias de esos horribles días después de la liberación.

En una ocasión, un individuo demacrado y tembloroso golpeó a su puerta en su oficina provisional, pidiendo comida.

“Herr Rabiner, no he comido en días. ¿No tiene algo de pan?”.

Mi padre abrió una de las alacenas y vio unas pocas latas de sardinas. Se estiró para alcanzarlas, cuando el hombre dijo: “Espere. ¿Qué es eso que hay ahí?”

Al lado de las latas había una bolsa azul de terciopelo.

“Son Tefilín”, dijo mi abuelo.

Los ojos del hombre, casi desorbitados, comenzaron a llenarse de lágrimas.

“No me he puesto Tefilín en tres años enteros”.

“No me he puesto Tefilín en tres años enteros. ¿Le molestaría?”.

Mi abuelo vio como el hombre abrió la bolsa con amor y cuidado, tomando los Tefilín cuidadosamente como si fueran el diamante más raro del mundo.

Mientras escuchaba al hombre recitar la bendición, mi abuelo no pudo soportar más y dejó la habitación, incapaz de contener sus lágrimas.

Tefilín en la pierna

 Emily Herman, 84, un amigo de mis suegros, atravesó el holocausto siendo un niño de 16 años. Él cree que sobrevivió (y ayudó a otros a sobrevivir también) gracias a sus Tefilín.

Se las ingenió para mantenerlos escondidos de los nazis en marchas fúnebres, en los campos, en cárceles en Hungría y Checoslovaquia, y en Viena, mientras estaba siendo interrogado por los comunistas después de la guerra.

A través de noches cruelmente frías y días bloqueados por la nieve, descalzo, medio desnudo, torturado, hambriento y sediento, Emil Herman cuidó sus Tefilín.

Y sus Tefilín lo cuidaron a él.

Los enrolló en sus piernas, los escondió bajo piedras y tablas de madera, y de alguna manera se las ingenió para ponérselos, rezar y compartirlos con otros judíos todos los días.

Y los usó desafiantemente de nuevo cuando volvió al campo de concentración de Mathausen, 60 años después de sufrir y sobrevivir en ese mismo lugar.

Mentes y corazones

 El núcleo de la vida judía es combinar nuestros poderes de emoción, intelecto y acción para hacer lo correcto. Para hacer lo que Dios quiere que nosotros hagamos.

Para simbolizar esto, el Tefilín del brazo se coloca cerca del corazón, recordándonos controlar nuestras emociones en el servicio a Dios.

El Tefilín de la cabeza está cerca del cerebro, para que nuestro intelecto sea redirigido hacia el desempeño de la voluntad de Dios.

Así, los dos poderes trabajan juntos para ayudarnos a realizar la acción correcta. Utilizamos todos nuestros recursos para alcanzar la perspectiva completa, y así, actuar con singular claridad de objetivo.

Cuando nos ponemos las correas de los Tefilín nos amarramos a la Torá, a Dios y a la eternidad. Ya sea que estemos a la puerta de la muerte en un campo de concentración nazi o sufriendo los efectos de la crisis económica, luchamos para mantener la sanidad y santidad de nuestras mentes y corazones.

Elevándonos por sobre el dolor

Hace dos semanas, mi hijo, Gilad Jaim Verbov, tataranieto del rabino Najum Mordejai Verbowsky, se puso Tefilín por primera vez, en preparación para su bar mitzvá.

Pero no es un bar mitzvá normal.

En esta época, el año pasado, Gilad estaba yaciendo en una unidad de pediatría, sección de oncología, en Jerusalem, sometiéndose a quimioterapia para el linfoma de Burkitt, una forma de cáncer muy curable.

Sería presuntuoso comparar la dura experiencia de Gilad con la de su tatarabuelo, pero podemos decir orgullosamente que los eternos rasgos judíos de la emoción y el intelecto controlados, simbolizados por los Tefilín de la mano y de la cabeza, fueron definitivamente visibles mientras atravesó valientemente el tratamiento.

Gilad mantuvo la mente clara y el corazón puro.

Mantuvo su sentido del humor, permaneció comprensivo con los otros cuando estaba adolorido, y ni una sola vez se aprovechó de su situación ni hizo demandas irracionales.

Mantuvo la mente clara y el corazón puro.

Y nunca perdió la esperanza.

De hecho, la noche posterior al momento en que nos informaron los resultados de patología, antes de empezar ningún tratamiento, fuimos a casa a absorber las malas noticias. Una de las primeras cosas que hizo Gilad fue sonreír ampliamente y decir “mitzvá guedolá lihiot besimjá tamid”, es una gran mitzvá estar siempre alegre.

Y ahora, gracias a Dios, está completamente recuperado.

Ver a un niño hacerse un hombre es algo especialmente emocionante para cualquier padre. Con Gilad, las emociones se multiplican por mil.

Cuando lo miro, sé que el pueblo judío todavía posee el poder místico de los Tefilín.

Un poder que va más allá del tiempo y del espacio.

Una fuerza más grande que la de cualquier nazi o antisemita que jamás haya vivido.

Un lazo de eternidad.