Mi asignación de 15 meses en Irak como capellán judío en el ejército estadounidense está llegando a su fin, y de una manera extraña, estoy un poco triste de irme.

Voy a extrañar la gente que conocí, los amigos que hice, mi trabajo aquí, y por supuesto, la acción y la aventura.

Me inscribí en el principio de 2007 y me reporté en la escuela de capellanes del ejército estadounidense en Ft. Jackson, Carolina del Sur. Una vez recibido, fui asignado a la tercera división de infantería en Savannah, Georgia, justo cuando el oleaje de tropas del presidente Bush estaba empezando. En mayo de 2007 estaba en un avión rumbo a Irak, en donde he servido desde ese momento como el capellán judío del batallón en una unidad de helicópteros Blackhawk en Camp Striker, una pequeña base al lado del aeropuerto internacional de Bagdad.

Qué viaje largo y extraño ha sido.

Utilicé una kipá en todos lados adonde fui, una moda algo extraña en un lugar como Irak. Comí estrictamente alimentos casher durante todo el tiempo que estuve: muchas ensaladas, sopas instantáneas, embutidos secos, comidas de camping deshidratadas, y más atún de lo que la mayoría de la gente come en sus vidas. Me puse tefilin y recé tres veces al día. Ayuné en todos los días de ayuno y celebré todas las fiestas del calendario judío, algunas de ellas dos veces.

Corrí frenéticamente para refugiarme durante ataques de misiles, inserté una aguja intravenosa en la vena de alguien, y me senté en el trono de Saddam Hussein.

Aparecí en las noticias de la CNN, en un periódico de Estados Unidos y en uno de Israel, en varios sitios de Internet y en otros medios de comunicación. Encendí la menorá de Januca con el gobernador Arnold Schwarzenegger en California en una transmisión simultánea en vivo. Conocí a Condoleezza Rice y le di la mano al general Petreaus, corrí frenéticamente para refugiarme durante ataques de misiles, inserté una aguja intravenosa en la vena de alguien, y me senté en el trono de Saddam Hussein.

Escuché la Meguilá (el libro bíblico de Ester) leída en Purim en el porche de una de las casas de campo de Saddam; y en Pesaj, organicé los dos Sedarim para 65 personas, utilizando una Hagadá dedicada y firmada por el presidente George W. Bush con buenos deseos para la fiesta.

Yo cuidé de las necesidades religiosas de 400 soldados en mi batallón, velando por su derecho constitucional a la libertad de religión. Realicé servicios judíos en la base. Y una vez al mes, me subía a un Blackhawk para visitar soldados judíos en otras bases del país, entregándoles un poco de judaísmo, por uno o dos días. Durante mis primeros seis meses allí, yo era el único capellán judío en todo Irak.

Me las ingenié para colocar una mezuzá en uno de los últimos hogares judíos en Bagdad. Y cuando vino Rosh Hashaná, aprendí solo a tocar el shofar.

Hablé con un pelotón de ingenieros de la guardia nacional de Arkansas para que construyeran una sucá, y el material para el techo lo conseguí cortando frondas de las palmeras que crecen en la base.

Respondí cientos de e-mails de chicos de escuela, reporteros, veteranos retirados hace tiempo, diplomáticos norteamericanos preocupados por el estado de las sinagogas que quedaban en Bagdad, e incontables madres judías pidiéndome que cuidara a sus hijos, “que parecía un poco triste la última vez que hablamos por teléfono”. Una mandó una foto de su hija que estaba yendo a Irak, y me preguntó si conocía algunos buenos chicos judíos… en Fallujah.

Una mujer escribió para decir que encontró el perfil de un marinero judío en una página de citas de internet. Mencionaba que estaba camino a Irak, y que ahora ella tenía un tiempo para pensar sobre el tema, se preguntaba si yo podía ubicarlo para ella.

Yo respondí la llamada cuando uno de nuestros Blackhawks fue baleado con una AK-47 por un hombre solitario escondido detrás de una casa mientras el helicóptero se aproximaba a tierra. El joven sargento detrás de la ametralladora que estaba al costado del helicóptero tenía al atacante a la vista, pero el arma se atoró antes que el enemigo se las arreglara para matar a uno de los soldados de infantería en el fondo de la aeronave. El comandante del batallón pensó que sería una buena idea que yo recapitulara el evento con la tripulación ese mismo día. Más tarde, ellos me dijeron cuánto mejor se sentían sólo por haber hablado sobre el tema.

Aconsejé a más de unos cuantos muchachos con los corazones rotos cuando se enteraron que sus esposas los habían engañado.

Hasta escribí cartas de amor a esposas infelices cuyos esposos querían reconquistar sus corazones… pero no sabía qué decir.

Serví cerca de 650 comidas casher para Shabat y las fiestas, provistas con vino para kidush, jalot que la señora Debbie Lowsky enviaba cada semana desde Columbia, Carolina del Sur, guefilte fish enlatado, sopa con bolas de harina de matzá, aceitunas, conservas en vinagre, humus, embutidos secos y usualmente un plato principal de pollo o carne de raciones secas listas para comer, todo utilizando una hornalla eléctrica que compré en Walmart antes de salir, sin cocina, pileta, o siquiera agua corriente.

Pasé Shabat en la base aérea norteamericana adyacente al zigurat de la antigua Ur, una gigante plataforma piramidal que es la estructura más antigua del mundo hecha por el hombre, construida hace 4100 años como parte de un inmenso complejo de templos paganos. De acuerdo a la tradición judía, es allí en donde Abraham llegó a la conclusión de que existe un solo Dios.

Yo contemplé por horas esa estructura, pensando en cómo Abraham y Sara la deben haber visto cada vez que dejaban su casa… hasta que Dios los envió en un viaje que cambiaría la cara de la civilización para siempre.

Ataúd con una bandera

 Desafortunadamente, no todo era divertido. En un lugar como Irak, era sólo cuestión de tiempo hasta que la muerte llegara de visita.

El proyectil mató a alguien que yo consideraba un amigo, un reservista judío, a pocos días de su cumpleaños número 37.

Una semana antes de Pesaj, un proyectil de 107 mm atravesó el techo de un gimnasio improvisado en un campo de la coalición de la Zona Verde. El misil golpeó a alguien a quien yo consideraba un amigo, un reservista judío, a pocos días de su cumpleaños número 37, que había dejado a su esposa y a tres pequeñas niñas en casa y había llegado a Irak hacía tres meses.

Murió en el ataque, junto con un coronel que estaba a punto de retirarse después de una extensa carrera militar de tres décadas.

Dos días después, recibí la noticia de otra baja judía, también un oficial del ejército, un hombre casado padre de dos hijos, uno de los cuales era un bebé. Lo hirió un explosivo casero y fue transportado, herido mortalmente, al hospital para apoyo de combatientes en la Zona Verde.

Para cuando escuché las noticias, sus restos ya habían sido llevados en helicóptero a la morgue en una base aérea cercana a mí, a la espera del largo viaje a casa.

Yo dejé lo que estaba haciendo y conseguí que me llevaran a la base.

Una vez en la morgue, le pregunté a uno de los jóvenes soldados que trabajaban ahí si me podía sentar con el cuerpo, como corresponde de acuerdo a la antigua tradición judía.

Un joven soldado raso me acompañó por el pasillo hasta una sala pequeña, en donde cuatro grandes camillas parecían llenar todo el espacio, salvo por una máquina de hielo gigante que ocupaba toda la pared del pasillo.

En tres de las camillas había bolsas plásticas negras para cadáveres. Un brazo sin vida en la cuarta, aún en su manga camuflada. El ejército no acepta la posibilidad de errores en la horrible tarea de "hacer coincidir", por lo que miembros y partes del cuerpo sueltas son enviadas por separado para hacerles pruebas de ADN concluyentes.

El soldado me mostró mi baja judía, la bolsa no había sido cerrada aún. Me senté en una silla a su lado y recité Tehilim mientras llenaban la bolsa plástica con hielo y planchaban con vapor la bandera americana que pondrían sobre el ataúd para el vuelo.

Yo miré las bolsas para cadáveres y pensé en las tres mujeres, quienes probablemente recién habían recibido la noticia de que eran ahora jóvenes viudas, madres solas de niños sin padres. Las tres pequeñas niñas en Idaho y los dos pequeños niños en colorado que habían tenido que dejar de tachar días en el calendario, esperando que papá llegara a casa.

Pensé en los padres que pronto recibirían una llamada telefónica explicándoles cómo el bebé que ellos habían llevado a casa desde el hospital, a quien le habían enseñado a andar en bicicleta, visto graduarse de la escuela secundaria, casarse y comenzar una familia por su cuenta, estaba viniendo a casa en una caja metálica en un avión de la fuerza aérea, empacado con hielo, documentos puestos prolijamente en un gran sobre color madera, su nombre escrito con un marcador con punta de fieltro negro, encintado a la parte interior de la tapa para evitar cualquier posibilidad de error de identidad.

En ese momento, sentado en la morgue improvisada, tan evidentemente calma, con tres bolsas para cadáveres abultadas y un brazo para hacerme compañía, me di cuenta que era momento de volver a casa.

Quiero beber café en la mañana y lavar la taza en la pileta. Quiero llevar a mis hijas al parque y empujarlas en la hamaca hasta que sonrían, luego volver a casa y jugar un juego de mesa con reglas nuevas que inventaremos en el momento.

Pero la primera cosa que haré es dar a mi hermosa esposa Lori un gran abrazo por hacerse cargo de la casa y hacer las compras y enviarme paquetes de asistencia médica. Me voy a sentar en el sofá con ella y le voy a tomar la mano, y le compraré un vestido nuevo o algo especial.

Tal vez le escriba una carta de amor, me volví bastante bueno en eso.