Es el mejor escape. Un lugar en donde los adultos encuentran al niño que llevan dentro y los chicos se descubren a sí mismos.

Era difícil saber quién estaba más excitado en la mañana de El Paseo.

Mi nieta Miriam de seis años (y tres cuartos, ella me lo recuerda), ha creado por muchos años pequeños mundos de fantasía en su cabeza. Por lo tanto, la perspectiva de visitar la "Tierra de los Sueños" era indescriptible.

Su pequeño hermano Yehuda, de tres años, no tenía idea de lo que era la provincia de Mickey, Minnie y Donald, pero su intuición le decía que algo muy especial lo estaba esperando.

Hasta la bebé Naomi se veía más energizada que lo usual.

Mi hijo mayor, Naftali, el padre del (adorable) trío, estaba ocupado empacando la comida, las cámaras de fotos y el mapa de Google. Su expectación era palpable también.

Nada en el mundo iba a salir mal en su visita a Disney. O por lo menos eso pensó ella.

Pero mi voto para el más excitado fue para mi nuera, Layala. Aunque yo no me estaba uniendo a ellos, yo me deleité al imaginar a Layala sumergirse, de la mañana a la noche, en el universo ficticio del más grande encanto y creatividad. El sol de Florida radió brillantemente esa mañana de lunes y nada en el mundo iba a salir mal en su visita a Disney. O por lo menos eso pensó ella.

La familia de cinco flotó a través de los mágicos preparativos y comenzó su aventura a través del tiempo, espacio e imaginación. La risa, la admiración y la maravilla permearon todo momento de ese día excepcionalmente extraordinario.

Pero en Disney, el sol se pone, y la penumbra ahora desciende sobre las decenas de miles de visitantes eufóricos, aunque rendidos de cansancio.

En este momento, dejaré que Naftali describa con sus propias palabras los eventos que siguieron a continuación:

Era después de las siete de la tarde, y los niños estaban tan cansados como alegres. Había sido un día especial, realmente mágico e inolvidable. Habíamos buscado las salidas, pero la mayoría de los demás turistas estaban ocupados reservando lugares para el espectáculo nocturno de fuegos artificiales. 

“¿Nos quedamos?”, preguntó Layala, sugiriendo más que preguntando.

 Los niños estaban más allá del cansancio, y ya habíamos hecho nuestras paradas obligatorias en los sanitarios y en el negocio de suvenires, pero irse parecía muy difícil. Como resultó ser, no hubo mucha discusión. Yo di un paso hacia adentro del parque y Layala y Miriam ya estaban delante de mí con sus ojos brillando por la expectación. Entonces, con una mano en el cochecito de Naomi estiré la otra para agarrar a Yehuda y… y… y… ¡él NO ESTABA!

 Miré a un lado y a otro y adelante y atrás y… y… realmente no estaba. No estaba retrasado o distraído, Yehuda realmente no estaba en ningún lado en donde se lo pudiera encontrar.

 “¿TIENES A YEHUDA?”, le grité a Layala.

 “¡NO!”, respondió ella. “¿¡¿NO LO TIENES TÚ?!?”.

 Yo no lo tenía. Y el primer miedo que tuve es que lo tuviera otra persona.

 “YEHUDA”, yo grité, “¡YEHUDAAAAAAAAAAA!”.

 Miré el mar de caras que nos rodeaba y de repente entendí muy claramente que los siguientes treinta segundos podrían ser los más importantes de mi vida. Mi mente fue instantáneamente inundada con un diluvio de pensamientos de presentimientos horribles y de horror.

 No muy lejos a la distancia, mis ojos vieron un gran cartel atemorizante: “SALIDA AQUÍ”. Algún loco problemático arrebató a mi precioso, indefenso, inocente hijo y lo metió rápidamente en el tranvía, el estacionamiento, y… Mi mente no me dejaba ir más allá.

 Salí disparado hacia la salida, como un loco, preguntándole a todos los que pasaba: “¿Ha visto un niño adorable de tres años?”, como si no hubiesen 20,000 niños adorables de tres años en Disney. Hasta el extremadamente amistoso personal uniformado de asistencia de Disney, que estaba guiando a la gente hacia afuera del parque, encogió los hombros confundido y me dijo “La verdad es que no”.

 Volví rápidamente con Layala, quien proveía la calma que era desesperadamente necesaria en ese momento. Ella estaba diciendo cosas como: “No entremos en pánico”, y “Deberíamos desandar nuestros pasos”, pero mi mente estaba corriendo hacia cualquier lado.

 “He perdido a mi hijo”.

 “Es mi culpa. Debería haber estado cuidándolo”.

 “Nunca voy a volver a ver a Yehuda”.

 Traté de componerme a mí mismo, pero estaba inmerso en la peor pesadilla de un padre. Layala y yo tratamos de planificar algún tipo de plan estratégico, pero sabíamos que los segundos se nos estaban yendo. Después de todo, puede ser “un mundo pequeño”, pero con seguridad es un parque de diversiones enorme, y Yehuda podía estar en cualquier lado.

 Decidí retornar a los sanitarios en donde habíamos estado unos momentos atrás, esperando que Yehuda se hubiera demorado allí por algún motivo.

 “Yehuda”, llamé mientras pasaba rápidamente por cada cubículo, pero todos estaban vacíos.

 “¡¡¡YEHUDA!!! ¡¡¡YEHUDA!!!”.

 No hubo respuesta.

 Habían pasado ya cinco o seis minutos y la noche estaba cayendo. Nuestra ventana de esperanza se estaba cerrando con velocidad. Encontrarlo en la oscuridad sería casi imposible. La idea del miedo que nuestro pequeño hijo perdido debía estar sintiendo en ese momento era demasiado difícil de tolerar.

 Y luego, como caído del cielo, apareció. Estaba paseando, confundido pero no asustado, y tratando de encontrar su camino.

 “¡¡YEHUDA!!”, yo grité.

 Agarré mi tesoro entre mis brazos y lo abracé con fuerza. Sentí toda mi sangre ir a un oasis de alivio sin paralelo.

 Ni siquiera estoy seguro de dónde estaba. Dijo que estaba en el baño, pero no lo había visto allí. ¿A quién le importa? Estaba de vuelta y toda la dura experiencia y el miedo insoportable, aunque sólo había sido por seis o siete minutos, se habían terminado.

 ¿Hay un dolor en el mundo que sea comparable a la separación? Creo que no. Todo el que alguna vez ha experimentado la agonía que acompaña al desapego de un ser querido sabe que ese no es un lugar al que quiera ir de nuevo.

Todos los días, Dios baja Su mirada hacia Su parque y mira como más y más de su descendencia se separa de Él. No uno o dos, sino millones.

 

El pueblo judío tiene una designación especial. Somos llamados los hijos de Dios. Y Él creó un parque de diversiones extraordinario para que nos entretengamos por unos 70, 80 o más años. Es llamado planeta tierra. La admisión es básicamente gratis, pero puede llenarse de gente y cada vuelta puede ser bastante costosa.

En el último siglo más o menos, el problema de “hijos perdidos” ha alcanzado proporciones epidémicas. Cada día, Dios baja Su mirada hacia Su parque y mira como más y más de su descendencia se separa de Él. No uno o dos, sino millones. Los busca, los espera en las salidas, pero no se los puede encontrar en ningún lado. Están distraídos por la tentación o el éxito o el poder o por tonterías. Prontos eligen cortar su relación con Él.

Y en algún lugar arriba, Dios está llorando y gritando:

“¡¡YEHUDA!! ¡¡RAQUEL!! ¡¡DAVID!! ¡¡DEBORA!!”.

Pero no hay respuesta, sólo más asimilación, más apatía, más agonía.

Hace dos mil años, cuando Sus hijos estaban alejándose, Dios respondió. Declaró Su descontento destruyendo el Templo que había sido construido para Su honor, dos veces. Durante este período de tres semanas en el que ocurrieron los estragos, pausamos, reflexionamos y hacemos duelo por esas dolorosas tragedias.

Perder un hijo por unos pocos minutos es una experiencia horrible, perder millones de hijos para nuestro Padre que está en el Cielo es una catástrofe indescriptible. Y estamos atestiguando este triste desastre todos los días.

No podemos esperar que aquellos que están perdidos aparezcan repentinamente. Aunque no sirva para otra cosa, debemos utilizar este tiempo introspectivo al menos para imaginar el dolor de Dios, y contemplar una estrategia para traer a Sus hijos de vuelta a casa.

Mis hijos tuvieron suerte. En ese día maravilloso, en un reino mágico, ellos encontraron a su pequeño hijo.

¿Nos encontrará Dios?