Este discurso fue dado el 16 de diciembre de 2009 en la Conferencia del foro Global para Combatir el Anti-Semitismo en Jerusalem. Pilar Rahola es periodista y escritora catalana, ex-política y miembro del Parlamento y miembro de la extrema izquierda.

Un encuentro en Barcelona hace un mes, con cientos de abogados y jueces.

Ellos se han reunido para oír mi opinión sobre el conflicto de Medio Oriente. Ellos saben que soy una embarcación heterodoxa, en el colapso del “pensamiento simple” con respecto a Israel que rige en mi país. Ellos quieren escucharme, porque se preguntan “¿Por qué, si Pilar es una periodista seria, se arriesga a perder su credibilidad defendiendo a los malos, a los culpables?” Y yo respondo provocativamente: “Todos ustedes se creen expertos en política internacional cuando hablan sobre Israel, pero en realidad no saben nada. ¿Se atreverían a hablar sobre el conflicto en Ruanda? ¿En Kashmir? ¿En Chechenia? Ciertamente no”.

Cuando las personas instruidas leen sobre Israel, están dispuestas a creer que los judíos tienen seis brazos.

Son juristas, su área no es la geopolítica. Pero se atreven a opinar en contra de Israel, como todos los demás. ¿Por qué? Porque Israel está permanentemente bajo la lupa de la prensa, y la imagen distorsionada contamina los cerebros del mundo. Y además, porque forma parte de lo que es políticamente correcto, parece ser en parte solidaridad, porque hablar en contra de Israel es gratis. Cuando las personas instruidas leen sobre Israel, están dispuestas a creer que los judíos tienen seis brazos, de la misma manera en que las masas creen toda clase de barbaridades.

Entonces, la primera pregunta es: ¿Por qué tantas personas inteligentes, cuando hablan de Israel, se convierten de pronto en idiotas? El problema que tenemos aquellos de nosotros que no demonizamos a Israel, es que no hay debate sobre el conflicto. Todo lo que existe es la propaganda, no hay intercambio de ideas. Nos tiramos eslóganes los unos a los otros; no tenemos información seria, sufrimos por el síndrome del “periodismo chatarra”, lleno de prejuicios, propaganda y simplificación. Los pensadores intelectuales y los periodistas internacionales han renunciado a Israel. No existe. Es por eso, que cuando alguien trata de ir más allá del “pensamiento único” de criticar a Israel, se convierte en sospechoso e infiel, y es segregado inmediatamente. ¿Por qué?

He intentado responder esta pregunta por años: ¿Por qué?

¿Por qué, de todos los conflictos en el mundo, éste es el único que les interesa?

¿Por qué un país pequeño que lucha por sobrevivir es inculpado?

¿Por qué la información manipulada triunfa tan fácilmente?

¿Por qué toda la gente de Israel es reducida a una simple masa de asesinos imperialistas?

¿Por qué no hay culpa de parte de los palestinos?

¿Por qué Arafat es un héroe y Sharon un monstruo?

Finalmente, ¿Por qué siendo Israel el único país en el mundo amenazado con la extinción, es también el único al que nadie considera una víctima?

No creo que exista una respuesta a estas preguntas.

Al igual que es imposible explicar completamente el mal histórico del antisemitismo, así también es imposible explicar totalmente la imbecilidad actual del anti-israelismo. Ambos se nutren de intolerancia y mentiras. Además, si aceptamos que el anti-israelismo es la nueva forma de antisemitismo, concluimos que las circunstancias pueden haber cambiado, pero los profundos mitos, tanto del antisemitismo medieval cristiano como del antisemitismo político moderno están intactos. Estos mitos son parte de las crónicas de Israel.

Por ejemplo, el judío medieval acusado de matar niños cristianos para beber su sangre se conecta directamente con los judíos israelíes que matan niños palestinos para robar su tierra. Siempre son "niños inocentes" y "judíos asesinos". Similarmente, los banqueros judíos que querían dominar al mundo a través de los bancos europeos, de acuerdo al mito de los Protocolos, se conectan directamente con la idea de que los judíos de Wall Street quieren dominar el mundo a través de la Casa Blanca. El control de la prensa, de las finanzas, la Conspiración Universal, todo lo que ha creado el odio histórico en contra de los judíos, se encuentra hoy en día en el odio hacia los israelíes. Por lo tanto, en el subconsciente, el ADN del antisemita occidental prevalece, creando un eficaz caldo de cultivo.

Pero, ¿qué es lo que yace a nivel consciente? ¿Por que surge una intolerancia renovada con tanta violencia, centrada ahora no en contra del pueblo judío, sino en contra del estado judío? Desde mi punto de vista, existen motivos históricos y geopolíticos, entre otros: El sangriento rol soviético que duró décadas, los intereses árabes, el anti-americanismo europeo, la dependencia energética de occidente y el creciente fenómeno islámico.

Pero también surge de un conjunto de derrotas que sufrimos como sociedades libres y que desemboca en un fuerte relativismo ético.

La derrota moral de la izquierda. Por décadas, la izquierda levantó la bandera de la libertad en todo lugar en donde había una injusticia y fue la depositaria de las esperanzas utópicas de la sociedad. Fue la gran constructora del futuro. A pesar de que la maldad asesina del estalinismo hundió esas utopías, la izquierda ha conservado intacta su aura de batalla, y aún marca las pautas de los buenos y los malos del mundo. Incluso aquellos que nunca votarían posiciones de izquierda, otorgan un gran prestigio a los intelectuales de izquierda, y permiten que sean ellos los que monopolicen el concepto de solidaridad. Así como siempre lo han hecho. De esta forma, los que lucharon en contra de Pinochet eran "luchadores por la libertad", pero las víctimas de Castro son expulsadas del paraíso de los héroes y son convertidas en fascistas encubiertos.

Esta traición histórica a la libertad está siendo reproducida hoy en día, con precisión matemática. Por ejemplo, los líderes de Hizbolá son considerados héroes de la resistencia; mientras que los pacifistas, como la cantante israelí Noa, son insultados en las calles de Barcelona. También hoy, como ayer, la izquierda está pregonando ideologías totalitarias, se enamora de dictadores y, en su ofensiva en contra de Israel, ignora la destrucción de derechos fundamentales. Odia a los rabinos, pero se enamora de los imanes; grita en contra de las Fuerzas de Defensa Israelí, pero aplaude a los terroristas de Hamás; llora por las víctimas palestinas, pero desprecia a las víctimas judías, y cuando es conmovida por los niños palestinos, sólo lo hace si puede culpar a los israelíes.

Nunca va a denunciar la cultura de odio, o su preparación para el asesinato. Hace un año, en la conferencia de la AIPAC hice las siguientes preguntas:

¿Por qué no vemos manifestaciones en Europa en contra de las dictaduras islámicas?

¿Por qué no hay manifestaciones en contra de la esclavitud de millones de mujeres musulmanas?

¿Por qué no hay declaraciones en contra del uso de niños cargados con bombas en los conflictos en los que está implicado el islam?

¿Por qué la izquierda sólo está obsesionada en luchar contra dos de las democracias más sólidas del planeta, las democracias que han sufrido los ataques terroristas más sangrientos, Estados Unidos e Israel?

La respuesta es que la izquierda ya no tiene ideas, solamente eslóganes. Ya no defiende derechos, sino prejuicios. Y el prejuicio más grande de todos es el que apunta en contra de Israel. Yo acuso, entonces, de manera formal, que la responsabilidad principal del nuevo odio antisemita disfrazado de anti sionismo, proviene de aquellos que deberían defender la libertad, la solidaridad, y el progreso. Lejos de ésto, defienden a déspotas, se olvidan de sus víctimas y permanecen en silencio ante ideologías medievales que apuntan a la destrucción de sociedades libres. La traición de la izquierda es una auténtica traición a la modernidad.

Israel es el lugar más observado del mundo, pero a pesar de ello, es también el menos entendido.

Derrota del periodismo. Tenemos más información en el mundo que nunca antes, pero no tenemos un mundo "mejor informado". Por el contrario, la súper autopista de la información nos conecta con cualquier punto del planeta, pero no nos conecta con la verdad. Los periodistas de hoy no necesitan mapas, porque tienen Google Earth, no necesitan saber historia, porque tienen Wikipedia. Los periodistas de antes, que conocían las raíces de un conflicto, todavía existen, pero son una especie en extinción, devorados por este periodismo chatarra que ofrece "noticias fast-food", a lectores que buscan información de este tipo. Israel es el lugar más observado del mundo, pero a pesar de ello, es también el menos entendido. Por supuesto uno debe tener en mente la presión de los grandes lobbys del petrodólar, cuya influencia en el periodismo es sutil pero profunda. Los medios de comunicación saben que si hablan en contra de Israel no tendrán problemas. Pero, ¿qué pasaría si criticaran a un país islámico? Sin duda complicarían su existencia. Con certeza, parte de la prensa que escribe en contra de Israel se sentiría identificada con la declaración irónica de Mark Twain: “Obtén la información primero, luego puedes distorsionarla como quieras”.

Derrota del pensamiento crítico. A todo esto, cabe sumar el relativismo ético que define el momento actual, y que se basa, no en la negación de los valores de la civilización, sino en su banalización. ¿Qué es la modernidad?

Explico ésto con una pequeña historia: Si estuviésemos perdidos en una isla desierta, y quisiéramos fundar una sociedad democrática, solamente necesitaríamos tres textos: 1) Los Diez Mandamientos (que establecieron el primer código civil de la modernidad: El “No matarás”, “No robarás”, etc. fundaron la civilización moderna); 2) El Código Penal Romano; y 3) La Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y con estos tres textos podríamos empezar de nuevo. Estos principios que nos avalan como sociedad, son relativizados, incluso por aquellos que dicen defenderlos.

“No matarás”… dependiendo de quien sea el objetivo. Piensan aquellos que, por ejemplo en Barcelona, se manifestaron con gritos a favor de Hamás.

“¡Viva la Libertad de Expresión!”… ¿o no? Por ejemplo, varias organizaciones izquierdistas trataron de demandarme, acusándome de estar haciendo revisionismo histórico, como los nazis, porque niego el “holocausto palestino”. Estaban tratando de enviarme a prisión y de prohibirme escribir artículos. Y así sucesivamente… la masa social crítica ha perdido peso, y al mismo tiempo, el dogmatismo ideológico ha engordado. En este giro doble de los eventos, los valores fuertes de la modernidad han sido sustituidos por un “pensamiento liviano”, vulnerable a la manipulación y al maniqueísmo.

Derrota de la ONU. Y con ella, una rotunda derrota de las organizaciones internacionales que deberían proteger los derechos humanos. En cambio, se han convertido en marionetas rotas en manos de déspotas. Las Naciones Unidas solo sirven para que islamofascistas como Ahmadinejad, o demagogos peligrosos como Hugo Chávez, tengan un altavoz planetario desde donde escupir su odio. Y, por supuesto, para atacar sistemáticamente a Israel. La ONU, también, existe para luchar contra Israel.

Finalmente, la derrota del islam. El islam tolerante y cultural sufre hoy en día el violento ataque de un virus totalitarista que trata de frenar su desarrollo étnico. Este virus utiliza el nombre de Dios para perpetrar los horrores más terribles: lapidar mujeres, esclavizarlas, utilizar jóvenes como bombas humanas. No nos olvidemos: Nos matan con teléfonos celulares conectados a la edad media. Si el estalinismo destruyó a la izquierda, y el nazismo destruyó Europa, el fundamentalismo islámico está destruyendo al islam. Y también tiene un ADN antisemita. Posiblemente el antisemitismo islámico es el fenómeno de intolerancia más serio de nuestros tiempos; de hecho, contamina a más de 1,400 millones de personas, que son educadas masivamente para odiar a los judíos.

Los judíos son el termómetro de la salud mundial. Siempre que el mundo ha tenido fiebre totalitarista, ellos han sufrido.

En la encrucijada de estas derrotas se encuentra el estado de Israel. Huérfano y olvidado por una izquierda razonable, huérfano y olvidado por el periodismo serio, huérfano y rechazado por una ONU digna, y huérfano rechazado por un islam tolerante, Israel sufre el paradigma del siglo 21: La falta de un compromiso sólido con los valores de la libertad. Nada resulta extraño. La cultura judía encarna, como ninguna otra, la metáfora de un concepto de civilización que sufre hoy en día ataques por todos los flancos. Los judíos son el termómetro de la salud mundial. Siempre que el mundo ha tenido fiebre totalitarista, ellos han sufrido. En el medio evo español, en las persecuciones cristianas, en los pogromos de Rusia, en el fascismo europeo, en el fundamentalismo islámico. Siempre, el primer enemigo del totalitarismo ha sido el judío. Y, en estos tiempos de dependencia energética e incertidumbre social, Israel representa, en carne propia, al judío de siempre.

Una nación paria entre las naciones, para un pueblo paria entre los pueblos. Es por eso que el antisemitismo del siglo 21 se viste a sí mismo con el eficaz disfraz del anti-israelismo, o su sinónimo, anti-sionismo. ¿Es toda la crítica en contra de Israel antisemitismo? NO. Pero todo el antisemitismo de hoy en día se ha convertido en el prejuicio y la demonización del estado judío. Ropas nuevas para un odio viejo.

Benjamín Franklin dijo: “Donde mora la libertad, allí está mi patria”. Y Albert Einstein agregó: “El mundo es un lugar peligroso, no por la gente que es malvada; sino por la gente que no hace nada al respecto”. Este es el doble compromiso, aquí y ahora; no permanecer indiferentes ante el mal y defender siempre a las patrias de la libertad.

Gracias.