Ha pasado una semana, la semana más intensa de los últimos años. Suena raro, hemos vivido mas de un año con una pandemia mundial que ataca a niveles desproporcionados, y en Israel, estos últimos 7 días dejaron a todo un país sentado en shivá.

Una semana desde la tragedia de Merón. “¿Qué pasó? ¿Se cayeron las tarimas? ¿La gente se resbaló? ¿El corredor que llevaba al lugar colapsó?
¿Alguien tiene la respuesta? No. Nuestro cerebro trata de buscar explicaciones lógicas para poder calmar la angustia y la ansiedad. Necesitamos saber qué es lo que anduvo mal para que haya ocurrido una catástrofe de este nivel. Cuando hay un atentado, un incendio, un choque, un diluvio o un terremoto (Dios no lo permita) podemos darle a nuestro cerebro la calma de que hay una “razón” lógica de por qué murió tanta gente. En Merón no, tratamos y tratamos de buscar explicaciones, de entender por qué había tanta gente y cómo de un minuto a otro hay gente feliz y bailando y al segundo siguiente hay personas sin vida. No se entiende, no lo entiendo.

Todos pensamos que iba a ser una víspera de Shabat normal, llena de preparaciones, cuando de pronto vi en la mañana el grupo de mi trabajo con muchos mensajes, me pareció raro, generalmente un viernes no hay tanto movimiento. Así nos enteramos, y así empezamos a llorar. Llamadas telefónicas, confusión, más llamadas, angustia, pena, lágrimas.

Al finalizar Shabat una reunión de emergencia por zoom de todos los psicólogos de la ciudad en la que trabajo, en una hora nos dieron las indicaciones de cómo debíamos trabajar al otro día. Mas llamadas telefónicas, no pude dormir. Domingo a primera hora estoy en el trabajo lista para actuar, me seco las lágrimas antes de bajarme del auto. Llego a mis ganim de educación especial, la cara de todos es de duelo. Nadie habla mucho, nadie sonríe mucho. Me paseo por cada sala, hablo con la ganenet unos minutos, le entregó los documentos, les explico cómo hacer una pequeña “charla de intervención en crisis” con niños de esa edad y manos a la obra. Una ganenet me mira y me dice: “Y cómo puedo hacer esto para los niños si ni siquiera yo puedo dejar de llorar?”. Tiene razón. “Yo tampoco puedo con esta catástrofe” le dije, "hagámoslo juntas".

Y así, en cada sala salieron las palabras de los niños. ¿Qué escucharon que paso en Lag BaOmer? “un accidente”, “muchos heridos”, “mi hermano me dijo que mucha gente falleció” “mi papá estaba en Merón y volvió llorando” etc. etc. etc. Niños que saben perfectamente que pasó algo, algo grave, algo que tiene a toda una nación sentada en shivá. Luego, la ganenet pregunta: “¿Y qué podemos hacer para que nuestro corazón tenga un poco menos de tristeza”?

“¡Cantar! ¡Decir Tehilim! ¡Tener más emuná!”, responden los niños de 5 años de un gan de educación especial.

Salgo del gan, y agradezco haber escuchado a esas pequeñas personitas dándome fuerza, ayudándome a mí a lidiar con este trauma.

De pronto suena mi teléfono y veo que es una paciente. “Mi primo murió en Merón, voy ahora donde mi tía, no puedo llegar hoy”. ¿Qué se supone que puedo decir después de algo así? Intercambiamos un par de palabras y quedamos de vernos otro día. Después veo a una mujer que no ha parado de llorar, y me dice: “Después de un año de un virus que pone en peligro a tanta gente, ¿aún no aprendemos?, Hashem nos encerró durante tanto tiempo y cuando podemos salir pasa esto? ¿Cómo puede ser que aún no aprendamos?

Y al parecer es así, aún no hemos logrado entender, interiorizar las lecciones. A veces Hashem manda algo para sacar una fuerza interna dentro de nosotros que no conocíamos, y esa fuerza se transforma en la “bencina” que nos permite seguir andando.

Leyendo las cosas que han escrito las familias que hoy en día están sentadas en shivá por algún hijo, hermano, padre, que falleció en Merón, hay algo que destaca en todas ellas: una fe completa de que la pregunta no es “¿Por qué?”, sino que la pregunta es “¿Qué?”.

Qué puedo hacer yo para sacar esa fuerza que hay dentro mío y ocuparla como bencina para seguir caminado, qué puedo mejorar, qué puedo dejar pasar, qué puedo perdonar, qué puedo dar. Dejemos de buscar explicaciones lógicas, aunque nuestra mente sufra un poco más, y busquemos el qué podemos sacar en limpio de todo esto, qué fuerza vamos a descubrir dentro de nosotros que nos va a guiar en el camino.

Uno de los sobrevivientes de la tragedia relató que cuando estaba debajo de miles de personas, y que apenas podía respirar, la persona que estaba al lado de él gritó “Shemá Israel” con toda su fuerza y luego gritó “perdono a todos los que ahora están pasando por encima de nosotros y están dejándonos sin aire, ¡no son culpables!” y luego silencio… Este es uno de los 45 fallecidos. ¡Estas son las personas que Hashem se llevó a su lado! Gente que vivió su vida por el otro, por ayudar al otro, por perdonar al otro, por querer al otro y que incluso, en el último segundo de sus vidas estuvieron preocupados por el prójimo. Y esa es la herencia que nos dejaron.

Hace 7 días lo que se hablaba en Israel era de política y de las tantas diferencias y separaciones que hay dentro de nuestro país, hoy, de lo que se habla es de la hermandad, de cómo un no religioso fue a acompañar a una familia jasídica que perdió a dos de sus hijos. Se habla de cómo una pareja que no tiene nada que ver con nadie de los fallecidos donó millones para las familias. Cómo en Tel Aviv tuvieron que parar las donaciones de sangre por la cantidad de gente que llegó. "Qué" en hebreo es מה, guematria 45, este es el “qué” que nos dejaron estas personas, estos 45 tzadikim que perdieron la vida en Merón. Esto es Am Israel.