Acababa de subir al avión con Daniel, mi prometido, en el aeropuerto Ben Gurión, para regresar a Los Ángeles, y yo comencé a llorar.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí. Nunca antes sentí esto. No me quiero ir —le dije entre sollozos.

—Eso es porque Israel es nuestro hogar.

Era el año 2015. Había pasado tres semanas gloriosas en Israel estudiando en un seminario en Jerusalem y luego paseando algunos días por el país. Durante el viaje, Daniel me propuso matrimonio en el Kótel en una noche nevada. Volvía a casa con un bello anillo en el dedo y esperanzas de un brillante futuro juntos, pero a pesar de todo, me sentía melancólica.

No quería partir, estaba en un éxtasis espiritual. Cuando rezaba en el Kótel, cuando me sumergía en la sabiduría judía guiada por maestros increíbles, cuando escuchaba por primera vez música israelí, cuando probé el delicioso shawarma y vi la playa increíble de Tel Aviv, supe que pertenecía a este lugar.

Pero tenía que regresar a mi vida normal. ¿Cómo podía simplemente mudarme a otro país que quedaba a más de 20 horas de viaje de Los Ángeles? Yo no había nacido judía. ¿Acaso aceptarían a una conversa? No hablaba hebreo. ¿Cómo me las iba a arreglar?

Había demasiadas preguntas, incluso pensarlo era demasiado complicado. Así que me dediqué a pensar en nuestra boda y en nuestro matrimonio.

Algunos años más tarde, después de casarme con Daniel, el antisemitismo comenzó a incrementar en los Estados Unidos. Tuve miedo de regresar a la sinagoga después de la masacre de Pittsburgh y alenté a nuestro comité directivo para contratar guardias armados. Le pedí a Daniel que cubriera su kipá con una gorra de béisbol después de los ataques en Crown Heights y de que una sinagoga persa cerca de casa fuera saqueada un Shabat. El año pasado me asustó que Daniel estuviera en nuestro centro de Jabad local cuando sólo dos horas antes habían disparado en la sede de Jabad de Poway.

Entonces empezamos a planear nuestra aliá. "Listo. Esta vez realmente nos vamos". Pero entonces quedé embarazada de nuestra primera hija y nos enfocamos en ella.

Cuando nuestra hija tenía cinco meses, comenzaron en Los Ángeles los bloqueos y el cierre generalizado por el COVID-19. De repente nos vimos obligados a permanecer en casa y celebrar solos Pésaj y Shavuot, dos de mis festividades favoritas. En Shavuot, cuando paseaba con mi hija por el barrio en un Shabat soleado, se me acercó un hombre y me dijo que a las 8 de la noche debía estar en casa porque había toque de queda. Vi helicópteros que giraban sobre la ciudad. Escuché sirenas a la distancia. No podía encender mi teléfono para saber qué ocurría, así que corrí a casa.

Después de Shabat encendí el televisor y vi las filmaciones aéreas del centro comercial cercano que había sido saqueado. Leí algunos artículos sobre comercios judíos saqueados durante los disturbios, así como sinagogas y farmacias en las que escribieron grafitis antisemitas.

Había tenido suficiente. Entré a Nefesh B'Nefesh y pasé las siguientes semanas llenando todos mis formularios para hacer aliá. Esta vez era en serio.

Aunque el proceso de aliá puede llevar varios meses, mi esposo y yo esperamos que sea lo antes posible. Nuestro objetivo es vivir en Israel durante mucho tiempo. A él le encantó Israel cuando estuvo allí un año después de la escuela secundaria. Necesitábamos un último empujoncito para llegar allí. Y lo recibimos.

Escuchamos de algunos sobrevivientes del Holcoausto que la clase de eventos que tienen lugar ahora en los Estados Unidos y en el mundo entero, se parecen estremecedoramente a lo que ellos experimentaron en la antesala de la Segunda Guerra Mundial. Espero que en Norteamérica las cosas vuelvan a la normalidad, pero yo ya no me siento completamente segura aquí.

Pero no es esa la razón por la que decidimos hacer aliá. Entendimos que es ahora o nunca. Muchas personas nos dijeron que si no lo hacemos mientras nuestra hija aún es pequeña, nunca lo haremos. Muchos amigos nos dijeron que desearían haber hecho aliá cuando estaban en nuestra situación, y que lamentan no haberlo hecho. Yo amo por completo a los Estados Unidos, pero no puedo imaginarme quedarme aquí a largo plazo debido a que Israel parece ofrecerme mucho más.

En Israel, espero que nuestra hija tenga "orgullo judío", algo que es difícil en un medio con mucho antisemitismo y en medio de la cultura antirreligiosa de Los Ángeles. Queremos estar rodeados de nuestros hermanos y hermanas judíos, especialmente si vuelve a ocurrir otra crisis.

Queremos contribuir a la economía israelí aportando con nuestras habilidades singulares, queremos ayudar a asegurar el futuro del estado. Queremos sentirnos seguros bajo la protección no sólo de uno de los mejores ejércitos, sino en especial de la protección de Dios, porque en Israel es donde se puede sentir palpablemente Su presencia. Queremos experimentar cómo es vivir en el único estado judío del mundo y palpar su historia, así como cumplir un sueño que tantas generaciones previas no pudieron concretar.

Me imagino regresar a Israel, sonriendo a las personas que nos recibirán ondeando banderas israelíes, las lágrimas rodando por mis mejillas. Pero esta vez serán lágrimas de alegría.