La ciudad belga de Aalst queda muy cerca de las relucientes y modernas torres que albergan a la Unión Europea en el centro de Bruselas. Pero hace una semana, el pintoresco pueblito pareció haber salido de una era pasada: un grotesco desfile antisemita atravesó el centro del pueblo, una imagen que parecía sacada de la edad media o de la época nazi.

La carroza presentaba dos enormes y antipáticos judíos ortodoxos con enormes narices ganchudas y barba, luciendo shtreimels (los sombreros de piel, que usan algunos judíos jasídicos), parados en medio de monedas, oro y bolsas con dinero. Uno de los judíos tenía una rata sobre el hombro. Detrás de ellos se veía una sinagoga con una mezuzá en la puerta. El título de la carroza era: “Año sabático”

Detrás de la idea de la carroza se encuentra un pequeño grupo de habitantes locales. El grupo se llama a sí mismo Vismooil’n y está compuesto por ciudadanos belgas comunes y corrientes, incluyendo a un exdirector del Departamento de Educación. Cada año ellos crean una elaborada carroza para el carnaval. Según lo que explicaron a los periodistas, este año estaban preocupados por el dinero, así que decidieron expresar su ansiedad económica utilizando el antiguo estereotipo antisemita de "los judíos y el dinero".

Esta no es la primera vez que en el carnaval anual de Aalst se presentan carrozas extremadamente antijudías. En el año 2013, otro grupo comunitario diseñó una elaborada carroza presentando a personas vestidas como nazis y judíos jasídicos, de pie sobre un vagón de carga semejante a los que se utilizaron para llevar a los judíos a los campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. Un póster en la carroza mostraba a políticos locales vestidos como nazis sosteniendo latas de Zyklon B, el veneno que utilizaron para asesinar a los judíos en las cámaras de gas.

Al día siguiente del desfile, llovieron las quejas. Rav Biniamín Jacobs, el Gran Rabino de los Países Bajos, criticó la carroza por contener “caricaturas antisemitas de 1939”. Los principales grupos comunitarios judíos de Bélgica se quejaron ante el departamento federal en contra del racismo: “En una democracia como Bélgica, no hay lugar para estas cosas, sin importar que sea o no carnaval”. Los organizadores del desfile pidieron disculpas por la carroza.

Sin embargo, eso no quita que cantidades de personas puedan observar esas carrozas; que haya gente que sea capaz de trabajar durante horas para crearlas y que puedan regresar a sus hogares y describirlas a sus familias; que los comités del desfile puedan revisar y aprobar las carrozas, y que nadie parezca reconocer que sus expresiones de profundo odio hacia los judíos sean un problema.

Cuando leí sobre el desfile en Aalst, estaba sentada cerca de mi hijo menor. “¿Qué es eso?”, me preguntó y se acercó a la computadora para ver mejor. Se me estrujó el corazón. Cerré la computadora y en cambio le ofrecí que jugáramos a algo.

Un rato después, mi hijo me preguntó: “¿Esos muñecos eran judíos?”.

Traté de explicarle que las grotescas caricaturas eran la forma en que algunas personas pensaban que se veían los judíos. Se me anudó el estómago. Mi hijo recibió su nombre en honor de su bisabuela, quien huyó de la Europa nazi en 1930. Ella solía contarme sobre el odio visceral que había experimentado al crecer en Viena. Era algo que me parecía muy lejano. No podía imaginarme experimentar un odio tan intenso. Sin embargo, en los últimos años han resurgido estas actitudes hostiles hacia los judíos.

Un ejemplo es Bélgica. En el 2014, las autoridades belgas dictaminaron que un café de la ciudad de Liege que pertenecía a turcos debía quitar un letrero que decía que en el restaurant podían entrar perros pero no judíos. Ese mismo año, un médico belga en Amberes se negó a tratar a una anciana judía que tenía una costilla fracturada. Él le recomendó que en cambio “fuera a Gaza”. Una encuesta del 2018 reveló que más de la mitad de los judíos belgas fueron hostigados por ser judíos.

Los sentimientos antijudíos se incrementan en Europa y en todo el mundo. Gran Bretaña, los Estados Unidos y Canadá llegaron en los últimos años a niveles récord de ataques antijudíos. En una reciente visita a Londres, al viajar en el subterráneo, una mujer observó la kipá de mi hijo y luego le dijo a su esposo susurrando a viva voz: “Esta es la razón por la que apoyo a Corbyn”, en referencia al líder del partido laborista británico que fue ampliamente acusado de ser antisemita y permitir que el antisemitismo florezca en su partido.

La indignante carroza en Aalst es un llamado de atención; es como la alarma que escuchamos después de apretar cientos de veces el botón snooze. En demasiados lugares se está volviendo aceptable burlarse de los judíos o expresar claro antisemitismo. Estamos lejos del infierno que vivió mi abuela, pero después de todos estos años, hay algo que ella repetía y que me parece crucial.

Cuando mi abuela era una niña, los judíos habían sido tan demonizados que incluso los mismos judíos habían internalizado ese odio. Ella recuerda haberse sentido avergonzada de ser judía y sentir que era natural que otros pensaran mal de ella si sabían que era judía. Los judíos no debemos dejarnos intimidar, no debemos sentirnos avergonzados. Cuando vemos un indignante ejemplo de odio antijudío, nuestra obligación es protestar y exigir un cambio; ponernos de pie y defendernos con fuerza y con orgullo.