Nunca olvidaré la primera vez que vi la versión cinematográfica de la obra maestra de Alice Walker de 1982, El Color Púrpura. Tanto el libro como la película describen brillantemente el salvajismo y la violencia en contra de los negros en el sur de los Estados Unidos y en Sudáfrica en la década del 30.

La historia es sobre Celie, golpeada y embarazada por su padrastro; Sofía, la amiga de Celie, injustamente encarcelada y horriblemente abusada en prisión; y Nettie, la hermana de Celie, una misionaria en Sudáfrica, ayudando a personas brutalizadas a quienes se les niegan derechos civiles y políticos. Es una novela deprimente, pero también importante, motivando a los lectores a pelear en contra de la injusticia. Por esto, Alice Walker recibió el Premio Pulitzer.

Creerías que después de escribir sobre estos abusos, la autora Alice Walker disfrutaría visitar un país como Israel: una democracia robusta en la que perspectivas en conflicto son forzadas a coexistir. Después de todo, Israel tiene una prensa abierta y vibrante. En Israel, el voto se le permite a todos, más allá de la etnia o la religión. Los miembros de la minoría árabe israelí sirven en todos los niveles del gobierno, desde el Parlamento hasta la Corte Suprema de Justicia. El Departamento de Estado de Estados Unidos describe a Israel como una democracia liberal en donde se respetan los derechos de las minorías y las disputas son arregladas en las cortes nacionales sin prejuicios.

Pero en lugar de encontrar en Israel una sensibilidad liberal común, Walker anunció recientemente que no dejará que El Color Púrpura siga siendo traducido al hebreo (Una versión anterior en hebreo salió en 1984).

¿Por qué? Porque de acuerdo a Walker, la vida en la Israel de hoy es "peor" que la segregación que sufrió de joven en el tan discriminador sur de su país, y también "peor" que el apartheid sudafricano.

Quizás el criticismo de Walker dice más sobre ella que sobre Israel.

Decir que Israel es "peor" que el sur norteamericano rebaja la historia de los afroamericanos.

Los padres de Walker eran campesinos pobres. Llamar a Israel "peor" que el sur norteamericano en el que vivieron rebaja su historia y la historia de millones de afroamericanos quienes por años no pudieron votar (un derecho que se le otorga a todos en Israel) y quienes no pudieron siquiera sentarse en los buses y los restaurantes con la gente blanca.

Tales barreras no existen en Israel, en donde gente de todas las religiones y etnias se mezcla en lugares públicos y privados.

Y llamar a Israel – con su derecho a voto universal, su sistema judicial reconocido internacionalmente y una inmensa variedad social de inmigrantes (incluyendo a miles de refugiados políticos de países africanos y árabes) – "peor" que un régimen como el apartheid de Sudáfrica es simplemente un error. De nuevo, rebaja la historia de quienes sufrieron y murieron bajo el apartheid.

En la Raíz

¿Qué yace detrás de este odio irracional hacia los judíos?

La hija de Alice Walker, Rebeca Walker, ofrece algunas ideas con una ardiente descripción de su particular infancia.

Para principiantes, el padre de Rebeca es Mel Leventhal, un abogado judío hijo de sobrevivientes del Holocausto. Puede que aquí una mezcla de culpa y desprecio haya jugado algún rol.

Aún más – para Alice la ideología siempre fue más importante que la gente, y adoptó la visión radical de que “la maternidad esclaviza a la mujer”. Walker ignoró y descuidó a su hija Rebeca por años. Resentida de la cadena de maternidad, ella esencialmente abandonó a Rebeca para que luchara por sí misma desde la edad de 13 años.

Finalmente, Alice dio el paso radical de cortar la relación con su hija: "argumentando que nuestra relación había sido inconsecuente por años y que ya no estaba interesada en ser mi madre" (London Daily Mail: "How My Mother's Fanatical Views Tore Us Apart” – Cómo las ideas fanáticas de mi madre nos separaron).

Con la última descarga de Walker en contra de Israel, la tragedia personal de su familia se convirtió en una tragedia para toda la comunidad judía también. Alice Walker ha trasladado su inocente y unidimensional perspectiva del mundo del crisol de su familia a la escena mundial, haciendo que debamos soportar la misma perspectiva deformada.

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El Odio Más Antiguo

El antisemitismo ha sido llamado el odio más antiguo del mundo. A través de los años le ha dado a la gente un fácil chivo expiatorio para el sufrimiento del mundo: si los judíos no existieran, todo sería maravilloso.

En los tiempos modernos, este odio a menudo es redirigido hacia Israel, describiendo al país y a sus ciudadanos ante la escena mundial como particularmente malvados y siniestros.

Tristemente, Walker no es la única persona famosa que mancha su reputación y su legado con ataques falsos al estado judío.

En años recientes el arzobispo Desmund Tutu, ganador del Premio Nobel, ha sido menos conocido por su lucha en contra del apartheid sudafricano y más por su obsesión con Israel y los judíos: diciendo que es tiempo de perdonar a Hitler; hablando sobre siniestros lobbies judíos y repitiendo otras bizarras retóricas antisemitas y anti-Israel.

Un aluvión de ganadores del Premio Nobel se ha volcado a comparar a Israel con los nazis.

Muchos otros permiten que su legado se arruine en una retórica anti-Israel. Mairead Corrigan Maguire ganó el Premio Nobel de la Paz en 1977 por su trabajo para poner fin a la violencia en contra de los protestantes y católicos en Irlanda del Norte, pero últimamente ha estado echando por la borda su capital moral atacando obsesivamente a Israel, comparando a Israel con la Alemania Nazi y apoyando campañas radicales anti-Israel. José Saramago, el escritor portugués que ganó en 1998 el Premio Nobel de Literatura, ha sido más conocido en los últimos años por sus pavorosas declaraciones comparando a Israel con la Alemania Nazi. Tom Paulin fue una vez conocido como uno de los poetas británicos más importantes: un profesor de Oxford y figura frecuente en los programas de radio y televisión en Inglaterra. Eso fue hasta hace poco, cuando puso en riesgo su considerable legado cuestionando el mismísimo derecho a existir de Israel y llamando a algunos israelíes a ser "fusilados".

En todos estos casos la hostilidad en contra de Israel surge de una hostilidad hacia los judíos. La oposición de Alice Walker a que la gente lea su libro en hebreo es una movida en contra del lenguaje de todo el pueblo judío. Apuntarle de esta manera al lenguaje es llevar la difamación fuera del ámbito político y transformarla en algo personal.

¿Qué podemos hacer frente a semejante manía anti-Israel, especialmente de parte de figuras culturales muy respetadas?

Por un lado, podemos y debemos educarnos a nosotros mismos para enfrentar la inexactitud de los hechos. No faltan sitios de internet pro Israel; la Jewish Virtual Library alberga una gran cantidad de información.

En un nivel más profundo, quizás la forma más efectiva de contrarrestar el odio anti-Israel es reconocerlo por lo que a menudo es, una venenosa perspectiva mundial que lastima tanto a quien la alberga como a su objetivo. Le cae bien a gente que busca una respuesta simple a preguntas complejas; a quienes consideran que el mundo es blanco o negro, bueno o malo; a la gente que no tiene la voluntad de explorar entendimientos más complejos.

Tristemente, las ideas extremistas de Alice Walker en contra de Israel indican un problema general con el fanatismo que, de acuerdo a su hija, ha desfigurado toda su vida. El peligro para el resto de nosotros es que sus declaraciones creen una atmósfera en la que una retórica aún más violenta se convierta en la norma.