A mis hermanas y hermanos en Francia,

Mi corazón se estremece mientras leo sobre el horrible ataque al supermercado casher en París: la tragedia de las víctimas, la precaria condición de los heridos, el pánico de los rehenes. Recuerdo con cariño cómo ustedes —la comunidad judía de París—, me recibieron cuando me invitaron a hablar allí hace tres años. Sus sonrisas y saludos entusiastas me hicieron sentir que en realidad somos una gran familia; somos parte del pueblo judío.

Pareciera ser que esa visita fue hace una eternidad. Fue “antes de Toulouse”, donde un terrorista asesinó al rabino Sandler y a sus dos hijos pequeños, así como también a Miriam Monsonego de 8 años de edad, en frente de la escuela judía. Fue “antes de la quenelle”, el saludo antisemita que se propagó por Francia. Fue “antes del ataque a la sinagoga Don Isaac Abravanel”, donde miles de manifestantes vestidos con kefiyot, armados con hachas, cuchillos y barras de hierro, mantuvieron a 200 fieles judíos atrapados por más de dos horas. Fue antes de que los hombres judíos tuvieran que quitarse las kipot en las calles de las ciudades francesas para evitar ser atacados y las niñas judías temieran ser rociadas con gas pimienta o algo peor.

Mientras leo acerca de la difícil situación que ustedes enfrentan, se me viene a la mente una historia que me contó un amigo de mi familia en Los Ángeles. Sus cuatro abuelos eran judíos alemanes de clase alta, adinerados y asimilados, antes de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, sus dos familias (por lado paterno y materno), sufrieron destinos muy diferentes.

La familia de su padre, los Adlers, eran dueños de una fábrica que empleaba a miles de trabajadores. En 1936, un año después de que fueran promulgadas las leyes de Nuremberg, el gobierno alemán confiscó los pasaportes de la familia. Herr Adler tenía buenos contactos y se las arregló para obtener los pasaportes de vuelta. Él comprendió que, a pesar de que sus antepasados habían vivido en Alemania durante siglos, su familia estaba en peligro porque eran judíos. Decidió que tenía que huir de Alemania, sin demora, pero sospechaba que las autoridades nazis vigilaban atentamente sus movimientos. Así que ideó un plan.

Para el Bar Mitzvá de su hijo Heinz, ellos organizaron una lujosa fiesta en su mansión, con una orquesta y cientos de invitados. En la mitad de la fiesta, mientras multitudes de personas iban y venían, Herr Adler con su esposa y sus dos hijos, salieron por la puerta trasera, donde un empleado de confianza los esperaba en un coche con un par de maletas. No le comentaron nada a nadie, ni siquiera a sus sirvientes. En el momento en que las autoridades descubrieron su desaparición, ellos ya estaban a salvo al otro lado de la frontera suiza.

Dejaron todo: sus lujosos automóviles, su mansión, sus ostentosos muebles. Se llevaron sólo unos cuantos diamantes cosidos en sus ropas que luego utilizaron para sobornar a las autoridades en su travesía desde Suiza a Inglaterra y después a América. Cuando llegaron finalmente a Estados Unidos, sólo tenían dinero suficiente para comprar una granja de pollos.

Frau Adler nunca había lavado un plato en su vida. Alguien que la vio sacando estiércol de pollo con una pala a finales de 1940 le preguntó si estaba amargada por todo lo que había perdido. Frau Adler simplemente no entendió la pregunta. Ella tenía su vida, y la vida de su esposo e hijos.

Los abuelos maternos de nuestro amigo experimentaron un destino muy diferente. Incluso después de la promulgación de las Leyes de Nuremberg y la famosa Kristallnacht, ‘la noche de los cristales rotos’, ellos albergaron la ilusión de que los judíos en Alemania no corrían peligro de muerte. Sólo en 1939 enviaron a una de sus hijas (que se convertiría posteriormente en la madre de nuestro amigo) a Inglaterra. En el momento en que el resto de la familia trató de escapar de Alemania, ya era demasiado tarde. Todos fueron asesinados en el Holocausto.

De esta historia aprendí que, si no escapas “en la mitad de la fiesta”, puede ser que no exista otra oportunidad para escapar.

No hay futuro para los judíos en Francia, o en Ucrania, o en ningún otro país de Europa.

Por supuesto que Francia hoy en día no es lo que era Alemania en 1939. En Francia el antisemitismo no es patrocinado por el estado. Pero lamentablemente, durante mucho tiempo ha sido negado por el Estado. Hasta los dos ataques a sinagogas el verano pasado, todos los líderes del gobierno francés negaron que la violencia en contra de los judíos fuese antisemitismo. Afirmaban que era antisionismo. Pero ustedes, mis hermanas y hermanos franceses, saben que el antisionismo es simplemente antisemitismo con un pequeño velo encima. Ustedes saben que los policías franceses, por mucho que traten, no pueden protegerlos del odio rabioso de hordas de alborotadores musulmanes, que actualmente conforman el 10% de la población de Francia. Ustedes saben que los policías franceses, por mucho que traten, no pueden protegerlos de la barbarie de los yihadistas solitarios entrenado por Al-Qaeda o ISIS.

La verdad —la dolorosa verdad— es que no hay futuro para los judíos en Francia, o en Ucrania, o en ningún otro país de Europa.

Por eso apelo a ustedes, mis queridas hermanas y hermanos judíos, vengan a casa, a Israel. Es una decisión que yo tome hace 30 años atrás. No me mudé aquí porque estaba huyendo del antisemitismo en mi nativa América. Ni tampoco por el sueño de que la vida aquí es una utopía sionista. No me mudé a Israel sin saber que los judíos aquí también son acosados por el terrorismo. Me mudé aquí hace 30 años porque estaba convencida, así como la Torá lo afirma una y otra vez, que Dios quiere que el pueblo judío viva en la Tierra de Israel.

Abandoné mi país “en medio de la fiesta”. Tenía 37 años y estaba soltera. Llegué sin ahorros y no tenía amigos o familia en Israel. Sin embargo, yo confiaba en la promesa de la Torá que “los ojos de Dios están sobre la Tierra de Israel desde el comienzo del año hasta el final del año”. Esto significa que todo lo que sucede aquí en Israel se encuentra bajo estricta y directa supervisión Divina. Aquellos de ustedes que han pasado tiempo en Israel lo saben. Lo sienten. Tanto nuestras múltiples bendiciones como nuestros difíciles desafíos en esta tierra empapada de Dios vienen directamente de Él. Así como Jaya Levine, quien se mudó a Israel de los Estados Unidos, dijo tan sólo un mes después de que su marido fuera asesinado en el ataque terrorista de Har Nof: “No somos víctimas de las circunstancias o del terror. tenemos la posibilidad de elegir”.

La elección de los judíos de Israel es vivir junto a otros judíos en la patria judía. Por favor, únanse a nosotros.

Con amor y dolor,
Sara Yoheved Rigler