Daniel Kravitz, dueño de Home Again Furniture, un negocio de muebles usados en Denver, asegura que uno nunca puede saber quién va a entrar por la puerta de su comercio. Kravitz cuenta la historia de su encuentro con un cliente singular:

Recibí una llamada telefónica en respuesta a un aviso clasificado que publiqué para vender un juego de dormitorio negro por $250. Durante la conversación, el joven al otro lado de la línea me dijo que tenía sólo $700 y me preguntó si tenía en mi comercio suficientes muebles para amoblar todo su departamento.

Le pregunté cuán grande era su departamento, y resultó que además del juego de dormitorio, necesitaba un juego de comedor, un sofá, mesas y una lámpara. Le dije que si no era muy exigente, podía amoblar su departamento por $700.

Él no vino sino hasta el día siguiente.

De repente entró una persona de apariencia impactante. Un skinhead. Alto, de 1,90 metros. Esbelto. De poco más de 20 años. Con una camiseta sin mangas, pantalones oscuros. Botas Doc/Martin [fabricadas en Inglaterra y muy populares en la subcultura, los punks, skinheads, etc.].

Los brazos llenos de tatuajes. No pude evitar leer que decían: Hay que matar a los negros y a los judíos. De inmediato comprendí quién era este individuo.

—¿Tú eres Dan verdad? Ayer hablamos por teléfono. ¿Todavía tienes el juego de dormitorio negro?

—¿Tú eres el joven que dijo que tiene $700 para amoblar todo su departamento?

Caminamos por el negocio. "Puedo darte este sofá y estas mesas…" En 20 o 30 minutos encontramos lo que él quería. Y yo le agregué unos platos de regalo, ya que igual quería liberarme de ellos.

Regresamos a mi escritorio. Escribí un recibo, incluyendo el inventario y los precios regulares. El total llegaba a unos $1.000, que yo reduje a $700. Le di el recibo para que lo firmara en la parte inferior. Él lo observó y dijo:

—Vaya, realmente me hiciste un gran descuento.

—Ese era el trato.

—¿No tendrás problemas por descontarme tanto?

—No, es mi negocio.

—Realmente te lo agradezco.

—Soy un hombre que cumple su palabra —le digo, y me paga al contado.

Lo ayudo a cargar los muebles en una pickup. Trabajamos y sudamos. Cuando terminamos le pregunto si quiere una Coca Cola u otra cosa fría para beber. No hay otros clientes y tengo tiempo para sentarme con él. Le doy una lata de Coca Cola y saco otra para mí.

Durante todo el tiempo lo estuve observando para ver si llevaba un revolver o un cuchillo. Verán, los chicos buenos no tienen esa clase de tatuajes.

Cuando cargamos los muebles se le levantó la camiseta y vi que no tenía ningún arma en el bolsillo. Me sentí cómodo porque no tenía un arma, así que aproveché y le dije:

—No pude evitar ver tus tatuajes. ¿Realmente crees en eso?

—Demonios que lo creo.

—¿Alguna vez heriste a alguien?

—Sí.

—¿Cuántos negros y judíos conoces?

—No necesito conocer a ninguno. Sé que todos son malos. Los negros tratan de quedarse con las mujeres blancas. Los judíos controlan los bancos y el gobierno.

—Odio tener que decirte esto, pero no estoy de acuerdo con tu propaganda. Yo crecí en Park Hill rodeado de muchas personas negras. A menos que conozcas a alguien, no puedes juzgar a toda una cultura.

Vi que no estaba conectando con lo que le dije, así que agregué:

—Apuesto que no hablas con tu padre y con tu madre. Si mi hijo tuviera en sus brazos los tatuajes que tú tienes, yo no hablaría con él. No creo que hables con tus padres.

—No, no hablo con ellos.

Entendí que había tocado un nervio sensible. A continuación, le dije:

—No hace muchos años tu madre te sostuvo en sus brazos, y ella te ama. Yo también soy padre. Estoy seguro que tus padres sufren y te extrañan, ellos no están de acuerdo con el camino que sigues.

Entonces le dije:

—Quiero compartir algo contigo… yo soy judío.

—No, no lo eres.

—¿Por qué te mentiría sobre algo así?

—No te ves como un judío.

—¿Cómo se ve un judío?

—No como tú.

Señalé la puerta de entrada y le mostré que había una mezuzá, le dije que eso es lo que los judíos colocan en sus entradas.

También tenía un sidur, así que lo abrí y le dije:

—Mira, esto es hebreo.

Le mostré los horarios de mi negocio y le dije:

—Presta atención, está cerrado el sábado. Yo vivo como un judío. Lo que piensas de los judíos no es cierto. Yo rezo con personas que tienen números grabados en sus brazos. Tú eres parte de un grupo de personas que creen que el Holocausto nunca ocurrió. Yo no sólo perdí allí miembros de mi familia, sino que rezo con personas que tienen números grabados en sus brazos.

—No, eso es un Holohaux (la forma en que se refieren al Holocausto quienes niegan que haya ocurrido)

—Eso no es cierto en absoluto. ¿Sabes qué? Pienso que eres un buen tipo. Por algunas de las cosas que dijiste sé que estás muy agradecido porque te di un buen descuento. Sé que tu padre y tu madre te educaron con buenos valores. Lo que no puedo entender es por qué te volviste parte de los neonazis. Hay dos formas en las que puedes terminar. O muerto o en prisión y un grandulón te tomará por su esposa. Tienes que pensar en lo que haces. Estas son las únicas dos opciones si sigues haciendo lo que haces. Me dijiste que heriste a otras personas. ¿Quieres lastimarme?

—No, tú fuiste amable conmigo.

—Yo sólo fui amable contigo porque me brindaste la oportunidad de ser amable. Tú lastimas a personas que ni siquiera conoces por el color de su piel o por su religión. Tienes que pensar en eso. A las personas con las que estás no les importa si estás en prisión o muerto. Pero a tu madre y a tu padre les importa.

Entonces entró otro cliente.

—Mira, ahora no puedo seguir conversando, pero si quieres hablar más conmigo con gusto podemos hacerlo. Quiero que pienses en lo que te he dicho, porque todo lo que dije es la verdad.

No supe qué fue lo que él pensó. Pero él llegó con el prejuicio de que los judíos son codiciosos y acaparadores de dinero. Tenía que entender que aquí había un judío que lo trató realmente bien, lo ayudó a cargar su camión y sudó con él. Creo que lo que le impactó fue cuando le dije: "No hace mucho que tus padres te tuvieron en sus brazos". Él se marchó.

Meses más tarde, casi un año después, regresó al negocio.

—¿Me recuerdas? —me preguntó.

—Por supuesto.

Estaba vestido completamente de otra manera. El cabello le había crecido, no más cabeza rapada, cabello normal. No se veía como un skinhead. Tenía una camisa de mangas largas, jeans y zapatillas. Parecía una persona diferente.

—¿Te reconectaste con tus padres? —le pregunté.

—Sí… Tengo que pedirte perdón. Ahora entiendo cuán ofensivos y dolorosos son mis tatuajes. En este momento no tengo el dinero para hacerlo, pero voy a quitarme todos esos tatuajes.

Me dio un abrazo y nunca lo volví a ver.


Reimpreso de The Unexpected Road