¿Quién hubiera creído que yo admitiría algo así públicamente?

Rezar es una parte esencial de mi vida. Siempre me emocionó profundamente la bella explicación que los comentaristas rabínicos dan para explicar por qué rezamos tres veces al día: tal como nuestros cuerpos necesitan la nutrición del desayuno, el almuerzo y la cena para mantener un estilo de vida saludable, también nuestras almas requieren la manutención espiritual de Shajarit, Minjá y Maariv. Ir a la sinagoga no es sólo una mitzvá, es casi un requerimiento médico.

Sin embargo, con muy pocas excepciones, como por ejemplo en las Altas Fiestas (lo cual fue posible gracias a que se rezó al aire libre en una calle temporalmente cerrada al tránsito), desde el comienzo de esta pandemia global no pude rezar en una sinagoga. Las sinagogas locales estuvieron cerradas durante un largo período debido a los edictos municipales. Cuando finalmente permitieron volver a abrirlas con estrictas pautas respecto a la cantidad de asistentes, las restricciones de edad para las personas más ancianas y las órdenes de mi médico de cabecera me obligaron a continuar con mi cuarentena espiritual personal.

Por lo tanto, ya hace más de medio año que no puedo hablar con Dios en la santidad de mi "segundo hogar", mi sinagoga, que me permite sentirme cerca no sólo de Dios sino también de mi comunidad judía.

Este período de privación personal me enseñó una lección crucial sobre la bendición de una vida en la que la sinagoga forma parte activa. En la tradición judía, la sinagoga se conoce con tres nombres hebreos diferentes. Comúnmente se la llama un Beit tefilá, una 'Casa de plegaria'. Otros suelen referirse a ella como un Beit midrash, una 'Casa de estudio'. Finalmente, y quizás lo más habitual, es llamarla un Beit hakneset, una 'Casa de reunión comunitaria'.

Los tres nombres enfatizan tres propósitos diferentes del lugar que la genialidad judía creó para servir como un sustituto del Templo Sagrado después de su destrucción. El Talmud nos dice que una sinagoga es un mikdash meat, un 'santuario en miniatura' y, quizás más que ninguna otra cosa, la sinagoga tiene la responsabilidad de la preservación del judaísmo y del pueblo judío.

Sin embargo, cada uno de los nombres hebreos para una sinagoga enfatiza un aspecto diferente e importante. Obviamente, la plegaria es uno de ellos. Por supuesto se la debe llamar un Beit tefilá, una 'Casa de plegaria'. Sin embargo, una sinagoga sin énfasis en el estudio de la Torá, carece de un componente crucial. Rav Kook dijo que la diferencia entre la plegaria y la Torá es que en la plegaria el hombre le habla a Dios y en la Torá Dios le habla al hombre. La sinagoga necesita enfatizar ambas conversaciones y su nombre hebreo sin dudas puede reflejar uno u otro aspecto.

Pero el tercer nombre, Beit hakneset, una 'Casa de reunión comunitaria', se enfoca en una dimensión diferente de la vida de la sinagoga: la comunidad. Una sinagoga está compuesta por otras personas. Una sinagoga es amistad. Una sinagoga es compartir las vidas de otros. Permite celebraciones comunitarias de alegría, conmemorar logros, intercambiar "mazal tov". Posibilita ofrecer condolencias, ayudar a otros a pasar momentos difíciles de duelo y dolor, mostrarles a otras personas con un abrazo o con un apretón de manos que no están solas.

Sí, está permitido rezar solos, pero no es lo ideal. La plegaria debe tener lugar con un minián, un quórum de al menos diez. Como dijo de forma muy bella un rabino jasídico: "La pobreza más terrible es la soledad y el sentimiento de no ser amado". En uno de los últimos números de Psychology Today vemos que hoy en día la soledad llegó a niveles epidémicos. Un reciente estudio de 20.000 adultos norteamericanos reveló que casi la mitad se sienten solos. No caben dudas de que la soledad se incrementa y afecta a personas de todas las edades. Una encuesta de AARP demostró que más de 42 millones de adultos norteamericanos de más de 45 años sufren de soledad crónica.

Después del relato sobre la creación de la humanidad, la Torá nos dice que "no es bueno que el hombre esté solo" (Génesis 2:18). Escuché un bello comentario rabínico que afirma que este versículo viene a ser un apéndice de las siete ocasiones previas en las que, al evaluar Sus actos de creación, Dios concluyó que era "bueno". Sí, el mundo y todo lo que Dios trajo a la existencia "es bueno", pero sólo con una condición: es bueno cuando se lo comparte. Es hermoso cuando no se lo ve de forma aislada. Lo tov, 'no es bueno' cuando estamos solos, separados en cualquier sentido de la vida comunitaria, alejados de los demás y condenados a lo que los criminólogos reconocen como la forma más cruel de castigo: el confinamiento solitario.

Una sinagoga es más que nada llamada un Beit hakneset. Es donde se cambia la soledad por comunidad, el aislamiento se tranforma en la santidad no sólo de la plegaria y del estudio de la Torá sino también de la amistad, de los valores compartidos y, sí, incluso del kidush al finalizar los servicios.

Bueno, aquí está mi confesión: Sobreviví siete meses sin entrar a una sinagoga. Aunque extrañé terriblemente mi 'Casa de plegaria', recé en mi hogar y lo mismo logré mucha conexión espiritual con Dios. No escuché la lectura de la Torá en un Beit midrash, pero logré estudiar por mi cuenta con los comentarios de la Torá de mi biblioteca personal. Pero lo que no pude reemplazar de ninguna manera fue el Beit hakneset.

Ahora realmente entiendo por qué Beit hakneset sigue siendo la forma más universal con la que la gente se refiere a una sinagoga. La vida, cuando no la compartimos con los demás, es insoportablemente solitaria; nadie puede ser verdaderamente humano en aislamiento. Nuestro servicio a Dios requiere que nos relacionemos con otras personas. Francamente, me siento solo.

Cuando llegue el día, Dios quiera que sea muy pronto, en el que la pandemia no sea más que un amargo recuerdo, valoraré como nunca antes la bendición de la comunidad, la amistad y la unión que sólo nos puede brindar un Beit hakneset.