No puedo mirar, pero tampoco me atrevo a desviar la mirada. Orit Mark, una joven israelí, llora. Su padre, Michael (Miki) fue asesinado a tiros mientras manejaba por la autopista junto a su esposa y dos de sus diez hijos. Javi, su esposa, fue herida de gravedad en el ataque; los dos hijos también resultaron heridos. Orit está junto a su hermano que la abraza, tratando de llenar con palabras el inmenso vacío de su corazón. Sollozando, agitada, ella habla. Orit da un discurso fúnebre en honor de su padre asesinado.

Me sorprende profundamente la fortaleza de esta niña de nuestro pueblo. Hoy, Orit perdió la dulce inocencia de su juventud. Conoció la tragedia indescriptible en carne propia.

Y sin embargo se rehúsa a desmoronarse por completo. Su voz es fuerte a pesar de las lágrimas. Hay una pasión, una convicción, que llena el cuarto en el que miles de dolientes se reúnen en una tristeza silente. Puedo oír los lamentos de la multitud, los suspiros de abatimiento por otro asesinato. Pero ella, esta niña de nuestro pueblo, no se rinde.

Aba shelí, Aba shelí”, ‘mi padre, mi padre’, te amo tanto”.

Las lágrimas de Orit llegan a mi corazón. Atestiguar el dolor crudo es atroz, espeluznante.

“Mi amado padre, no puedo creer que estés partiendo. Hace sólo un momento me tuviste en brazos y me dijiste que nunca te irías, pero ahora Dios te ha llevado”.

Mientras describe a su padre, es imposible no conmoverse por la bondad que les debe haber transmitido a sus hijos a cada día.

“Me diste tu corazón, Aba. Nos aceptaste como somos. Si nos equivocábamos no nos abandonabas ni por un momento… Gracias por todo. Gracias por las veces en que me retaste y por mostrarme el camino correcto. Fuiste el mejor aba del mundo”.

Y luego el manto de oscuridad se levanta por un momento. Un relámpago de luz brilla a través del dolor.

“Míranos, Aba. Míranos. Estamos destrozados. ¡Destrozados! Pero somos tan fuertes, Aba, gracias a ti. Gracias a lo que nos enseñaste, tú y mamá. Mira qué fuertes son los niños que criaste”.

“Te necesitamos. Te extrañamos. Reza por nosotros y reza por Ima, para que se recupere, porque necesitamos una mamá. Gracias Aba por todo lo que me diste. Mi fe. Soy una creyente. Continuaré con tu fe. Cuídanos Aba”.

Nuestra historia es diferente a la de cualquier otra nación. Persecución, destrucción de nuestros Templos sagrados, cruzadas, inquisición, Holocausto, exilio, antisemitismo rabioso y, ahora, asesinatos salvajes. ¿No sería más fácil rendirnos ante la desesperación?

¿De dónde saca una niña como Orit esa armadura de fe? ¿Cómo puede continuar? ¿Cómo podemos continuar proclamando nuestra creencia en Dios y el amor por nuestro pueblo y nuestra tierra? ¿De dónde obtenemos el coraje?

De niña crecí con historias sobre el Holocausto. Mi padre perdió a toda su familia. Mi madre sobrevivió a Bergen-Belsen junto a sus padres y dos hermanos, pero los abuelos, tías, tíos y primos murieron en las llamas de los hornos de cremación.

Mi madre nos describía cómo cada semana mi abuelo no comía los pedazos de pan enmohecido y duro que recibía. En cambio, escondía la corteza y la guardaba para Shabat.

Cuando llegaba la noche del viernes, mi padre reunía a sus hijos y a mi abuela.

“Cierren los ojos”, murmuraba. “Imaginen que estamos en casa. Mami ha preparado jalá caliente, ¿pueden olerla? Las velas de Shabat están encendidas, las llamas danzan. El mantel blanco sobre la mesa, estamos todos sentados juntos”.

Mi abuelo, Zeide, repartía sus preciadas porciones de pan duro que había guardado y luego comenzaba a tararear Shalom Alejem, la canción de bienvenida a los ángeles de Shabat.

Por supuesto que hay ángeles aquí. Ustedes hijos míos, son los ángeles de Shabat.

Una semana mi tío, que en ese entonces era un niño, preguntó: “Tate (padre), ¿en dónde están los ángeles? No veo ningún ángel en este horrible lugar”.

Mi Zeide comenzó a llorar. “Por supuesto que hay ángeles aquí. Ustedes hijos míos, son los ángeles de Shabat”.

Mi madre nunca olvidó esas palabras. Nos transmitió el legado a nosotros, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos.

Hubo ocasiones en las que se vio obligada a pararse en medio de la nieve profunda y gélida para una pasada de lista. Su cabeza fue afeitada. Había piojos y sabandijas. Ella temblaba de frío. Los guardias nazis se reían, abrigados con sus gruesos sacos de lana revestidos con piel y sus brillosas botas negras, con sus rifles en la mano. Los perros ladraban ferozmente. Pero, a pesar de todo, mi madre jamás deseó ser uno de ellos. Nunca dudó ni por un momento que era una bat Israel ‘hija de Israel’, una hija del pueblo judío. Ella era un ángel de Shabat.

Este es el secreto que nos mantuvo fuertes y con ánimo mientras enfrentamos las llamas de la destrucción.

Más allá del odio del mundo, las amenazas de Irán, el rabioso boicot y las sanciones, los escalofriantes acuchillamientos, tiros y asesinatos que empapan el piso con nuestra sangre, sabemos que nosotros, como nación divina, sobreviviremos. Vivimos hoy con esta verdad. Fuimos dispersados por los cuatro rincones de la tierra, muchos nos pronunciaron muertos y, a pesar de todo, aquí estamos. Una nueva generación ha nacido. A pesar del dolor, nuestros hijos e hijas declaran su fe, se aferran a nuestras tradiciones y abrazan el legado de sus padres y madres.

Entonces a ti, querida Orit, te saludo, mi querida niña.

Te has erguido y has desafiado a quienes quieren eliminarnos de la faz de la tierra, tirándonos de nuevo al mar. Has elegido declarar con toda tu alma que tú, también, eres un ángel de Shabat. Continuarás trayendo la luz de tu fe a nuestro oscuro mundo. El camino futuro estará lleno de momentos agridulces. Un día, Dios quiera, estarás parada bajo tu jupá y desearás que tu padre estuviera sosteniéndote la mano. ¡Pero, Orit, lo está haciendo! Te está mirando desde arriba. Ha creado los senderos para que tú sigas. Toma todas sus enseñanzas y su amor, enciende su llama de fe. Lo has enorgullecido y le has dado fortaleza y orgullo a tu pueblo.

Que Dios te bendiga y seque tus lágrimas.