¿Cómo se toma el pulso de una nación? Entra a las aulas de clases y habla con los alumnos. Camina por los campus universitarios y mantén algunas conversaciones.

Al reunirme con una asamblea de estudiantes secundarios, confronté la "enfermedad espiritual" que sufren nuestros jóvenes. Ellos carecen del coraje para mantenerse firmes por nuestro pueblo. Muchos no saben suficiente qué significa ser judíos, cuál es su propósito, su misión, su razón de ser.

Es esto producto de indiferencia o ignorancia, no lo sé, escoge lo que prefieras.

Al final de una charla sobre orgullo judío, les ofrecí que presentaran sus preguntas. En la primera fila alguien levantó la mano.

“Hablaste sobre nuestra herencia y qué significa ser judío. Muchas personas que nos rodean no tienen la menor idea de lo que es el judaísmo. ¿Cómo podemos compartirlo con otros y enseñarles?”.

Al fondo de la sala se levantó otra mano. Un joven se puso de pie y dijo en voz alta: “Pensar y decir que tienes algo que enseñar al mundo sobre tu judaísmo significa que piensas que tú eres mejor que los demás. ¡Eso es racismo!”.

Una ola de tensión pasó por el auditorio. Tenía unos pocos instantes para responder antes que se acabara mi tiempo con esos adolescentes. Ante mí estaban los futuros padres y madres de nuestro pueblo. Muy pronto les pedirán a esas almas que lideren, que se comprometan, que creen y defiendan a Israel y al pueblo judío. ¡Qué trágico creer que es racismo saber cuál es nuestra misión sagrada en este mundo y entender que debemos ser una “luz para las naciones”!

Al igual que Abraham, tenemos la responsabilidad de salir y marcar una diferencia en el mundo, de ser una brújula moral y espiritual. Eso no es racismo. Es una vida con un propósito.

En esos pocos minutos expliqué que esforzarnos por compartir nuestro legado de sabiduría y justicia está lejos de tener prejuicios contra los demás. Significa que estamos obligados a saber quiénes somos, cómo tenemos la capacidad de santificar y hacer de este mundo un lugar mejor aferrándonos con tenacidad a la sabiduría y los valores de la Torá. Al igual que Abraham, tenemos la responsabilidad de salir y marcar una diferencia en el mundo, de ser una brújula moral y espiritual. Eso no es racismo. Es una vida con un propósito. Tenemos que encender las velas de Shabat, alejar la oscuridad e iluminar al mundo.

Otro alumno levantó la mano. “¿Por qué piensas que la mayoría de los jóvenes de mi edad encuentran al judaísmo irrelevante?”

Le respondí con otra pregunta. “¿Cuál es tu opinión al respecto?”. Tenía curiosidad de saberlo.

“Porque lo es”, me respondió con poca seriedad.

“Sí, es algo arcaico. ¿Cómo puedes venir a decirme cómo tengo que vivir? Eso me produce resentimiento”, agregó otra jovencita.

Me resulta difícil describir la tristeza que sentí en ese momento.

Les respondí: “Lo lamento por ustedes. Lo lamento por ustedes porque lo que describen no es mi Torá. Mi Torá es mi oxígeno. Mi judaísmo me ayuda a seguir delante de día y de noche, a través de la luz y de la oscuridad”.

Hablamos sobre la relevancia de la Torá en este mundo. Les expliqué cómo la Torá está viva y di ejemplos de la actualidad y viabilidad del judaísmo respecto al perjuicio de compartir demasiado en los medios sociales para proteger la dignidad de las mujeres. Uno sólo necesita saber dónde mirar y cómo estudiar.

Me sentí agradecida por las preguntas. Toqué un nervio sensible. Pero eso fue sólo el comienzo. Obviamente aquí tenemos un problema y no pretendo tener todas las soluciones. Hay aquí algunos temas evidentes que todos debemos enfrentar, tanto padres, abuelos como educadores, religiosos y laicos.

En primer lugar, falta la pasión. ¿Por qué estamos dispuestos a esforzarnos, a sacrificarnos, qué es lo que defendemos?

Recuerdo que cuando era pequeña marchamos pese al frío pidiendo la liberación de los judíos de Rusia. Recuerdo que estaba en la sinagoga cuando comenzó la Guerra de Iom Kipur. Vi caer lágrimas verdaderas, el dolor y la preocupación estaban grabados en los rostros que me rodeaban. No tenía nada que ver con el hecho de ser o no religiosos. En ese momento éramos una familia de judíos, unidos. Me sentía parte de un pueblo, una nación que se mantenía unida porque éramos una familia.

Los ojos que una vez buscaron a Jerusalem ahora buscan cuál es la mejor nueva aplicación.

De alguna forma perdimos esa conexión. ¿Qué dirán nuestros hijos cuando les pregunten por qué están dispuestos a sacrificarse? La mayoría responderá: hacer dinero, volverme famoso o jugar fornite durante horas sin interrupción. Se desgastó ese nexo que nos mantuvo unidos mientras estuvimos dispersos por los cuatro rincones de la tierra. Los ojos que una vez buscaron a Jerusalem ahora buscan cuál es la mejor nueva aplicación.

Para millones de judíos, el judaísmo se volvió algo irrelevante. ¿Qué podemos hacer?

Reconozcamos que tenemos que unir nuestras cabezas y nuestros corazones y pensar sobre la educación judía que reciben nuestros hijos, tanto en la escuela como en el hogar. Llegó el momento de una desintoxicación. Deben dejarse de lado todos los excesos que pensamos que son valores religiosos pero en realidad son “comida chatarra” espiritual. Esas fiestas de bar y bat mitzvá sin ningún significado que se convirtieron en el momento definitivo del judaísmo de nuestros hijos. El “bar” que no tiene nada que ver con la mitzvá, el debilitamiento del estudio de la Torá y del conocimiento sobre nuestro pueblo y nuestra historia, y el deseo de vivir menos como judíos y más como “ciudadanos del mundo”, todo esto contribuyó a la desconexión de nuestros hijos.

Debemos observarnos a nosotros mismos en el espejo. ¿Qué es lo que reflejamos cuando recibimos a la Reina Shabat, cuando nos sentamos en nuestra mesa festiva, cuando hablamos sobre nuestra fe y nuestros valores? ¿Cómo rezamos? Nuestros hijos lo ven todo, nos observan y lo internalizan. ¿Vivimos activamente como judíos y hacemos que el judaísmo cobre vida cada día? ¿Nuestros hijos nos escuchan alguna vez pronunciar una bendición, expresar gratitud a Dios, estudiar sabiduría judía y aceptar una mitzvá?

Finalmente, cuando se trata de Israel, nuestra tierra patria, tomamos por obvio todos nuestros regalos. Después de miles de años de persecución y sufrimiento indescriptible, Dios nos llevó a nuestro hogar. El mundo nos cerró las puertas. Ningún país nos quería incluso cuando nos llevaban en vagones de ganado para gasearnos y quemarnos en los hornos. De ser una nación de esqueletos llegamos a recuperar a Jerusalem, luchamos contra las naciones árabes que nos rodearon y perforamos el cielo con el sonido del shofar en el Muro Occidental. Los valientes soldados tocaron las antiguas piedras y lloraron. Fuimos testigos de milagros Divinos.

Sin embargo, hoy nuestros hijos están perdidos. Desconocen su herencia. Nuestra historia quedó en blanco. No hay memoria. La promesa de nuestra Tierra está escrita en la Torá. De nosotros depende educarlos, enseñarles, hablar con ellos.

Tenemos demasiado trabajo. Tenemos que fortalecernos y llegar a los corazones de la nueva generación. El futuro de nuestro pueblo está en nuestras manos.