Cuando los ecos de las balas y de las sirenas todavía retumbaban sobre los edificios de ladrillo de este pequeño enclave urbano, mi equipo de voluntarios ya había llegado a la escena. Parte de los miembros del Departamento de asistencia en crisis, trauma y duelo del Proyecto Jai llegaron para asistir a las víctimas, los testigos, los sobrevivientes y los espectadores que vivieron horas de miedo y terror. Se trata de hombres y mujeres jasídicos que proveen asistencia cuando el trauma afecta las mentes y los cuerpos de quienes se ven impactados por la tragedia.

Ya habíamos informado previamente a los líderes de cada equipo, y el grupo que llegó —desde sus casas y de sus trabajos— conocía perfectamente la naturaleza del trauma. Todos ellos se ganaron el título de RRR. Ellos son Respetuosos, Respetables y Respetados por los demás. Entienden lo que es el terror, comprenden el dolor, son capaces de lidiar con la sangre, las heridas y la matanza, y analizan rápidamente qué miembro del equipo puede trabajar mejor con cada persona. Ellos saben hablar en idish, pero también hablan inglés, español y muchos otros idiomas, porque asisten a judíos y no judíos, a jasídicos y a ateos, a personas de color y a personas prejuiciosas… Nada de eso importa. El trauma no tiene favoritos y no perdona a nadie.

El equipo pasó toda la tarde hasta altas horas de la noche en la Ciudad de Jersey. Allí había estudiantes que estuvieron encerrados en su escuela que está en el mismo edificio que el supermercado kósher donde tuvo lugar el tiroteo. Había padres que esperaron con miedo y lágrimas, sin saber qué iban a encontrar. Había peatones a quienes la policía ordenó salir de la calle cuando con valentía intentaban controlar la catástrofe. Había maestros que protegieron a sus alumnos en esa escuela y en otra escuela cercana. Algunos no podían hablar. Otros no podían dejar de hablar. Algunos no se podían mover y otros no podían quedarse quietos. Este es el rostro del trauma y el cuerpo de los traumatizados. Allí comienza la intervención.

Distribuimos material para las escuelas y para los padres respecto a cómo entender las reacciones de los niños y cómo reaccionar en relación a sus propios pensamientos, sentimientos y comportamientos. Ofrecimos consultas y conferencias telefónicas, en inglés y en otros idiomas, para proveer guía, apoyo y aliento. Los miembros del equipo se agruparon para procesar lo que veían y escuchaban sobre la gama de señales de estrés. Llamaron pidiendo supervisión. Continuaron trabajando durante los días siguientes. Trágicamente había que notificar de muertes. Ellos se hicieron cargo de eso. Había que hacer presentaciones en las escuelas. Ellos se hicieron cargo del tema en los estados vecinos de Nueva Jersey y Nueva York. Asistieron a funerales para ofrecer apoyo y asistencia cuando era necesario, cuando el estremecimiento, las lágrimas y la angustia asolaban tanto a la familia como a los extraños.

Una nueva ola de ansiedad surgió cuando las autoridades manifestaron que no se trató de un acto de violencia al azar. En las noticias aparecieron palabras como “dirigido”, “odio”, “terrorismo” y “antisemitismo” y ahora los judíos de todo el continente y al otro lado del océano experimentan otras reacciones. Un miedo nuevo, un sentimiento muy antiguo y ancestral que socava la sensación de seguridad y la supuesta protección que tantos judíos añoraron al llegar a estas costas. Inquietos ellos preguntan: “¿Acá también ocurrirá?”.

Sin embargo, al encender las noticias hoy, tuve una perspectiva diferente...

Observé cómo las cámaras registraban el sitio del ataque, afuera del pequeño supermercado kósher. Allí había una pequeña manifestación callejera. Escuché a una persona tras otra explicar que toda la calamidad era “culpa de los judíos”. Me enteré de que estas cosas, esta violencia, nunca existió hasta que llegaron los judíos. Escuché que “los judíos son la causa de estos tiroteos”. Y en medio de estas obscenas descripciones de lo que en realidad son los judíos y lo que deben hacer, me informaron que muchos más de estos ataques en los que matan judíos seguirán ocurriendo.

Pero luego observé cómo uno de los voluntarios jasídicos le hablaba suavemente a un profesor que participaba en la manifestación, intuyendo a partir de sus furiosas injurias que quizás él también tenía un hijo que se vio afectado por el sitio al supermercado y los colegios y la toma de rehenes y, comprensivamente, le ofreció palabras de consuelo.

Me impresionó tremendamente el comportamiento y la humanidad de ese hombre. Y en contradicción con el vulgar intento de describir esta religión y esta cultura por parte de aquellos manifestantes, yo concluyo que esto es lo que en verdad somos los judíos, y esto es lo que los judíos deben ser.