El siguiente es un escrito el cual por razones obvias no podría ser publicado en mi país de origen, Venezuela, pues el régimen político al cual estamos sometidos en la actualidad, coarta la libre expresión de nuestras ideas (inclusive habladas en la calle) y por supuesto de manera escrita.

Como hija de emigrantes oriundos de España, como esposa, como madre y ahora como abuela; toda mi vida hasta hace unos años atrás, transcurrió sin grandes preocupaciones en una hermosa y nutrida kehilá compartida en perfecta armonía entre sefaradim y ashkenazim.

Todos los que tuvimos la suerte de nacer y crecer dentro de la comunidad judía de Venezuela nos jactamos de haber tenido (y lo escribo tristemente en pasado) una de las kehilot mas espectaculares y llenas de vida en el mundo entero. En medio de un bello país, con gente amable, con un clima privilegiado y con una parnasá estable, no podíamos pedir nada más…

Éramos felices y no lo sabíamos. Eso es lo que ahora suelo decir en reiteradas ocasiones a mis hijos, quienes también absorben este miedo ante un futuro cada vez más incierto para los habitantes de este país y para nosotros como judíos.

El día a día de este país nos agobia a todos por igual hasta el punto de ver más de cerca nuestra salida de Venezuela y por ende el desmembramiento de esta hermosa comunidad.

Vemos con tristeza como ante esta situación cientos y cientos de familias han “tirado la toalla” huyendo del país sin un plan realmente estructurado, sólo para librarse de la delincuencia desbordada que nos azota, aunada a una real dificultad para encontrar alimentos de primera necesidad.

En Venezuela ya no vivimos sino sobrevivimos ante una realidad llena de obstáculos que nos merman y terminan por desgastarnos emocionalmente, dejándonos prácticamente sin fuerzas para luchar ante tanta adversidad.

Cuando antes el núcleo familiar jamás se abandonaba, ahora es ya una constante en nuestras vidas. Ya no queda familia dentro de nuestra comunidad que no esté dividida por el fenómeno de la emigración forzosa. Nuestros hijos se ven obligados a abandonar su kehilá, su burbuja, en donde crecieron y se desarrollaron como hombres y mujeres de bien, en busca de forjarse un nuevo destino lejos de la comunidad que los vio nacer y crecer.

Como en la película El violinista en el tejado… De Anatekva a Caracas… la escena se repite y repite dolorosamente para nosotros. ¿Adónde van? ¿Tienes trabajo en el sitio al que vas a emigrar? ¿Cómo se hace? ¡Dios nos protegerá y nos abrirá el camino! Estas son las expresiones de deseo por un futuro mejor, las cuales nos decimos los unos a los otros para consolarnos y animarnos. Total y en definitiva esa ha sido siempre nuestra historia. Asentarnos y luego tener que volver a empacar. Deambulando de país en país en un mundo convulsionado lleno de antisemitismo por doquier.

Quizás este sea el mensaje final que Dios nos quiere transmitir. Que tomemos la decisión de una vez y por siempre de establecernos en la tierra de nuestros antepasados y allí terminar con este duro y agobiante exilio que ya pesa sobre nuestros hombros.

No obstante, conscientes del reto que debemos asumir, nos cuesta abandonar el nido en el cual todos tuvimos cabida sin importar posición social, económica o grado de observancia dentro de una comunidad ejemplar en el mundo.

Todos hemos sido como hermanos, sintiendo la responsabilidad del uno con el otro en cada caso que lo ameritase. La solidaridad ante cualquier percance fue —y es— nuestro mayor distintivo como judíos conscientes de nuestro papel y nuestra misión, a través de todos estos largos años de historia comunitaria.

Esta hermosa historia llena de glorias y aciertos, plena de satisfacciones y de planes a futuro parece desmoronarse y llegar a su fin, como muchas otras comunidades en el mundo, las cuales tuvieron su apogeo y su momento de decadencia, cosa que jamás pensamos que nos podría llegar a ocurrir.

Esta comunidad sin igual que todos construimos con gran esfuerzo, de no suceder un milagro, se apagará poco a poco. Sólo nos queda hacer más tefilá, más mitzvot y buenas acciones para que Dios desde el Cielo vuelque Su piedad sobre nosotros. Estamos sin duda alguna en el momento más oscuro de la noche, en el que quizás y con la ayuda de Dios amanezca y salga el sol con todo su esplendor trayendo renovadas esperanzas a nuestras vidas, remontándonos para darle un nuevo empuje a todo lo que construimos, pero con la sabiduría que queda después de una lección de vida como la actual.

¡Dios, responde nuestras plegarias!

Amigos judíos de habla hispana, únanse a nuestras tefilot. Que este mes de Nisán, mes de la gueulá, de la liberación espiritual y física de nuestro pueblo, experimentemos en Venezuela esa sensación de libertad y paz que tanto necesitamos.

Quiera Dios que estas horas oscuras se tornen en hermosos destellos de luz y sino al menos Dios nos guíe con éxito, salud y paz hacia nuevos horizontes, pronto llegando a Israel para allí todos reunidos esperar al Mashiaj para la tan ansiada gueulá… ¡¡¡Amén!!!