Yo no los conocí cuando pasaban hambre y temían por sus vidas durante el Holocausto. Cuando nací, ya habían pasado nueve años desde que ellos estuvieron escondidos durante dos años y medio, sobreviviendo en base a zanahorias y ocasionalmente alguna cáscara de cebolla. Al final de la guerra, mi madre y mi abuela emergieron del desván donde se habían ocultado, con ictericia y los dientes en pedazos. Su nueva vida en los Estados Unidos restauró su salud. Como Scarlett O’Hara, ellas juraron que nunca volverían a pasar hambre. Nos educaron a mí y a mi hermana para ser autosuficientes, frugales, ingeniosas, para estar siempre preparadas para lo inesperado, cualidades que nos prepararon para algunos de los desafíos de la pandemia de COVID-19.

El abuelo de la autora, David Stern, desde Nueva York trató de conseguir visas para que su esposa y sus 8 hijos pudieran salir de Checoslovaquia. Todos fallecieron menos sus dos hijos mayores, Harry Stern, el padre de Mindy y su tía, Irene.

En nuestro hogar de Brooklyn nunca faltaba comida. La Bobe, mi abuela, hacía las compras cada día, a menudo en dos supermercados para comprar lo que estaba en oferta. Ella cocinaba demasiado. Nos nutríamos de lo que la naturaleza nos dotaba: chauchas frescas, espárragos, coliflor, lo que estuviera de temporada. Nuestra despensa desbordaba de productos enlatados, el congelador crujía con paquetes de pollo, filetes y kilos de delicias kósher de Bloch & Falk, el comercio de alimentos gourmet judío-alemán en Washington Heights. Yo aprendí a cocinar cualquier cosa que vendieran fresca en el mercado y a tener siempre la alacena bien surtida.

La madre de la autora camina en una calle de Bélgica con una estrella de David cosida en su camisa.

Cuando mi hijo, un médico de primera línea de Seattle, le envió a la familia algunos enlaces con la última información científica sobre la transmisión del COVID-19, su madrastra, Simone, respondió: “Pienso cómo esto se asemeja a lo que experimentaron nuestros antepasados durante la guerra, al vivir con miedo y privación en los guetos, escondiéndose, o en situaciones mucho peores. Cómo Europa emergió de las pérdidas devastadoras y cuán diferente fue el mundo en los años posteriores a la guerra. Y este no es un intento deliberado de aniquilarnos… Todos seremos un poco más pobres cuando termine la crisis, pero seguiremos teniendo un techo sobre nuestras cabezas, alimentos para comer y esperemos que nuestros hijos encuentren sus caminos en un mundo nuevo y más desafiante”.

La reflexión de Simone me motivó a conectarme con mis primos. Los hijos de sobrevivientes crecimos bajo la sombra del Holocausto. Me pregunté a mí misma qué lecciones aprendimos, conscientemente o no, como resultado de nuestra educación. Me encantaría poder hablar con mis padres, mi Bobe, mis tías y tíos, pero ya ninguno de ellos está vivo. Quise ver cómo sus vidas y su comportamiento inspiran a sus hijos y nietos, incluso desde la tumba.

Desde la izquierda, la tía Irene y los padres de la autora, Thea y Harry, el día de su boda. 1949

Mi primera llamada fue a Felice, en Mohnton, Pennsylvania. “La experiencia de mis padres siempre es el trasfondo de mi personalidad y de mi perspectiva del mundo. Yo sé cuáles fueron sus dificultades y lo que fue para ellos la vida desde el día en que no les permitieron seguir yendo a su escuela en Checoslovaquia. Eso me hizo una persona muy fuerte, me formó en muchos sentidos. Tengo un poco la perspectiva de mi madre: ‘No te estanques en las cosas, trata de seguir adelante’”.

Un plato de shlishkas

Mi tía Irene era la mejor cocinera que conocí cuando era pequeña. Yo adoraba a mis primos, Ira y Mindy, me encantaba ir a su casa, con el aroma de lo que ella cocinaba y horneaba. Desde su hogar en North Woodmere, Mindy me dijo: “Mi madre hablaba todo el tiempo de sentir nostalgia y carencias. En Bergen Belsen tenía una compañera de litera con la que conversaban sobre las comidas que preparaban sus madres. Ella aprendió las mejores recetas en el campo. Tenían mucho hambre, imaginaban platos maravillosos y cuando logró salir los preparó”. Mi tía Irene perfeccionó sus shlishkas, una versión de de los judíos húngaros de ñoquis rebosados con pan rallado tostado y mantequilla. Este se convirtió en su plato estelar. Sólo de pensar en ello ahora se me hace agua la boca.

Mi primo Ira recuerda que su madre “literalmente no podía tirar comida a la basura. Ella sabía que uno puede obtener energía del jugo de las cáscaras de papas y en el campo la habían golpeado por robar algunas cáscaras de un tacho de basura. En su heladera yo encontraba pequeñas pelotitas de papel aluminio arrugado, usado tres veces, con una cucharada de ensalada de huevo, un cuarto de una papa, dos tallos de apio recuperados de la sopa”. Pero lo que les importaba en su “vida post-estrés era ser normales, vivir una vida normal”.

Atrás, la autora y su primo Ira. Adelante: la prima Mindy (a la izquierda) y la hermana de la autora, Ivy. 1959

Cuando la curiosidad de Ira despertaba preguntas sobre esa época, su madre cambiaba de tema. “No quiero hablar de eso”, le decía. “’Quiero hablar de mis dos diamantes, tú y tu hermana…’. Ellos se sentían orgullosos de poder olvidar, de ser capaces de superarlo y no quedarse en el pasado. Si estuviera viva ahora, habría estado preparada para el COVID-19. Era muy ingeniosa, tenía una cocina repleta de todo y, lo más importante, tenía una actitud positiva”.

Mis primos y yo, la primera generación nacida después del Holocausto, tenemos sesenta años. Me pregunté si la actitud positiva de nuestros padres, esa actitud de poder seguir adelante, había pasado más allá de nuestra generación, a los nietos. Llamé a mi sobrina Nina, una empresaria en Brooklyn. Ella y su esposo se están recuperando de COVID-19, y estuvieron en aislamiento durante varias semanas. Ahora que les resulta más fácil respirar, su mayor queja es haber perdido los sentidos del gusto y del olfato. Le pregunté a Nina de qué forma las experiencias del Holocausto de sus abuelos influían en su perspectiva sobre la pandemia.

“Es en lo único que pienso. Define la forma en que estoy viviendo esto. Soy muy privilegiada: tengo una alacena repleta de alimentos. Realmente me siento afortunada. Saba, Savta y Oma me dan fuerzas. Esto parece mucho menos que lo que ellos vivieron. No somos perseguidos ni tengo que esconderme de nadie. Lo que tenemos que hacer no parece un sacrificio tan grande. Tengo muchas esperanzas”.

La abuela de la autora, Judith Scheiner

Quizás esa sea la clave: al enfrentar dificultades, encontrar inspiración en las historias de nuestros ancestros. Su resistencia es un modelo que nos enseña a tener esperanzas, fuerzas y a creer que el futuro será mejor. Si ellos pudieron hacerlo, ¿de qué nos quejamos nosotros? Si tu espíritu comienza a decaer, saca algunas cosas básicas de tu alacena: huevos, aceite, sal, harina. Hierve algunas papas. Prepara una bandeja de shlishkas, pásalas por manteca y pan rallado, hornéalas y sírvelas con crema agria. ¡Ahhh! Podemos superar esto.