Luego del atentado terrorista en una sinagoga en Pittsburgh, tontamente creímos que el odio duraría sólo un día. Pero estábamos equivocados. La lista de ciudades en los titulares de los periódicos en las que ha habido incidentes antisemitas crece día a día. El virus del odio continúa creciendo y volviéndose cada vez más fuerte. Las sinagogas tienen guardias armados. Los judíos son atacados. La oscuridad se sobrepone a la luz en un espantoso revés al milagro de Janucá. 

Pareciera que fue hace pocos días que quedamos horrorizados por lo acontecido en Jersey City. Ya no solo ocurre en las áreas predominantemente judías, sino en todo lugar. No se necesitan peyot o gorras negras para que salga a relucir el odio. Hoy en día basta con que los antisemitas tan sólo sospechen que sus potenciales víctimas son judíos.

Tomémonos unos minutos para reflexionar sobre el ataque ocurrido en Monsey y Janucá.

“Por los milagros, por las liberaciones, por las fortalezas, por las salvaciones y por las batallas”, le agradecemos a Dios por todo eso, incluso por las batallas. Le agradecemos a Dios por Matitiahu y por sus hijos, quienes con valentía demostraron que los judíos no creemos en aceptar pasivamente los intentos de quienes buscan destruirnos.  Los judíos no vivimos basados en la máxima de poner la otra mejilla. Los judíos, incluso aquellos para quienes el Templo como una morada de Dios en este mundo es el ideal, reconocieron la necesidad de no apoyarse solamente en Dios sino de realizar también todos los esfuerzos propios para liberarnos del mal y de hacernos merecedores de que la presencia divina more entre nosotros. 

Janucá es la festividad de los macabeos tanto como la conmemoración de los milagros. 

No es un momento para el silencio cuando los ataques antisemitas son respondidos con declaraciones políticas de “tolerancia cero” pero que son seguidas por una puerta giratoria en el sistema judicial. Es casi imposible de creer que los sospechosos que fueron arrestados en los ocho eventos antisemitas ocurridos la semana pasada en Estados Unidos han sido rápidamente liberados a las mismas ciudades que ya aterrorizaron debido a la nueva legislación, la cual exige que los jueces liberen a todo sospechoso “en casos de ataques no sexuales en los que no haya daños físicos, incluso en casos de ataques de odio, e incluso si hay heridos, puede ser solicitada una liberación bajo fianza”, aunque esta no necesariamente sea otorgada. 

En los barrios ortodoxos de Nueva York, los judíos incrédulos ven como los violentos atacantes son atrapados e inmediatamente liberados gracias a la nueva legislación. 

Desde que llegué a Estados Unidos, escapando de la Europa que permitió que 6 millones de judíos fueran brutalmente asesinados, he cumplido con orgullo con la mitzvá de Janucá de “publicitar el milagro”. Janucá demanda de nosotros que pongamos la menorá en la ventana, apuntando hacia la calle en el mundo exterior. Es nuestra forma de imitar a los macabeos. No esconderemos nuestra fe. Con orgullo proclamaremos nuestra identidad como judíos. 

Estados Unidos siempre ha sido para mi una bendición que me ha permitido ir a todas partes, sin temor, con una kipá en mi cabeza. 

Hoy, por primera vez en mi vida, alguien me dijo: “Quizás, por tu propio bien, sería más seguro que uses una gorra en lugar de tu kipá”. 

Y ese obviamente es el principio del fin para los judíos en todos los países en los que han vivido. 

Nosotros, los judíos, descendientes de los macabeos, debemos, en el espíritu de Janucá, volvernos más judíos, no menos judíos. 

Obviamente he intensificado mis rezos. Obviamente me dirijo a Dios y le pido que nos ayude en estos tiempos de peligro. Pero no olvido que una vez hubo un sacerdote con cinco hijos que unió la acción al rezo, que probó a los Greco Sirios que los judíos no elegirán ser meras víctimas sino orgullosos Macabeos. 

Cuando judíos son atacados con un machete en una sinagoga mientras celebran Janucá, quiere decir que hace tiempo llegó la hora de dejar en claro, a nuestros políticos, vecinos, sociedad y país, que ¡BASTA! Esto no debe continuar, y esta vez, luego de las lecciones del Holocausto, nuestros héroes son los Macabeos, no los judíos silenciosos.