Camino por las angostas callejuelas de mi barrio, en la amurallada Ciudad Vieja de Jerusalem, como si me moviera a través de las lamentaciones del profeta Irmiyahu: "¡Cómo ha quedado solitaria la ciudad que estaba llena de gente!" (Eijá 1:1). Hace sólo cinco meses, las callejuelas de la Ciudad Vieja estaban repletas de turistas de Asia, Europa y África. Había tantas personas que era difícil maniobrar entre ellas. Ahora las calles están vacías; incluso los residentes del lugar se aventuran a salir lo menos posible.

Los hombres que llenaban las Ieshivot, ahora estudian desde sus departamentos a través de Zoom. Las madres se quedan en la casa con sus hijos. Los estudiantes de todo el mundo que se reunían en Jerusalem fueron exiliados a sus países de origen. Los portones de Israel se cerraron a quienes no son ciudadanos. Los comercios de recuerdos y los restaurantes están cerrados y oscuros. El famoso restaurant de humus que abrió hace sólo un año tiene sobre la puerta de vidrio un cartel que dice "EN VENTA". También los dueños del pequeño hotel en la esquina de mi casa tratan de vender su hotel. Conozco a estas personas, son padres de familia que ahora tienen deudas de cientos de miles de shekels.

"Enlutados están los caminos de Sión porque nadie viene a las festividades de peregrinaje. Todos sus portones están desolados", se lamentó Irmiyahu.

En un momento, la presencia de Dios estaba revelada y clara entre nosotros. Ahora Él está oculto, oscuro, escondido.

Esta es la época del año en la que guardamos luto. Se conoce como los "Nueve Días", entre el primer día del mes hebreo de av y el día del ayuno de Tishá beAv. En este período no comemos carne, no bebemos vino, no vamos a nadar ni nos compramos ropa. Estamos en luto porque el Templo Sagrado fue destruido el nueve de av. Una vez tuvimos la presencia tangible de Dios entre nosotros, revelada a través de milagros que todos los que entraban al Templo podían ver. Con la destrucción del Templo, estamos de luto porque se alejó la Presencia Divina. En un momento, la presencia de Dios estaba revelada y clara entre nosotros. Ahora Él está oculto, oscuro, escondido. Tenemos mucho por lo cual guardar luto.

El judaísmo es minucioso respecto al duelo. Cuando fallece un padre, un hermano, un esposo o un hijo, hacemos siete días de shivá. Durante ese período no nos permitimos distracciones, evitamos toda clase de labores, nos quedamos en la casa, no usamos zapatos de cuero, no nos cambiamos la ropa, nos sentamos en sillas bajas y nos entregamos al arduo proceso de guardar duelo por el ser amado que hemos perdido, ante la presencia de aquellos que vienen a consolarnos. Mi amiga Beth me contó que hizo siete días de shivá cuando falleció su madre, pero su padre falleció dos días antes de Pésaj, por lo que la shivá se vio interrumpida por la festividad. Ella sintió la diferencia. El hecho de no tener una semana entera para enfrentar su dolor y ser consolada por las visitas, llevó a que se sintiera incompleta y con el duelo no resuelto.

Los expertos en duelo afirman la importancia del proceso de duelo. El dolor no procesado puede provocar después problemas físicos y psicológicos. Los sabios sabían lo que estaban haciendo cuando nos enseñaron cómo guardar el duelo.

Guardar duelo por la vida que conocíamos

Se habla mucho sobre la "nueva normalidad" que trajo la pandemia de COVID-19. Tanto si te encuentras en la primera ola o si te ves sitiado por la segunda, como ocurre en Israel, nuestras vidas cambiaron dramáticamente en unos pocos meses. Muchos hemos sufrido personalmente el coronavirus, otros perdieron amigos o miembros de su familia; algunos perdieron trabajos y comercios; los ancianos y las personas solas están aislados en sus hogares; las madres jóvenes están encerradas con sus hijos, y todos sufrimos del caos de las opiniones médicas y las recomendaciones conflictivas. La sociedad se transformó en un bote en medio de una tormenta. Como escribió el Rav Arón Moss de Sydney al comienzo de la pandemia: "No es que hayamos perdido nuestro sentido de seguridad. Perdimos nuestra ilusión de seguridad".

En mi webinar semanal para mujeres casadas, le pedí a cada participante que nombrara la mayor pérdida/dificultad que sufrió por el COVID-19. Las respuestas incluyeron:

  • No poder volar a la boda de mi hermana

  • Perder mi trabajo

  • No poder visitar a mis padres ancianos en otra ciudad

  • Un marido irritable porque su negocio colapsó

  • Mi hija no tuvo una graduación como se debe en la universidad

  • El estrés de tener todo el tiempo en casa a mis hijos y a mi marido

Una mujer dijo que se había casado hace un par de meses y que en su boda sólo participaron unos pocos miembros de su familia y ninguna de sus amigas.

Estas son pérdidas reales. Debemos tomarnos el tiempo para guardar duelo por ellas. Hace falta que nos permitamos un momento para estar solos. Debemos escribir todas las cosas que perdimos o no tuvimos debido a la pandemia. (Puedes compartir parte de tu lista en la sección de comentarios).

Estos son algunos de los ítems de mi lista:

  • No poder recibir a mis nietos para el Séder de Pésaj

  • No tener huéspedes en Shabat, ni siquiera a mi hija casada con su familia

  • La panadería francesa y todos los otros comercios de mi barrio que cerraron por falta de turistas

  • No poder estudiar toda la noche con cientos de mujeres en la noche de Shavuot

  • Extraño abrazar a mis hijos y a mis nietos

  • Eventos y celebraciones comunitarias

  • Salir a cenar con mi esposo

Ahora, con tu lista en tus manos, siéntate, cierra los ojos y guarda duelo por lo que amabas y has perdido. Permítete un momento para sentir el dolor de la pérdida. Llora si deseas hacerlo.

Cuando hayas reconocido y experimentado por completo tus pérdidas, todavía con los ojos cerrados, pasa al siguiente paso: agradece por la vida que tienes. No puedes estar con tus seres queridos, pero puedes verlos por Zoom o FaceTime. Estás encerrada con tu esposo; agradece tener un esposo. Perdiste tu trabajo, pero todavía tienes la salud y la capacidad mental para buscar un nuevo trabajo. Deja que la gratitud tiña tu nueva normalidad.

Luego respira un par de veces profundamente y abre los ojos. Ahora estás lista para emerger del otro lado y seguir adelante.

Las 3 cosas que debemos evitar

El judaísmo introdujo en el mundo el concepto del tiempo teológico: la historia se mueve hacia adelante hacia un objetivo, específicamente a la Era Mesiánica. Todas las otras culturas consideran que la historia es cíclica, un círculo interminable que no lleva a ninguna parte. Pero debido a que los judíos creen en un Director Divino, la historia tiene una dirección y un propósito: enseñarnos a transformarnos a nosotros mismos y a nuestras sociedades en agentes de justicia, compasión y santidad para traer la Redención Final.

Los profetas hebreos profetizaron tanto catástrofes como redención. Ellos vieron que el Templo Sagrado sería destruido y que el pueblo judío sería exiliado de su tierra. Pero también describieron la alegría del retorno a la tierra de Israel, cuando "los ancianos y las ancianas volverán a sentarse en las calles de Jerusalem… y las plazas de la ciudad estarán llenas con niños y niñas jugando" (Zejariá 8:4-5). En la perspectiva judía del mundo, todas las catástrofes en definitiva llevan a la redención.

La catástrofe global de la pandemia de COVID-19 también forma parte del proceso de redención. Estamos sufriendo "los dolores de parto del Mashíaj". Como puede dar testimonio cualquier mujer que haya dado a luz, el trabajo de parto es doloroso, pero su propósito hace que sea un dolor soportable. Debemos saber que caminamos por un camino rocoso que nos lleva a un destino que vale la pena.

Mientras navegamos por este camino, es imperativo evitar 3 cosas: la negación, la depresión y la desconexión.

Negación: Muchas personas simplemente esperan retornar a la vida tal como era antes. Ellas creen que una vez que se encuentre una vacuna, de forma mágica todo volverá a ser como era antes de marzo del 2020. Esto es muy improbable. Las profundas perdidas en la economía global llevarán años para recuperarse. Muchas compañías que dejaron de funcionar, tales como restaurantes y campamentos de verano, no resucitarán. Industrias completas, como la industria de aerolíneas y del turismo, necesitarán años para recuperarse. Y la deuda que el gobierno adquirió por los desembolsos a los ciudadanos será una pesada cadena alrededor del cuello de la próxima generación.

Incluso en el campo médico, los expertos predicen que el coronavirus mutará y será necesario desarrollar múltiples vacunas. Comienzan a surgir informes de personas que volvieron a infectarse, personas que resultaron positivas, luego negativas y tenían anticuerpos, pero ahora vuelven a ser vulnerables al virus.

Negar la gravedad de nuestra situación lleva a que seamos menos capaces de enfrentar el desafío y de aprender sus lecciones. Cuando Dios eligió enviarnos una pandemia, eso fue para enseñarnos algo y para que seamos más humildes. Negar la gravedad de la plaga es perder la oportunidad de tener conciencia espiritual y crecer.

Depresión: La depresión es muy diferente del duelo. La depresión es un pozo en el cual caemos; el duelo es un túnel que atravesamos y emergemos del otro lado. La Torá específicamente prohíbe los ritos de duelo extremo de otras culturas, tales como arrancarse el cabello y cortarse la piel. Debemos guardar duelo por nuestras perdidas, pero no demasiado ni demasiado tiempo.

La depresión es un pozo en el cual caemos, el duelo es un túnel que atravesamos y emergemos del otro lado.

La depresión nos paraliza y nos ciega a la Divinidad que dirige al mundo con amor a cada momento. El monoteísmo asegura que Dios es la única fuerza operativa en el universo. Aunque los seres humanos tienen libre albedrío en la esfera moral, sólo Dios decide cuál será el resultado final. El antídoto para la depresión es la Emuná, o la fe en un Dios afectuoso. Una vez más, citando a Rav Arón Moss: "El pánico y el miedo también son contagiosos. Toma todas las precauciones que recomiendan las autoridades de salud. Lávate bien las manos. Y cada vez que lo hagas, recuerda en las manos de Quién estás".

Desconexión: Muchas personas comentaron que estar en el hogar con sus esposos y sus hijos fue una experiencia positiva de conexión. Para otros, el contacto constante fue irritante y divisivo. El abuso doméstico se incrementó. Nosotros elegimos si usamos los períodos de cuarentena para conectarnos o para desconectarnos, tanto con los miembros de nuestra familia como con Dios.

Una de las elecciones claves en la vida es elegir la conexión, y el COVID-19 nos dio una oportunidad única para hacerlo. Zoom nos ofrece una manera de conectarnos con parientes y amigos que no vimos en muchos años. Las iniciativas comunitarias para repartir comida a los ancianos fue uno de los mejores frutos de la pandemia. En Israel, surgió una organización voluntaria que compra alimentos y medicamentos, incluso saca la basura de las familias que deben estar en cuarentena. No dejes que el estrés del COVID-19 te desconecte.

Una vez que atravesamos el oscuro túnel del duelo por nuestras pérdidas y que evitamos estas tres cosas, emergeremos a la nueva realidad de un mundo más humilde y purificado, y tendremos energía para enfrentar los desafíos que nos llevarán a la llegada del Mashíaj.