“Rabino, si me hago un tatuaje, ¿me pueden enterrar en un cementerio judío?”.

Soy rabino y me formularon muchas veces esta pregunta. Muchos judíos piensan erróneamente que la persona que tiene un tatuaje no puede ser enterrada en un cementerio judío.

La respuesta es que a pesar de que la Torá nos prohíbe hacer tatuajes en nuestro cuerpo (ver Levítico 19:28), de todas formas quien tiene un tatuaje puede ser enterrado en un cementerio judío. La persona que transgrede la Torá, ya sea al comer alimentos no kósher, al trabajar en Shabat, robar o hacerse un tatuaje, de todas formas puede ser enterrada en un cementerio judío. Si los transgresores fueran excluidos de los cementerios judíos, nuestros cementerios estarían prácticamente vacíos.

Por supuesto, sigue habiendo muchas otras razones por las cuales un judío no debería hacerse un tatuaje.

Los tatuajes solían ser un tema tabú en muchos círculos occidentales y prácticamente no existían en los círculos judíos. En octubre de 1994, Jon Anderson escribió en el Chicago Tribune: “Tatuaje. Esta palabra tiene una enorme carga, está repleta de asociaciones con matones, pandilleros, motociclistas, guerreros tribales, artistas de ferias, marineros borrachos y mujerzuelas”.

Muchos judíos se hacen tatuajes porque piensan que es algo atractivo o simplemente porque les gusta como se ven. Algunos consideran los tatuajes como un medio creativo para expresar su individualidad. Incluso pueden hacerse tatuajes con símbolos o con mensajes judíos. En sus actos no hay ninguna mala intención.

Sin embargo, la Torá es eterna y ella incluye la prohibición contra los tatuajes. Teniendo esto en cuenta, he aquí algunas razones por las cuales no debemos hacernos un tatuaje.

1. Históricamente, los amos tatuaban a sus esclavos para probar su propiedad, tal como los cowboys marcaban a su ganado. Quizás esta fue una de las razones por las que los malvados nazis tatuaron a los seres humanos en Auschwitz. Además de ser una solución práctica que les permitía llevar un control sobre los prisioneros, también servía para deshumanizar a sus víctimas al despojarlas de su identidad singular. Quienes una vez fueron individuos libres ahora no eran nada más que un número, una mera propiedad del Reich. Como seres humanos deseamos la libertad y tenemos un sentido innato de nuestra singularidad. Tatuar los cuerpos no refleja este ideal.

2. Los judíos creen que el cuerpo humano es la creación de Dios y por lo tanto no es adecuado mutilar la obra de Dios.

3. Nos dieron nuestra vida con un propósito y debemos aprovechar nuestro tiempo para cumplir nuestra misión especial. Asimismo, nuestro cuerpo es un préstamo de nuestro Creador para cumplir con él nuestra tarea. Hacerse a uno mismo cortes, perforaciones (piercing) o tatuajes manifiesta una falta de respeto y de reverencia por el cuerpo y, en consecuencia, por el verdadero Amo y Diseñador del cuerpo. Tatuarse el cuerpo puede compararse con grabar un nombre sobre el cemento recién colocado en la casa de otra persona. Es desfigurar algo que no nos pertenece.

4. A menudo los tatuajes sólo tienen relevancia momentánea, pero la marca es permanente. No es probable que vayas a tatuar en tu piel tu número de teléfono, sin importar cuánto te cueste recordarlo. Sabes que es algo temporal y no algo con lo que quieres estar conectado permanentemente. Lo mismo ocurre con cualquier tatuaje. Grabarse una frase, una palabra o una imagen de forma indeleble en la piel produce una emoción efímera. Pero cuando cambia la actitud hacia esas cosas, la tinta permanece. Las personas son dinámicas, siempre crecen y cambian. De acuerdo con estudios recientes, un gran porcentaje de personas terminan lamentando sus tatuajes.

5. En la antigüedad, era habitual que los idólatras se tatuaran como una señal de compromiso con su deidad. Maimónides ofrece ésta como una de las razones posibles por las que la Torá prohíbe los tatuajes (Mishné Torá, Leyes de Idolatría 12:11).

Pero yo ya tengo un tatuaje

Si ya tienes un tatuaje, él puede convertirse en una insignia de honor cuando marca un camino de retorno.

Rav Hanoch Teller escribió sobre una historia de la cual fue testigo. Daniel era un hombre joven que hacía poco se había vuelto observante en Torá y en la víspera de Iom Kipur fue a sumergirse en una mikve en Jerusalem. Ese día la mikve estaba repleta de gente. Al caminar hacia la mikve, Daniel intentaba cubrir con sus manos los tatuajes que tenía en los brazos. Pero al entrar a la mikve tropezó y los tatuajes de sus bíceps quedaron a la vista de todo el mundo. En otra época, Daniel estaba orgulloso de sus tatuajes, pero esa tarde sintió humillación.

Entonces se le acercó un anciano y le dijo: “Mira, yo también tengo un tatuaje”. El anciano extendió su brazo y señaló la fila de números que tenía tatuada. “Parece que ambos recorrimos un largo camino”, le dijo. (De “El poder de la palabra”, Hanoch Teller).