Ha pasado más de una semana. Naftalí Frenkel, 16, Gilad Shaar, 16, y Eyal Yifrach, 19, aún están en cautiverio y lo único que podemos hacer es seguir rezando; rezando que aún estén vivos y rezar que pronto sean reunidos con sus familias, sus amigos y todos aquellos que los quieren.

Inicialmente pensé que mi dolor era más grande que el de la mayoría. Yo tengo un lazo familiar con Naftalí. Hace tan sólo unas cuantas semanas atrás celebré la tradicional parrillada de Iom Haatzmaut con él en su casa, junto con nuestra familia.

Nos hemos unido por la tristeza, por la esperanza y la profunda convicción de que todos los judíos somos responsables el uno por el otro.

En los días desde la noticia de su terrible secuestro descubrí que mi relación con Naftalí no es diferente a la relación que él comparte con el pueblo judío alrededor del mundo. Literalmente no es exagerado decir que todos somos una gran familia. El dolor de un padre al que le falta un hijo es un dolor compartido por cada judío. Totalmente secular o devotamente religioso, con la cabeza cubierta por una kipá tejida o negra, israelí o ciudadano de cualquier otro país en la diáspora, todos se han unido por esta tragedia; nos hemos unido por la tristeza, por la esperanza y la profunda convicción de que en realidad todos los judíos somos responsables el uno por el otro.

Viviendo solos

Pero junto con todo esto, hay otra verdad que se ha tornado evidente. Es una verdad dolorosa, y una que tiene una antigua fuente bíblica. Fue dicha por Bilam, un profeta no judío que vino a maldecir al pueblo judío pero terminó diciendo palabras de bendición, palabras que fueron puestas en su boca por Dios. “Vean”, dijo él, “es un pueblo que vivirá solo, y no será considerado entre las naciones” (Números 23:9). El destino judío está definido por la singularidad. Solos entre las naciones, los judíos siempre serán identificados como aquellos que bailan al son de un tambor diferente. Los judíos serán guiados por la misión moral y ética a la cual se suscribieron en Sinaí. Y precisamente por esto ellos serán odiados.

“La conciencia es un invento judío”, declaró Hitler. “Es una mancha, un defecto, así como la circuncisión. Estoy liberando al hombre de las restricciones de una inteligencia que ha tomado el poder, de la sucia y degradante auto-mortificación de una visión falsa llamada conciencia y moralidad”.

No es cierto que el antisemitismo sea irracional. No somos considerados entre las naciones precisamente porque “vivimos solos”. Nuestro compromiso con la conciencia, con la pequeña voz Divina dentro de nosotros que nos llama a vivir a la altura de haber sido creados a imagen de Dios, en un constante reproche a aquellos que prefieren un estilo de vida sin trabas, inmoral y depravado.

Así que incluso cuando el indisputable crimen de secuestrar niños inocentes es perpetuado en contra de los judíos, nos encontramos solos. Tan solos que la única respuesta de la cabeza de las Naciones Unidas es cuestionar el hecho de que se haya cometido un crimen.

Incluso el supuestamente civilizado mundo queda mudo cuando los judíos son víctimas. El Presidente de los Estados Unidos hasta ahora se ha mantenido en silencio. Su esposa Michelle —tan afligida por las niñas secuestradas en Nigeria que su hashtag rogando por el regreso de estas jovencitas fue un titular alrededor del mundo—, no parece haberse conmovido similarmente por los jóvenes israelíes secuestrados. Lo más sorprendente de todo es el comentario de la vocera del Departamento de Estado Jen Psaki: “Reconocemos que esta es una circunstancia increíblemente sensible y difícil, y sentimos que todos los lados debieran restringirse”, afirmó ella en una conferencia de prensa el miércoles pasado.

Así también, el New York Times, en su típico intento por aparentar ser la voz de un “acercamiento sano y balanceado” ante cualquier ataque no provocado a Israel o a sus ciudadanos, se apuró en condenar al gobierno israelí por su “reacción exagerada”. Después de todo, su equipo editorial simplemente no podía entender por qué tanto alboroto por el destino de tan sólo tres de sus niños.

Cada uno es un universo

Aprovechemos esta oportunidad para dejar una cosa muy en claro a los medios de comunicación y al mundo entero. Dios comenzó la creación con solamente un ser humano para enseñar una poderosa verdad: cada persona es un mundo potencial. Cada individuo es un universo.

Steven Spielberg lo entendió cuando cerró la Lista de Schindler, su obra maestra sobre el Holocausto, con la cita talmúdica “Él que salva una vida es como si salvara al mundo entero”. La ley judía codifica esto cuando ordena que nunca contemos a las personas utilizando números. Si necesitamos saber si hay un minián —un quórum de 10 para rezar—, nos volteamos hacia los presentes y contamos, “no uno, no dos, no tres…” porque ninguna persona debiera siquiera ser vista simplemente como un número. Ese fue ciertamente uno de los atroces crímenes de los Nazis, quienes comenzaron su degradación de las víctimas judías quitándoles sus identidades como individuos; a partir de ese momento en adelante, ellos eran identificados sólo a través de sus números tatuados.

El Holocausto solamente se hizo real para muchos cuando pasó de la tragedia de 6 millones a la profundamente conmovedora historia de Ana Frank, una precoz y profundamente talentosa jovencita cuyos sueños fueron convertidos en cenizas en las llamas de los crematorios.

De todos los comentarios crueles que han salido a la luz en respuesta a los trágicos eventos de la semana pasada, quizás este es el que captura mejor la animosidad que hay en el ambiente: “Solamente tres jóvenes”, afirmó el New York Times, y luego procedió una vez más a criticar la “reacción exagerada” de un pueblo judío que atesora a cada niño como un mundo, cada Adam como un potencial progenitor de innumerables generaciones por venir.

Sólo la extraordinaria respuesta de los judíos alrededor del mundo me ha dado un poco de esperanza. Y por esa razón tengo toda la confianza de que Dios responderá nuestros rezos para bien y para bendición.