“¿Puedes creer lo que está pasando en Israel?”, me preguntó mi madre cuando la llamé en medio de la festividad de Sucot. Sentí que mi corazón se detuvo, me faltó el aliento. Yo no estaba al tanto de las noticias en lo absoluto. Mi casa estaba llena de invitados; niños corriendo arriba y abajo por las escaleras y las bandejas de comida que entraban y salían de la sucá. Y la verdad es que no pude contenerme y decir: “No me digas. No quiero saber”, dado que una parte de mí realmente no quería escuchar lo que había sucedido.

Justo en ese momento mi hijo más pequeño corrió hacia la habitación y tiró de mi falda. “Ima, abrázame”. Se frotó los ojos mientras yo lo cogía en mis brazos y rápidamente la llamada de teléfono se dirigió hacia una dirección diferente. Pero después de decir el Shemá con él y acostarlo en su cama, me obligué a ir a mi oficina. Me senté en mi escritorio y mientras el animado bullicio de mis invitados hacía eco desde abajo, abrí las noticias. Los titulares parecían pesadillas, uno tras otro. Un padre y una madre fueron asesinados a tiros en su coche mientras sus hijos observaban con impotencia desde el asiento trasero. Un padre fue asesinado cuando se dirigía a rezar en el Muro occidental. Su mujer fue apuñalada. Su hija de dos años de edad recibió un disparo en la pierna. Y el hombre que salió de su departamento para ayudarlos fue asesinado también. Cerré los ojos y escuché que alguien gritaba mi nombre desde la planta baja.

“Ima, ¿queda un poco de café de avellanas?, Ima, ¿dónde estás?”. Miré los nombres de los heridos y oí mi nombre desde la cocina por segunda vez. Por tercera vez.

“¡Ima!”. Y entonces “¿Alguien sabe dónde fue Ima?”. Apagué mi computador. Cerré la puerta de mi oficina. ¿Qué puedo hacer yo de todos modos?, pensé. Puedo rezar, pero todo el mundo está rezando por las víctimas, por la situación, por los espantosos titulares que empeoran cada día. ¿Por qué mis rezos harían una diferencia? Bajé las escaleras y me sumergí en la tranquilizante compañía de los huéspedes buscando café con sabor a avellanas, de los niños comiendo brownies y jugando a las cartas dentro de la sucá, de una vida tan lejana al temor creciente que aumentaba poco a poco en cada esquina de Israel.

Pero mientras buscaba el café de avellanas en los gabinetes, me dolía el corazón. Por cada judío que había sido herido. Por las vidas inocentes que habían sido cortadas cruelmente. Por los niños que ahora eran huérfanos. Por los padres y hermanos y amigos desgarrados por el dolor. Por el temor que se abría camino a través de nuestra querida Tierra.

Durante los próximos días, había correos electrónicos y mensajes de texto en mi teléfono para decir salmos, o rezar por Israel. Y los titulares continuaban llegando: Más ataques punzantes. Tel Aviv; Afula; Jerusalem. Calles por las cuales yo había caminado tantas veces con mis hijos. Los lugares que yo siempre había considerado a salvo ahora estaban cubiertos de sangre. Pero no puedo hacer nada, pensé de nuevo para mí misma. Yo no vivo allí. Y hay tanto que hacer en este momento. No puedo pensar en eso ahora.

Pero todo lo que hice durante esos días, estuvo como cubierto por una sombra gris. Los paseos que hicimos. La comida que cociné. Y todo se sentía mucho más pesado, como atrapado debajo de un dolor turbio no expresado, porque yo ni siquiera estaba rezando. Yo estaba confiando en que alguien más lo hiciera por mí. Que alguien más pronunciara las palabras. Pidiera ayuda. Y luego, de repente, pensé en el ‘efecto espectador’, cuando todos asumen que alguien más saldrá al rescate. Alguien más llamará a los bomberos. Alguien más llamará a la policía. Alguien más ayudará al niño perdido. Y mientras yo recogía una de mis decoraciones de la sucá que se había caído, que por casualidad era un círculo de espejo con las palabras: “Salva a Tu nación y bendice a Tu heredad”, vi mi reflejo. Y sostuve ese espejo en mis manos, viendo mis lágrimas caer como gotas de lluvia desde arriba. Y entonces lo puse con cuidado sobre la mesa, cerré mis ojos y comencé a rezar.

Y entonces entendí que el efecto espectador no sólo ocurre en el mundo físico. Es algo que ocurre también en el plano espiritual. Nos olvidamos de que cada uno de nuestros rezos cuenta. Nos olvidamos de que cada una de nuestras lágrimas ayuda. Nos olvidamos de lo mucho que se necesita cada judío, todos y cada uno de nosotros. Hay algo que puedes hacer. Puedes rezar. Y no hay rezo que sea como tu rezo. No hay lágrimas como tus lágrimas. La nación judía desesperada te necesita ahora. Y nadie más puede tomar tu lugar.

No importa dónde vivas. Cada judío debe rezar por, defender y apoyar a Israel. Donar dinero para ayudar a las víctimas. Hablar en contra de los reportes sesgados que retratan a Israel como un agresor, mientras que nuestro pueblo es atacado en cada esquina. Los titulares siguen llegando. No te quedes mirando mientras otro judío sufre. Habla ahora. Actúa ahora. Reza ahora. No seas un ‘espectador espiritual’.

Israel necesita que cada judío ayude, rece y se preocupe. “Salva a Tu nación y bendice a Tu heredad”. Toma el espejo y ve a la persona sin la cual la nación judía no puede existir. Esa persona eres tú.