El miércoles pasado enfrenté la posibilidad real de ser la única persona presente en el funeral de un dulce y anciano sobreviviente del holocausto.

Después de haber estado hospitalizado hace algunos años atrás, decidí unirme a la organización Bikur Jolim, un grupo de casi 500 voluntarios que visitan y brindan servicios a los enfermos de la comunidad judía de Toronto. Yo formo parte del equipo que visita a pacientes en el enorme hospital Sunnybrook Health Sciences. Mi rol es visitarlos antes de cada Shabat y de cada festividad judía.

Hace siete meses comencé a visitar a Eddie “Efraim” Ford, un sobreviviente de 85 años, originario de Budapest. Eddie tenía seis años cuando comenzó la guerra y logró sobrevivir escondido con una familia cristiana.

La guerra lo afectó de muchas maneras, pero eventualmente Eddie llegó a Canadá, donde comenzó una nueva vida. Se casó y se divorció sin tener nunca hijos. Fuera de un sobrino en Detroit, no sabíamos que tuviera ningún otro pariente vivo.

Cuando lo conocí, Eddie luchaba contra el cáncer que se había expandido a tres partes de su menudo y pequeño cuerpo. Eddie era toda una personalidad. Él escribió un libro de poesías y recordaba con añoranza la época en que había sido un joven miembro del coro en la gran sinagoga de la calle Dohany, en Budapest. Hoy sólo podía recordar las melodías del Shemá cuando se sacaba la Torá y algunas líneas de la plegaria Aleinu.

Cada viernes en el hospital, como parte de su tardío despertar a la vida judía, Eddie se ponía su enorme kipá roja y cantábamos juntos Shalom Alejem, Adón Olam y por supuesto Shemá Israel y Aleinu.

Él se alegraba con las velas de Shabat que le llevábamos cada semana para que las encendiera, se colocaba tefilín y decía bendiciones por las galletas y las bebidas que le convidábamos. Él iba “bajando las revoluciones” poco a poco debido a su avanzada edad, pero nosotros mantuvimos esta práctica, junto con visitas diarias de nuestro equipo hasta hace dos semanas atrás. Cuando lo visité el último viernes, apenas estaba consciente, pero de todas maneras yo canté para él sus canciones favoritas antes de Shabat.

El lunes siguiente, recibimos una llamada informando que Eddie había fallecido. No había nadie que pudiera hacerse cargo de los arreglos para el funeral. Para que recibiera un entierro judío adecuado, llevamos su cuerpo a la casa funeraria tradicional, sin fines de lucro. Allí ofrecieron proveer sus servicios y una tumba de forma gratuita, dado que Eddie partió del mundo sin dinero ni bienes. Llevó un poco de tiempo dejar en orden todos los aspectos legales y el entierro se fijó para el miércoles al mediodía.

¿Pero quién asistiría al funeral de alguien que no conocían, a mitad del día, al norte de Toronto y con una temperatura de -27°C?

Temí que sólo estaríamos presentes Eddie, yo y nuestro Padre Celestial.

A la noche, muy tarde, escribí un post en Facebook. Tres personas me respondieron que me acompañarían. Ahora éramos 4 participantes, yo quería por lo menos tener un minián de 10 hombres.

Cuando llegué al cementerio justo antes del mediodía, no pude acercarme debido a la larga fila de automóviles. Supuse que debía llevarse a cabo también otro funeral al mismo tiempo y me pregunté cómo lograría encontrar el lugar designado para Eddie.

Detuve a algunas personas que iban caminando y todos me dijeron que iban al funeral del Sr. Eddie Ford. Tuve que estacionar bastante lejos y caminé bajo el viento congelado para unirme a casi 200 personas en un enorme y cálido círculo de amor con el que le dimos a Eddie la tradicional, dulce, adecuada y afectuosa despedida hacia el Mundo Venidero. Abrimos un camino para consolar a su hermano hace tiempo perdido, que llegó desde un pequeño pueblo de Ontario, a quien le avisó un pariente que se enteró del fallecimiento de Eddie por Internet y que le informó para que pudiera asistir.

Los judíos de Toronto reunidos en el cementerio

No puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas cada vez que pienso en lo maravilloso que es ser parte del pueblo judío, cuyos miembros a pesar de enterarse con poca anticipación, dejaron todo de lado y viajaron una gran distancia para estar en un día congelado y ventoso en un campo abierto y poder escoltar en su último camino a un dulce judío de Budapest que la mayoría nunca conoció.

Más que un pueblo somos, ciertamente, una familia.

Foto por: Rafi Yablonsky