Después de viajar algunas horas y de atravesar muchos estados, llegué con mi esposo a una pequeña casa en la Ciudad de Jersey. El cartel en la puerta abierta nos dirigió hacia el piso superior. Las largas escaleras llevaban al hogar de la familia Ferencz, quienes guardan duelo por su amada Mindy. Mindy Ferencz fue una de las víctimas del ataque antisemita que tuvo lugar la semana pasada en su supermercado.

Entramos con la intención de hacer una breve visita de shivá. Íbamos a sentarnos al fondo de la habitación, presentar nuestros respetos y partir en silencio.

Al entrar a la habitación encontramos que un grupo de mujeres estaba reunido en un costado y los hombres estaban reunidos del otro lado. Me separé de mi esposo y cada uno fue a su propio grupo. Yo no soy jasídica, así que estaba vestida muy diferente que todos los demás y obviamente sobresalía. Una amigable mujer jasídica me preguntó quién era yo y le dije: “Soy miembro de klal Israel (del pueblo judío)”. Soy miembro de la familia judía y estoy aquí porque la tragedia de la familia Ferencz nos llega a todos. Todos somos la familia Ferencz; podemos vestirnos diferente o relacionarnos de otra manera con nuestro judaísmo, pero todos somos un solo pueblo, una familia.

Me acompañaron para que me acercara y vi a las ocho hermanas sentadas en sillas bajas. Se veían exhaustas y acongojadas. Me senté atrás pensando que partiría en unos pocos minutos. Quería conectarme con ese duelo sobrecogedor, expresarles que compartíamos su dolor y demostrarles a través de mi presencia que toda nuestra nación está de duelo con ellas. Sentí que era importante ser parte de ese duelo colectivo y visceral de nuestro pueblo y que sólo podía lograrlo si me sentaba allí, en el epicentro del mismo.

Cuando nuestros corazones se quiebran podemos conectarnos de formas más profundas con los demás.

A pesar de estar en un estado de duelo y shock, varias de las hermanas comenzaron a preguntarme sobre mí. “¿De dónde vienes?”. Les dije que vivía en Rhode Island. No podían creerlo y estaban muy agradecidas de que hubiera viajado tanto con mi esposo para ir a compartir su dolor. Nuestra presencia aparentemente les permitía sentir cómo su tragedia afectaba a otras personas. Me contaron que recibieron visitas de gente que llegó de todas partes. Su calidez y su interés por mí en medio de su dolor fue algo inesperado y sumamente inspirador. Me sentí envuelta por su amor. Comprendí que todos deseamos sentirnos unidos, todos necesitamos amor y queremos que nuestro dolor sea reconocido y compartido. Cuando nuestros corazones se quiebran podemos conectarnos de formas más profundas con los demás.

Una de las hermanas me contó que al día siguiente se casaba su hija y que su rabino le había dicho que podía participar por completo en la boda, incluso en medio del período de shivá. Me dijo que vestiría su ropa rasgada (una señal de duelo) debajo del vestido de fiesta. Después de la celebración regresaría de inmediato a continuar la shivá.

Hablamos de la fuerza extraordinaria que necesitaría para experimentar un dolor tan desgarrador y al mismo tiempo celebrar con felicidad la boda de su hija. “Es difícil, pero es lo que tengo que hacer”, dijo como algo obvio. “Dios tiene un plan, Dios está a cargo y todo lo que Dios hace es bueno”.

Otra hermana comentó sobre el concepto místico de que el alma de Mindy "visitaría" al día siguiente la boda de su sobrina. Otra hermana agregó que el alma de Mindy está muy alto en el cielo porque la mataron por ser judía. Nos maravillamos ante la tenacidad de la condición humana y la resiliencia del pueblo judío.

Continuamos hablando sobre lo bondadosa que era su hermana, “Tal como nuestra madre”. Compartieron conmigo cuánto le encantaba cocinar a Mindy, cómo proveía con generosidad a muchas personas y cuánto la amaba todo el mundo.

Me puse de pie, dije la frase tradicional que se dice para consolar a los deudos y me di vuelta para partir. Mientras salía me dieron dos bandejas con comida para que mi esposo y yo tuviéramos comida en nuestro largo viaje de regreso a casa. No podía negarme a recibirlo. Así como yo llegué a dar consuelo, ellas también me consolaron y se preocuparon por mí.

Un ataque a cualquiera de nosotros es un ataque a todos.

Tras esa breve visita, ya no éramos extraños. Yo llegué con el deseo de conectarme con la familia Ferencz y su dolor. Mindy Ferencz era una madre, una hermana, una hija, una parte de una enorme familia y un miembro querido del pueblo judío. Un ataque a cualquiera de nosotros es un ataque a todos.

Entrar a esa casa de shivá fue un poco intimidante. Aliento a todos los que alguna vez duden si ir o no a hacer una visita de shivá, a que lo hagan. Expandimos nuestro corazón cuando nos abrimos a sentarnos con otros que sufren dolor. Mi objetivo era ayudarlos un poco a sobrellevar su carga, conectarme con su dolor y con el dolor del pueblo judío. Eso me permitió experimentar el amor y la bondad que hay entre nuestro pueblo. Y también me dio la oportunidad de conectarme con los miembros de esta maravillosa, agradecida y afectuosa familia.