Esto no tiene la intención de ser un discurso fúnebre. La muerte de un gigante, ya sea de un monarca o de un gran líder y erudito judío, requiere un recuento completo de todo lo que definía su grandeza.

Eso sin duda saldrá a la luz en las próximas semanas, a medida que logremos digerir el dolor por el fallecimiento del Rav Dr. Norman Lamm, quien murió esta semana a los 92 años. Habrá muchas otras personas que proveerán detalles de una vida repleta con tantos logros que es casi imposible creer que representen el legado de un solo ser humano.

Rabino de una congregación, erudito del Talmud, teólogo respetado universalmente, impresionante orador, brillante autor de grandes obras judaicas que siguen influyendo a cientos de miles y revitalizan al judaísmo ortodoxo, coronado como presidente y luego rector de Yeshiva University, estas son sólo las líneas generales de una carrera que permitió no sólo que el pueblo judío sobreviviera después del Holocausto, sino que entrara a una época dorada de renovación espiritual, creatividad y respeto por sí mismo.

Otros escribirán los elogios que requerirán varios volúmenes. Esto simplemente es el testimonio dolorido de un admirador y, si me atrevo a reclamar el más valioso de los adjetivos, de un amigo de toda la vida.

Rav Lamm era mayor que yo. Cuando yo todavía era un estudiante en Yeshiva University preparándome para la ordenación rabínica en la clase de Rav Soloveitchik, Rav Lamm ya se había forjado un nombre como líder espiritual en la sinagoga ortodoxa en Springfield, Massachusetts, seguido por su elección como director del centro judío en la ciudad de Nueva York, una de las sinagogas ortodoxas más prestigiosas del país. Sin embargo, mientras yo y mis compañeros absorbíamos ávidamente cada palabra del Rav, noté que casi todos los días Rav Lamm estaba presente, escuchando voluntariamente las palabras de Torá de un gigante de nuestra generación a pesar de todas sus obligaciones.

Sólo un erudito que siempre siente la necesidad de seguir creciendo es un verdadero talmid jajam, la expresión hebrea que describe a una persona verdaderamente sabia y que literalmente significa “un estudiante de la sabiduría”.

Pero pasaron algunos años hasta que descubrí un aspecto diferente de la grandeza de Rav Lamm, algo que en mi opinión es todavía más importante.

Durante los meses de verano tuve el privilegio de servir como Rabino y director educativo del Campamento Morashá. Rav Lamm había ocupado previamente ese puesto y continuaba pasando buena parte del tiempo como erudito invitado. Compartimos un búngalo, una habitación a cada lado de una cocina compartida. Me llevó un tiempo descubrir por qué a pesar de que Rav Lamm era una de esas personas adictas al café que casi no pueden funcionar sin su “taza diaria”, él dejaba de lado esa necesidad básica los días en que debía levantarse especialmente temprano para viajar a la ciudad. Cuando me di cuenta y le pregunté al respecto, me respondió con algo que para él era obvio: por supuesto que si su ritual del café matutino podía llegar a despertarme él no podía pensar en molestarme por su necesidad personal.

Esta es la clase de mensch que es difícil encontrar, sobre todo en personalidades destacadas que pueden suponer que tienen cierto privilegio personal.

Pero el incidente que más viene a mi mente al considerar sus elevadas cualidades, es algo que ocurrió en un momento particular de la vida de Rav Lamm. Fue poco después de que le informaran por teléfono, cuando estaba en el campamento de Morashá, que lo habían elegido como sucesor de Rav Belkin como presidente de Yeshiva University. Él tenía que ir a Nueva York para dar término a su aceptación del cargo y me contó que su plan era viajar primero al cementerio donde estaba enterrado su predecesor, para rezar y expresar su esperanza de ser digno de seguir los pasos de Rav Belkin.

Pueden imaginar la emoción de todos cuando los participantes del campamento y los amigos comprendieron el significado de ese momento de transición del liderazgo de Yeshiva University. Todos estábamos emocionados y queríamos ofrecerle a Rav Lamm nuestras felicitaciones y mazal tov antes de que partiera. Mi hijo Ari, que tenía en ese momento cinco años, se abrió paso en medio de la multitud para poder saludarlo y le dijo: “Cuando esté en Nueva York, ¿puede traerme un juguete?”.

Rav Lamm fue al cementerio. Se reunió con la Junta Directiva de Yeshiva University. Concluyó los planes para su asunción de la presidencia. Y sí, cuando regresó al campo no se olvidó de traer un bello camión de juguete para Ari.

No se sorprendan de que mi recuerdo de un inolvidable líder y erudito judío venga acompañado de lo que parece ser un regalo insignificante para un pequeño niño judío y una taza de café que no se tomaba.

Rav Lamm, al centro, el líder de Yeshiva University, con el ministro del exterior de Israel, Itzjak Shamir, a la izquierda, y el secretario de estado de los Estados Unidos, George Shultz en 1984.

Esto está en línea con una explicación rabínica respecto a la razón por la que se lee el Libro de Rut en Shavuot, la festividad que conmemora la entrega de la Torá y el Iom Tov que quedará para siempre asociado con la partida de Rav Lamm de este mundo.

Los Sabios preguntan por qué este rollo recibió el honor de que lo lean en cada congregación del mundo en Shavuot, y responden que es para enseñarnos cuán grandiosa es la mitzvá de jésed, los actos de bondad, la mitzvá que representa la esencia misma y el mensaje de toda la Torá (Midrash Rut Rabá 2:15)

Rav Lamm será recordado por muchas cosas. Él vivió la Torá, enseñó Torá, pero sobre todo (en mi mente) fue la representación humana de Dios como el maestro de jésed. Que su memoria nos sirva a todos de inspiración.