Cuando en 1940 los nazis despojaron de su casa en Viena a Elsa Koditschek y la entregaron a un alto oficial de la SS encargado de atrapar a los judíos, Elsa se escondió en el lugar menos imaginable: en su propia casa. Ella pasó gran parte de la guerra bajo las narices de la misma familia que le había robado su casa.

La destacada historia de Elsa salió a la luz cuando en un acto de restitución, la casa de subastas Sotheby’s remató en el 2018 un valioso cuadro que pertenecía originalmente a Elsa en nada más y nada menos que 24.5 millones de dólares. La suma fue compartida por los entonces dueños del cuadro junto con los herederos de Elsa. Este remate hizo que se difundiera por el mundo su increíble historia.

Dämmernde Stadt, del pintor Egon Schiele, 1913

Elsa Koditschek estaba casada con un próspero banquero. En 1911 la pareja judía construyó una casa de tres pisos en Hietzing, un suburbio de Viena. El esposo de Elsa falleció muy joven y ella siguió viviendo en la casa, donde educó sola a sus hijos. Elsa permaneció en la casa y alquiló el segundo piso. Su inquilina, Sylvia Kosminski, se convirtió en una buena amiga. Elsa y sus hijos la llamaban “Tía Sylvia”. Cuando el antisemitismo comenzó a intensificarse, Elsa tuvo la precaución de enviar a sus hijos a sitios seguros: su hijo se fue a los Estados Unidos y su hija buscó refugio en Suiza.

Elsa no era una gran coleccionista de obras de arte, pero había adquirido un cuadro relativamente importante, titulado Dämmernde Stadt, del pintor expresionista vienés Egon Schiele. Elsa no se imaginó que un día ese cuadro sería el que revelaría su historia al mundo y ayudaría a sus descendientes.

La casa de Elsa Koditschek en Viena

En 1938, Alemania anexó a Austria y entraron en efecto duros decretos antijudíos. Como muchos de sus amigos y parientes perdieron sus trabajos y no podían pagar alquileres, Elsa los recibió en su casa, asignando diferentes habitaciones para sus nuevos huéspedes. Elsa se mudó a la sala de música, dormía en un sofá y colgó el Dämmernde Stadt en su comedor. En 1939, le escribió a su hijo que ahora ella dependía económicamente de la Tía Sylvia, quien la ayudaba a ella y a sus huéspedes, porque en ese momento los judíos tenían prohibido desempeñarse prácticamente en todos los empleos.

En 1940 el partido nazi le arrebató a Elsa su casa y se la asignó a Herbert Gerbing, un oficial local de la SS. Gerbing fue el encargado de apresar a los judíos de Grecia y de Francia y era famoso por su inmensa crueldad. Irónicamente, él le permitió a Elsa permanecer durante varios meses en la casa alquilando una habitación del piso superior. Elsa les escribió a sus hijos que cada vez que los Gerbing tenían una pregunta sobre su nueva casa, exigían que Elsa fuera y les explicara cómo funcionaban las cosas.

Sus relaciones eran tan cordiales, que cuando en 1940 Elsa recibió una orden para reportarse en el Gueto de Lodz, ella llevó la carta a Gerbing y le preguntó si podía hacer algo para cancelar esa orden. El Gueto de Lodz era un infierno superpoblado en el que alrededor de 70.000 judíos estaban detenidos bajo condiciones inhumanas, sufrían hambre, eran golpeados y eventualmente deportados a Auschwitz y a otros campos de exterminio. Gerbing sabía todo lo que ocurría allí, pero le mintió a Elsa y le dijo que no podía cambiar la orden pero que sin duda su vida en Lodz sería placentera. También le aconsejó no llevar demasiado equipaje, porque sabía que ella se encaminaba a una muerte segura y que todo lo que dejara pasaría a ser de su propiedad.

Elsa Koditschek

Sin embargo, las fábulas de Gerbing sobre la vida en Polonia no tranquilizaron a Elsa. Con ayuda de Sylvia, planeó una estrategia: Elsa se escondería con una pareja cristiana que conocía. Si alguien llegaba a informar a los nazis sobre su paradero, Elsa se escaparía. Una red de amigos informaría a Sylvia y ella y Elsa se encontrarían en un lugar previamente acordado para planificar el siguiente paso.

Elsa pasó un año y medio oculta con una pareja no judía de apellido Heinz. Cuando los Heinz no estaban, Elsa apagaba las luces. Durante veinte meses permaneció alejada de las ventanas y sólo salió de su departamento un par de veces, siempre de noche. Ella pasaba horas ocultándose en una grieta entre un armario y un contenedor. Una noche en 1942, Elsa oyó que el señor Heinz volvió a la casa temprano, acompañado por dos guardias nazis que comenzaron a revisar la casa. Elsa se escapó del departamento vestida sólo con una bata desteñida y pantuflas y se escondió durante horas fuera de la casa. Eventualmente cruzó Viena para llegar al lugar de encuentro previamente acordado con Sylvia, con la esperanza de que ella se hubiera enterado de lo ocurrido.

Pero Sylvia no sabía nada. Ella estaba en una fiesta y no tenía la menor idea de que Elsa la esperaba en el lugar secreto. Cuando se enteró de lo ocurrido (el señor Heinz fue arrestado por vender joyas en el mercado negro y los informantes le dijeron a los oficiales nazis que la pareja ocultaba a una mujer judía), Sylvia supuso que Elsa había muerto. No podía imaginar que Elsa hubiera podido encontrar una forma de eludir la captura.

Cuando pasaban las horas y Sylvia no aparecía, Elsa buscó a otra pareja no judía que conocía y les pidió que le informaran a Sylvia que estaba viva. Sylvia aceptó encontrarse con Elsa esa misma noche más tarde, a varios kilómetros de distancia. Elsa fue hacia el punto de encuentro caminando, aterrorizada de que en cualquier momento la vieran y la arrestaran.

Finalmente se encontró con Sylvia y ambas regresaron al único lugar en el que pudieron pensar: el departamento de Sylvia ubicado en el segundo piso de la antigua casa de Elsa, que ahora pertenecía a la familia Gerbing.

Sylvia vendió los últimos bienes de Elsa, incluyendo el cuadro Dammernde Stadt.

Sylvia instaló a Elsa en su propio departamento y Elsa pasó el resto de la guerra lavando los platos de Sylvia y remendando su ropa. De las cartas de Elsa no queda claro qué clase de relación tenía con Sylvia, pero queda claro que ahora Sylvia tenía el mando sobre la ex dueña de casa. Sylvia vendió los últimos bienes de Elsa, incluyendo el cuadro Dämmernde Stadt y se quedó con las ganancias de las ventas.

Desde la ventana de arriba, a menudo Elsa observaba a la familia Gerbing relajarse en el jardín. Con frecuencia observó que llegaban a la casa arcas con tesoros que habían robado a los judíos y que Gerbing traía desde el exterior. También observó que llegaban a la casa una cantidad de esclavos judíos para realizar trabajos de manutención, efectuar reparaciones, llevar envíos y trabajar en el jardín.

A finales de 1944 las fuerzas Aliadas se acercaban a Viena y bombardeaban la ciudad. A menudo cortaban el suministro de electricidad y de gas de la casa. Frau Gerbing recibió la noticia de que su esposo había sido asesinado en Praga. El 9 de abril de 1944, el domingo de Pascua, Frau Gerbing y sus hijos huyeron de la casa, pero Elsa estaba demasiado aterrorizada como para salir de su escondite.

Las fuerzas soviéticas que liberaron el área entraron a la casa y robaron todo lo que encontraron que tenía algo de valor, incluso el reloj pulsera de Elsa y el suministro de velas. Elsa permaneció en la casa destruida junto con Sylvia antes de viajar a Suiza, donde vivía su hija. Elsa falleció en 1961, sus cartas permanecieron olvidadas y sin leer incluso dentro de su propia familia.

Todo eso cambió hace poco más de un año, cuando los dueños actuales de Dämmernde Stadt se pusieron en contacto con Sotheby’s para vender el cuadro. Sotheby’s no divulgó ningún detalle sobre los dueños, fuera del hecho de que se trataba de coleccionistas europeos privados. Conscientes del complicado estatus del cuadro, Sotherby’s trabajó con los descendientes de Elsa Koditschek en busca de la procedencia de la obra. Tanto la familia de Elsa como los últimos dueños del cuadro se beneficiaron de su venta.

Las cartas de Elsa estuvieron ocultas durante años en el sótano de uno de sus parientes y ahora fueron leídas y analizadas por primera vez en muchas décadas.

Para los nietos y bisnietos de Elsa, descubrir sus experiencias durante la guerra fue un verdadero tesoro. Sus cartas estuvieron ocultas durante años en el sótano de un pariente, y ahora fueron leídas y analizadas por primera vez en muchas décadas.

Lucian Simmons, directora de restituciones de Sotheby’s, explicó el valor de la historia de Elsa: “Es inusual tener a una víctima del robo y la expropiación nazi que haya escrito todo. Por lo general uno trata de unir los puntos, pero los puntos son muy lejanos”.

Ted Koditschek, nieto de Elsa y profesor de historia de la universidad de Missouri ya jubilado, explicó que para él y para sus parientes las cartas de su abuela son algo más personal. Para su familia, las cartas de Elsa son “como una Rosetta Stone”, que finalmente los ayuda a entender a su abuela y a descubrir la extraordinaria historia de su supervivencia bajo la nariz del cruel oficial de la SS que pensó que la había despojado de su hogar.