Hace mucho tiempo atrás, en la escuela judía a la que asistí – en donde algunas de nosotras sólo comíamos alimentos con los hejsherim (certificados de cashrut) más estrictos y otras no cuidaban cashrut para nada – todas éramos parte de una (a veces) feliz clase.

Baltimore era pequeña entonces, y contaba solamente con una escuela judía de niñas. La escuela no sólo acomodaba a todas las niñas judías de la ciudad, sino que también era la conexión de ellas con el judaísmo. En la clase, en donde todas estudiábamos juntas para los exámenes de Tanaj y hacíamos planes juntas para escabullirnos de los exámenes de biología, no había concepto de "el otro grupo".

No éramos nosotras, las "religiosas", en contra de esas raras judías no observantes. Éramos simplemente todas nosotras juntas, vagabundeando por los terrenos de la enorme y vieja mansión de la Avenida Greenspring, y todas nosotras juntas, recibiendo sermones antes de ir a un paseo, acerca de cómo nosotras éramos el futuro del pueblo judío y de cómo debíamos actuar acordemente.

Este respeto por la diferencia no estaba reservado solamente para los estudiantes. Cualquiera que estuvo allí durante mis años en la escuela recordará el día en que nuestra nueva maestra de ciencias llegó por el pasillo. La Sra. B. era de India; ella vestía un sari y tenia un punto dorado en el medio de su frente.

Nosotras niñas de 15 años encontramos eso salvajemente gracioso, hasta que el Rav Steinberg de bendita memoria, nos llamó para una reunión. "Después de todo lo que nosotros los judíos hemos sufrido por nuestra vestimenta diferente durante las generaciones, ¿cómo podemos juzgar a otras personas por lo externo o ridiculizar a personas por sus convicciones?". Su dolor y su decepción lograron perforar las certezas adolescentes de incluso las más insensibles entre nosotras.

Pero nuestro mundo judío ha cambiado desde aquellos días, tan idílicos en mi memoria. A menudo nos cruzamos como extrañas – si no en la noche entonces en el abrasador sol mediterráneo – sin poder realmente entendernos debido a las capas de retorcidas y distorsionadas imágenes de los medios que nublan nuestras mentes.

Aunque Israel es un país pequeño, y el pueblo judío es una nación pequeña, las oportunidades de conectarse y escucharse se presentan rara vez. El Rav Shlomo Wolbe, en su clásico, Alei Shur, señala que el hebreo es el único idioma en que la palabra "vida" está en plural.

La vida se trata de ir más allá de las angostas fronteras de nosotros mismos y relacionarnos con el otro.

Esto se debe a que, desde una perspectiva judía, la definición de vida es conexión. La famosa frase talmúdica, "Dame amistad o dame muerte" no es solamente un cálido y borroso sentimiento de Hallmark. Es una descripción de nuestra realidad – la vida no es sobre ser una roca o una isla. Se trata de ir más allá de las angostas fronteras de nosotros mismos y relacionarnos con el otro, en particular con el otro que ve el mundo de forma tan diferente a mí, que claramente "no es yo". Es el otro el que me impulsará fuera del angosto mundo de mi zona de comodidad hacia una vida de conexión.

Y si la vida se trata de conexión, son nuestros oídos abiertos los que nos ponen en constante estado de receptividad hacia el otro. El Maharal, en Netiv Hatzniut, dice que es por esto que el oído no tiene una cubierta externa como el ojo. Tenemos el lóbulo inferior, y nuestros dedos para tapar nuestras orejas, pero en nuestro estado natural, escuchamos todo lo que está en nuestro camino. Somos los receptores no consultados de todos los sonidos a menos que decidamos activamente que sea de otra forma.

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Esta receptividad natural, dice él, indica el máximo propósito de la vida – conexión y relación. Cuando te veo, tú aún puedes permanecer como un objeto en mi periferia. Pero cuando te escucho, te absorbo y no puedo permanecer indiferente a nuestro diálogo.

Quizás es por esto que la consecuencia halájica de ensordecer a otra persona es más dura que, por ejemplo, cegarla. Cuando se le quita la audición a una persona, ella pierde la habilidad de "recibir" del otro. En cierto sentido ella está fuera del concepto de jaim, la vida interactiva.

(Es interesante notar, que si el lenguaje expresa la visión de mundo de una nación, mientras que en español las personas dicen, "Ya veo" para indicar entendimiento, en hebreo y en idish, las personas dicen ani shomea o ich her – escucho lo que dices).

La misma esencia del otro nos llama a relacionarnos con él. Su panim, su rostro, es una constante pniá, un volverse hacia. Su ser es una solicitud, un volverse hacia mí, pidiéndome concederle existencia como una entidad separada en mi mundo.

Y sin embargo es tan difícil hacerlo. A veces es porque estamos tan seguros de nosotros mismos, tan convencidos de la veracidad de nuestra perspectiva que simplemente no podemos escuchar el punto de vista de la otra persona. Y a veces, es porque estamos tan inseguros de nosotros mismos, y aferrándonos con tanta desesperación a lo que tanto queremos que sea verdad, que literalmente tenemos miedo de escuchar cualquier otra cosa.

Sin embargo no podemos acercarnos al otro antes de reconocer que un "otro" existe – y un "otro" por definición, tiene una perspectiva diferente. Escuchar al otro no significa que siempre estaremos de acuerdo. Solamente significa que podemos comenzar a comprender la integridad interna de la visión de mundo de otra persona, cómo su vida y su perspectiva están basadas en su propio juego de valores y percepciones. Significa que no descartamos ni ridiculizamos inmediatamente sino que intentamos discernir los fragmentos de verdad y consistencia que invariablemente existen, por mas enterrados que estén bajo un envoltorio que es desconocido para nosotros.

Significa que al darle expresión concreta a la unidad que está bajo la superficie, nos convertimos en una nación sobre la cual las palabras cósmicas "Escucha Oh Israel" realmente aplican.

Este artículo apareció originalmente en el Jerusalem Post.