Eran las primeras horas de la mañana del 25 de marzo de 1944. Esther Cohen (también conocida en griego como Stella), de diecisiete años, estaba en su hogar con sus padres y sus seis hermanos, cuando todo el pueblo de Ionannina, cerca de la frontera noroeste de Grecia, supo que los judíos eran arrestados por las autoridades nazis, con ayuda de los oficiales de policía griegos.

Durante años, los judíos de Ioannina siguieron con interés la guerra, pero la mayor parte del tiempo estuvieron relativamente a salvo. La región estaba bajo dominio de la Italia fascista, no de Alemania, y las autoridades italianas no perseguían a los judíos de la región. Pero cuando Italia se rindió ante los aliados en setiembre de 1943, las tropas alemanas se trasladaron a Grecia para apoderarse del país. Estos alemanes nazis eran muy diferentes de sus antiguos aliados italianos. De repente, los judíos griegos se encontraron en el mismo peligro que sus hermanos en el resto de la Europa ocupada, perseguidos y asesinados simplemente por el "crimen" de ser judíos.

Los líderes judíos de Ioannina hicieron poco, con la esperanza de que los nuevos "patrones" alemanes de alguna manera les perdonarían la vida.

Al comienzo de la ocupación alemana, los líderes judíos de Ioannina hicieron poco, con la esperanza de que los nuevos "patrones" alemanes de alguna manera les perdonarían la vida. En un primer momento pareció que podía ser cierto: los alemanes le aseguraron a la comunidad judía de Ioannina que estarían a salvo. Los nazis explicaron que los judíos de la próspera ciudad griega de Tesalónica fueron arrestados y deportados a campos de concentración, pero eso no les pasaría a los judíos de Ioannina que estaban mucho más integrados y abiertamente eran menos judíos.

Los judíos vivieron en Ioannina desde la destrucción del Templo en Jerusalem en el año 70 EC. La comunidad era romaniota, un antiguo grupo judío con sus propias costumbres e idioma. Los nazis explicaron que los judíos de Tesalónica, cuyo origen se remontaba a la Inquisición española en 1942, cuando muchos judíos sefaradíes (españoles) huyeron a Grecia, hablaban el ladino judío. Eso los volvía diferentes y ofensivos. Pero los nazis les aseguraron que los judíos de Ioannina hablaban el idioma judío romaniota (también llamado ievanik), y eso los hacía más aceptables. Aunque claramente esto no tenía ningún sentido, al parecer los líderes judíos del pueblo estuvieron dispuestos a aceptar esos argumentos.

En marzo de 1944, los nazis arrestaron al líder del comité de la comunidad judía de Ioannina, el Dr. Moshé Koffinas. Cuando estaba bajo custodia, él escuchó los planes para deportar a los judíos de Ioannina y logró escribir una carta a otro miembro del comité, Sabetai Kabelis, advirtiéndole sobre los planes. Por razones que se perdieron en la historia, Kabelis no hizo nada respecto a la advertencia del Dr. Koffinas y el 25 de marzo los 1.800 judíos de Ioannina fueron detenidos y enviados al campo de exterminio Auschwitz-Birkenau. Algunos judíos lograron escapar a las montañas, donde se unieron a las unidades de combate partisanas, pero la mayoría de los judíos del pueblo fueron masacrados.

"Todo lo que se oía era: '¡Oh, Dios mío!', gritos, llantos…"contó Esther Cohen sobre esa espantosa mañana. "Los ancianos con el cabello cano corrían en pantuflas, los bebés lloraban, gritaban, y mi madre preguntaba: ''Cómo vamos a dejar nuestra casa?' '¡Regresaremos mamá, no te preocupes!'"

A punta de pistola, los judíos fueron obligados a reunirse en la plaza Mavili. "Cuando llegamos a Mavili, sin dejar de apuntarnos con sus armas, los alemanes nos hicieron subir a camiones para comenzar el viaje", recordó Esther. Años más tarde, todavía le costaba describir lo que sucedió a continuación: "No puedo describirlo… No puedo. ¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué? ¿Qué hicimos mal? Hay un Dios para todos, ¿por qué nos lastimaste tanto?".

"A los padres los pusieron juntos en otros vagones. Hombres, niños, partieron vagones repletos. Nunca más volvimos a ver a ninguno de ellos".

Esa fue la última vez que Esther vio a sus padres, cuando el camión en el que los empujaron para que entraran partió llevándolos a su muerte. A Esther y aproximadamente otras cincuenta jovencitas las dejaron para trabajar como esclavas. "¡Niñas, defiendan su honor!", gritaban los adultos desde el camión a sus amadas hijas mientras se los llevaban.

Los judíos de Ioannina finalmente llegaron a Auschwitz, donde la mayoría fueron enviados de inmediato a la muerte. "Un día, cuando una de las prisioneras me estaba afeitando la cabeza, me preguntó qué había pasado con mis padres. Le dije que no lo sabía. Ella señaló las llamas que salían del crematorio y me dijo: 'Están allí, quemándose'".

Esther logró escaparse de Auschwitz con la ayuda de un médico nazi que logró ocultar de sus colegas que tenía algún ancestro judío. Esther estaba en la enfermería del campo cuando llegó la orden de llevar a la cámara de gas a todos los pacientes de la enfermería. El médico ayudó a Esther a esconderse y ella sobrevivió hasta el 27 de enero de 1945, cuando las fuerzas soviéticas liberaron Auschwitz.

Esther descubrió que de toda su familia sólo había sobrevivido su hermana. Ellas fueron dos de los cincuenta judíos que seguían vivos de toda Ioannina.

Esther regresó a Ioannina y fue a la casa de su familia. "Llamé a la puerta y me abrió un extraño. Me preguntó qué quería y le dije que esa era mi casa. '¿Recuerdas si aquí había un horno?', me preguntó. 'Sí, por supuesto. Solíamos hornear pan y deliciosos pasteles…', le respondí. 'Bueno, mejor que te marches. Te salvaste de los hornos en Alemania, pero yo te cocinaré aquí, en tu propio hogar'. Me espanté".

Esther permaneció en Ioannina y se casó con Samuel, que era uno de los pocos judíos que habían logrado escaparse a las montañas y habían luchado contra los nazis. Juntos trataron de recuperar algunos de los bienes que habían pertenecido a la familia de Esther, que habían sido saqueados por sus vecinos.

"Descubrí que el obispo metropolitano tenía nuestras dos máquinas de coser Singer. Fui y pedí que me las devolvieran, pero me dijeron que se las habían entregado a las autoridades regionales. Allí me pidieron que presentara los números de serie de las máquinas para que las buscaran… Levanté el brazo y les mostré el número indeleble que me habían grabado en Auschwitz. 'Este es el único número que recuerdo', les dije, y me fui".

Esther y Samuel tuvieron una hija que no podía soportar el intenso antisemitismo que continuaba vivo en Ioannina. Un día, en los años 60, una profesora de la escuela secundaria le dijo que era una "maldita judía". "Ella nunca pudo superar el insulto. Apenas terminó el año, se fue a vivir a Israel. Nunca regresó".

A pesar de esta y de otras espantosas experiencias antisemitas, Esther nunca abandonó Grecia. "Teníamos miedo. Nadie nos quería". De todos modos, se quedó en el país.

"El mundo debe saber que los humanos no deben ser inhumanos"

En el año 2014, el presidente alemán Joachim Gauck llegó a Grecia en una visita oficial y pidió encontrarse con Esther. Para entonces, ella era una de los dos judíos que seguían vivos en Ioannina, y a los 90 años era bien conocida en el país. Esther aceptó reunirse con él, pero no estaba segura de lo que debía decirle. Antes de la reunión, les dijo a los periodistas: "Me siento rara, conmocionada. Quiero preguntarle de dónde vino ese odio, quemar vivas a millones de personas sólo porque tenían una religión diferente. ¿Debo aceptar una disculpa? Nada puede compensar lo que nos hicieron. No tengo a nadie que me despida cuando muera… No dejaron a nadie, los quemaron a todos".

Cuando el presidente Gauck finalmente llegó a Ioannina, visitó con Esther la sinagoga ahora vacía. Basada en su profunda experiencia, en ese momento Esther transmitió un mensaje crucial al presidente alemán y al mundo: "El mundo debe saber que los humanos no deben ser inhumanos". Fue una oración quebrada, pero transmitió un mensaje profundo: todos debemos aferrarnos a nuestra humanidad compartida. Los horrores del Holocausto no pueden volver a ocurrir, que Dios no lo permita.