El discurso de Benjamín Netanyahu en el Congreso de los Estados Unidos fue notable en dos aspectos: primero, la Reina Ester obtuvo su primera ovación de pie en 2.500 años. Y segundo, Barack Obama quedó con las manos vacías en su intento de menoscabar de manera preventiva a Netanyahu antes de que el primer ministro israelí presentara sus argumentos sobre las negociaciones con Irán.

Por el contrario. El constante flujo de ofensas e insultos transformaron el discurso en un evento internacional y sólo lograron aumentar su alcance. En lugar de revelar espectacularmente el logro de un acuerdo con Irán, Obama primero deberá defender su política respecto a dicho país.

En particular —argumenta el periódico Washington Post— Obama deberá defender su premisa fundamental. La política de todo presidente estadounidense desde 1979 había sido que la república islámica de Irán debía ser sancionada y contenida. Obama, sin embargo, está apostando por la distención para dominar el agresivo comportamiento de Irán y sus ambiciones nucleares.

Durante seis años, Obama le ha ofrecido a los mullahs una mano extendida. Ha creído que con una inteligencia al estilo de Kissinger transformaría al régimen de Khamenei en un aliado de facto de Estados Unidos para lograr la paz en el Medio Oriente. Pero lamentablemente Obama sólo ha obtenido como respuesta a un Irán que ha aumentado su agresividad con Irak, Siria, Líbano, Gaza y Yemen, y que ha desafiado descaradamente al mundo con su política de enriquecimiento de uranio.

Y esto mismo es lo que hizo con Rusia. Le ofreció a Vladimir Putin una nueva tregua. "Reset", la llamó. Y Putin respondió diezmando a su oposición doméstica, desatando una feroz campaña de propaganda anti estadounidense, arrasando con Ucrania y remeciendo al orden europeo post guerra fría hasta sus cimientos.

Sin embargo, al igual que los borbones, Obama no ha aprendido nada de ello. Persiste en creer que el régimen radical de Irán puede ser transformado por medio de un dulce razonamiento en una fuerza que ayude a alcanzar la estabilidad. Esto es un símil de cómo se ha rehusado a enfrentar la verdad de la naturaleza del Estado Islámico, la contraparte sunita de Irán. Obama simplemente no puede creer que esa gente realmente crea lo que dicen creer.

Y eso es lo que hizo que la crítica de Netanyahu al posible acuerdo entre Estados Unidos e Irán fuera tan poderosa. Especialmente su minucioso análisis sobre la cláusula de caducidad. En unos 10 años expiraría el acuerdo. Las sanciones serían levantadas e Irán podría generar una cantidad ilimitada de uranio enriquecido con una cantidad ilimitada de centrífugas de sofisticación ilimitada. Como señaló Bret Stephens, del Wall Street Journal, no le permitimos eso ni siquiera a la democrática Corea del Sur.

El Primer Ministro ofreció una alternativa concreta. ¿Caducidad? Sí, pero sólo después de que Irán cambie su comportamiento, renuncie a su agresión regional y a su apoyo global al terrorismo.

La propuesta de Netanyahu es que dicha modificación, junto con una significativa reducción de la infraestructura nuclear con la que cuenta actualmente Irán —infraestructura que el acuerdo de Obama deja intacta— podrían producir un acuerdo que "puede que no le guste a Israel y a sus vecinos [árabes], pero al menos será un acuerdo con el cual podrán vivir, literalmente".

La petulante respuesta de Obama fue: "El Primer Ministro no ofreció ninguna alternativa viable". Pero la verdad es que sí lo hizo: una caducidad condicional, una menor infraestructura. Y si los iraníes no quieren aceptar esto, entonces se intensifican las sanciones, como urge hacer el Congreso, lo cual junto a los colapsados precios del petróleo pondrían al régimen en una posición sumamente vulnerable.

¿Y si eso no funciona? Allí es donde entra en juego el último punto de Netanyahu: Israel está preparado para luchar solo, una declaración que se encontró con un entusiasta aplauso que refleja un amplio apoyo popular.

En sus casi 70 años de historia, el estado de Israel no le ha pedido a Estados Unidos ni una sola vez que pelee por él.

Fue un momento importante, especialmente por las calumnias difundidas por algunos de que Netanyahu está tratando de hacer que Estados Unidos entre en guerra con Irán. Esa es una calumnia tan maliciosa como la acusación de Charles Lindbergh efectuada el 11 de septiembre de 1941, quien dijo que "los tres grupos más importantes que han estado presionando a este país para que entre en guerra son los ingleses, los judíos y la administración de Roosevelt".

En sus casi 70 años de historia, el estado de Israel no le ha pedido a Estados Unidos ni una sola vez que pelee por él. No lo hizo en 1948 cuando 650.000 judíos se enfrentaron a 40 millones de árabes. No lo hizo en 1967 cuando Israel se vio acorralado y asediado por tres ejércitos árabes. No lo hizo en 1973 cuando Israel estaba al borde de su destrucción. Y tampoco lo hizo en las tres guerras de Gaza o en las dos guerras con el Líbano.

Compara esto con la siguiente lista parcial de naciones por las que Estados Unidos ha peleado y por las cuales tantos estadounidenses han caído: Kuwait, Irak, Afganistán, Somalia, Vietnam, Corea y todos los países europeos, partiendo por Francia (dos veces).

Cambien el acuerdo, fortalezcan las sanciones, denle a Israel la libertad de hacer lo que considera correcto. Netanyahu ofreció un camino diferente en su claro, valiente y en ocasiones conmovedor discurso. Al más puro estilo de Churchill en su llamado a evitar el apaciguamiento. Pero no del Churchill de los años 40, sino del Churchill de los años 30, el profeta en el desierto. Y esa es la razón de por qué a pesar de su estruendosa potencia, el discurso de Netanyahu de todas formas nos dejó con un terrible sentimiento de angustia. Después de todo, Churchill fue ignorado.

Esta editorial apareció originalmente en el Washington Post.