"Ningún pueblo recibe su patria sobre una bandeja de plata".

Estas palabras, que se convirtieron en el título de uno de los poemas más famosos y amados de Israel, fueron pronunciadas en diciembre de 1947 por Jaim Weitzman, el primer presidente del Estado de Israel. En el momento que las pronunció, las naciones del mundo acababan de votar en las Naciones Unidas aprobando la partición de la región conocida como el Mandato Británico de Palestina. Inglaterra gobernó el área durante una generación. Ahora los británicos querían sacarse de encima esta problemática zona del Medio Oriente. Gran parte del Mandato de Palestina poco tiempo antes se había convertido en una nueva nación, el reino de Jordania. Ahora la suerte del resto del área estaba en manos de las Naciones Unidas.

La ONU estableció un comité para estudiar la situación y este comité emitió una recomendación: la región debía dividirse en dos naciones. Una parte se convertiría en otro país árabe independiente. Una pequeña franja de tierra a lo largo del Mediterráneo, donde vivían 660.000 judíos y contaba con una mayoría judía, se convertiría en una patria judía independiente. El primer estado judío independiente en 1.877 años.

Había mucho en juego. De la votación no sólo dependía la supervivencia de los judíos que vivían en el Mandato de Palestina, sino también el destino de más de 300.000 sobrevivientes del Holocausto que todavía languidecían en campos de refugiados en Europa y que deseaban vivir en la Tierra de Israel. Además, casi un millón de judíos que vivían en países árabes sufrían ataques y masacres en manos de sus vecinos musulmanes. También ellos añoraban llegar a la Tierra de Israel, con la esperanza de encontrar allí un refugio seguro.

El 29 de noviembre de 1947, las Naciones Unidas votaron. País tras país fueron emitiendo su voto. Los resultados pronto fueron claros. Con un resultado de 33 a favor y 13 en contra (con 10 abstenciones), las naciones del mundo votaron a favor de crear un estado judío.

Años más tarde, Jaim Herzog (quien fue presidente de Israel entre 1983 y 1993), recordó la alegría al escuchar la votación de la ONU:

En la noche que nunca olvidaremos del 29 de noviembre de 1947, toda la nación estaba pegada a la radio escuchando el informe de Moshé Medzini, el corresponsal de Radio Palestina, informando que la Asamblea General votaba para decidir si recibiríamos nuestro estado. Uno por uno iban mencionando los nombres de cada nación miembro de la ONU y se emitía cada voto: Sí, No o abstención. Los Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia votaron a favor. Gran Bretaña se abstuvo. Finalmente lo anunciaron: la recomendación se había adoptado por un voto de treinta y tres a favor y trece en contra, con diez abstenciones.

Estalló un pandemónium. Toda la población judía explotó de alegría. En ese momento, toda la amargura y el remordimiento por la injusticia del pasado desapareció. En Tel Aviv, en Jerusalem, en casa pueblo de Palestina, los judíos salieron a la calle vitoreando con fuerza. Gente de todas las edades giraba eufórica bailando el "hora". (Living History: The Memoirs of a Great Israeli Freedom-Fighter, Soldier, Diplomat and Statesman, por Jaim Herzog. 1997).

Advertencias de Guerra

Cuando le preguntaron a Jaim Weitzman su evaluación del voto de partición de la ONU, él explicó que el voto era sólo el primer paso para establecer un estado judío, demostrando que el consenso mundial apoyaba la existencia de una patria judía en la antigua Tierra de Israel. Pero como ocurre con cualquier cosa que valga la pena, tendríamos que luchar para obtenerlo: "Ningún pueblo recibe su patria sobre una bandeja de plata". Tendríamos que comprar el Estado de Israel pagándolo con sangre judía.

Mientras gran parte del mundo celebraba, los vecinos árabes de Israel dejaron claro que no tolerarían la existencia de un estado judío, sin importar cuáles fueran las circunstancias. El Mandato Británico en la región expiraba el 14 de mayo de 1948. Si Israel se atrevía a declarar ese día su independencia, no enfrentaba sólo una fuerza invasora sino muchas. Los límites de Israel con Egipto, el Líbano, Siria y Jordania eran vulnerables a ser atacados. El naciente estado judío se veía superado ampliamente por las fuerzas combinadas de naciones mucho más grandes y más desarrolladas militarmente, lo que se conocía como la Legión Árabe, que estaba dispuesta a evitar el establecimiento de una patria judía.

Un israelí que celebró el voto de partición de la ONU el 29 de noviembre de 1947 fue el famosos escritor y periodista Nathan Altermann. Altermann nació en Polonia en 1910 y cuando era un niño llegó con su familia a la bulliciosa ciudad de Tel Aviv. (Establecida como una nueva ciudad judía sobre las dunas de arena al norte de la ciudad de Yafo en 1911 con sólo once residentes, en 1948 Tel Aviv había crecido y se había transformado en una metrópolis de 230.000 habitantes). Altermann se unió a una multitud alegre en el Café Kassit de Tel Aviv, un café popular entre las figuras literarias de la ciudad. Mientras sus amigos brindaban celebrando la votación de la ONU, Altermann escuchó que dos de sus conocidos conversaban en voz baja.

Iosef Avidar era un importante comandante de la Haganá, el grupo de defensa judío. Él conversaba con Itzjak Sadé, el fundador del Palmaj, la unidad de ataque de la Haganá. Ellos se preguntaban cuántos judíos morirían defendiendo el naciente estado judío. Estimaban que si se atrevían a convertir en realidad la votación de la ONU y declaraban un estado judío, quizás 10.000 judíos serían asesinados por los ejércitos árabes.

Altermann dejó de celebrar. Posteriormente uno de sus amigos recordó que de repente su rostro "se llenó de ansiedad y dolor". Altermann, como muchos otros judíos, había escuchado las advertencias de Weitzman respecto a que un estado judío no sería entregado a sus habitantes en una bandeja de plata. Él comprendió que tendrían que luchar y sufrir para que pudiera tener su propia patria.

Nathan Alterman

Esa noche, Altermann regresó a su casa y comenzó a trabajar en el poema que sería su obra más famosa. Titulada "Magash Hakesef"-"La bandeja de plata", el poema imagina lo que costaría crear un estado judío. Allí se describe una tierra quebrada por la guerra, una patria con "fronteras humeantes" por la batalla. Altermann escribió sobre una patria judía "con el corazón desgarrado pero palpitante", experimentando a la vez terror y alegría a la vez.

En los inquietantes pasajes finales del poema, Altermann evoca la imagen de dos jóvenes soldados judíos, un hombre y una mujer, cansados de la batalla y fatigados, cubiertos de suciedad por la larga guerra que han librado. A medida que el poema continúa, queda claro que esos dos jóvenes judíos ya no están entre los vivos. Ellos entran tambaleando y toda la nación los observa, preguntándose quienes pueden ser esos soldados agotados y heridos en el frente defendiendo al primer país judío en casi dos mil años. Finalmente, con la mirada cansada, los dos jóvenes soldados responden en voz baja: "Somos la bandeja de plata sobre la que les entregaron el estado judío".

El establecimiento del estado judío

El dominio del mandato británico de Palestina llegó a su fin el 14 de mayo de 1948. Ese día, los líderes del Ishuv, las comunidades judías en la Tierra de Israel, se reunieron en Tel Aviv para proclamar el establecimiento de su estado. Ellos se pusieron de pie y entonaron el Hatikva, el himno nacional de Israel. Entonces David Ben Gurión, el primer primer ministro de Israel, leyó las palabras que reestablecían un estado judío en la Tierra de Israel: "…en virtud de nuestro derecho natural e histórico y de la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, proclamamos el establecimiento de un estado judío en la Tierra de Israel, el Estado de Israel… El Estado de Israel estará abierto a la inmigración judía y al retorno de los exilios".

En toda la tierra estalló la alegría. Golda Meir (quien había nacido en Ucrania, de niña se salvó de ser asesinada en los pogromos antijudíos, y posteriormente sirvió como primer ministro de Israel entre 1969-1974), recordó sus intensos sentimientos en ese momento:

El largo exilio ha acabado. A partir de este día, ya no viviremos sufriendo en la tierra de nuestros antepasados. Ahora, por primera vez en veinte siglos, seremos como otras naciones, una nación dueña de nuestro propio destino. El sueño se volvió realidad, demasiado tarde para salvar a todos los que murieron en el Holocausto, pero no demasiado tarde para las generaciones futuras… Cuando Ben Gurión leía, yo pensé en mis hijos y en los hijos que ellos tendrán, cuán diferentes serán sus vidas de la mía y cuán diferente será mi propia vida de lo que fue en el pasado. ("Mi vida", Golda Meir, 1975).

La celebración de Golda Meir estuvo teñida de terror. Ella acababa de regresar de una misión ultrasecreta a Jordania, donde se había reunido con el rey Hussein Abdula, donde le suplicó en vano que no atacara al estado judío. Mientras viajaba de regreso a Israel, sus consejeros le advirtieron que más de 50.000 soldados judíos podían llegar a morir en la guerra. Estimaban que Israel tenía sólo un 50% de oportunidades de prevalecer contra el poder militar superior de sus vecinos árabes.

Atacados desde todas las direcciones

Pocas horas después de que Ben Gurión declarara el establecimiento del Estado de Israel, el nuevo país judío fue invadido por Egipto, el Líbano, Jordania, Siria e Iraq. Un oficial de la Legión árabe escribió: "Qué bello fue este día, el 14 de mayo, cuando todo el mundo contuvo el aliento anticipando la entrada de siete ejércitos árabes a Palestina para redimirla de los sionistas…"La legión árabe transjordana era liderada por un oficial británico, Sir John Bagot Glubb, quien recordó que en Amman, la capital de Jordania, "los techos planos y las ventanas estaban abarrotados de mujeres y niños, cuyos gritos agudos se escuchaban por encima del rugido y del traqueteo de los vehículos y de los vítores de la multitud de hombres junto a la carretera. Las propias tropas aplaudían y vitoreaban. Otros se reían y saludaban a la multitud cuando marchaban". La escena se repitió en innumerables ciudades y pueblos árabes. Sus residentes celebraban lo que creían que sería la rápida destrucción del nuevo Estado de Israel. (Citado en "A History of Israel From The Rise of Zionism To Our Time", por Howard M. Sachar. Alfred A. Knopf: New York: 2002).

La guerra duró casi un año y devastó cada rincón del Estado de Israel. En mayo de 1948 el Ejército de Defensa de Israel consistía en un grupo desorganizado de voluntarios y aficionados. En un año se convirtió en una fuerza profesional con más de 100.000 hombres y mujeres dedicados a tiempo completo. El crisol de esta transformación fue una guerra total por la supervivencia misma de Israel.

Las otras ramas del ejército de Israel se reunieron todavía más apresuradamente en medio de los feroces combates. La marina de Israel estaba formada por embarcaciones no aptas para navegar en las que habían llegado ilegalmente los desesperados sobrevivientes del Holocausto durante el Mandato Británico. Muchos de los aviones de la fuerza aérea israelí eran ex bombarderos estadounidenses que habían sido comprados como chatarra. A pesar de las mínimas probabilidades, los hombres y las mujeres que defendían a Israel, a menudo muy jóvenes, comenzaron a prevalecer durante los meses de la guerra. Trágicamente, hubo muchas bajas a cada paso. Los fantasmales soldados del poema de Nathan Altermann se convertían en una realidad, porque primero cientos y después miles de jóvenes soldados israelíes perdieron la vida.

La acción final de la guerra fue la Operación Yuvda en marzo de 1949, cuando las fuerzas israelíes capturaron el puerto de Eilat en el Mar Rojo. Entre febrero y julio de 1949 Israel firmó acuerdos de armisticio con Egipto, Jordania, Líbano y Siria. (Iraq se negó a firmar un armisticio con el estado judío y permaneció en un estado técnico de guerra con Israel).

A pesar de la paz temporal, el número de víctimas fue terrible. Familias enteras temblaron de miedo dentro de los refugios antiaéreos durante muchos meses. Los francotiradores dispararon a los agricultores mientras atendían sus campos. En algunas ciudades fronterizas, muchas familias fueron atacadas y masacradas por las fuerzas árabes. Ancianos, niños pequeños, todos enfrentaban bombardeos y tiroteos diarios y una amenaza constante de aniquilación total.

El número de víctimas entre los soldados israelíes fue elevado: 6.373 israelíes murieron en acción, es decir el 1% de la población del país. En unos pocos años, la población de Israel creció enormemente a medida que judíos de todo el mundo encontraron refugio en la nueva patria judía. En tres años la población de Israel se duplicó. Más tarde creció exponencialmente cuando llegaron los judíos de las naciones árabes, de Etiopía, de Europa y de la Unión Soviética.

Cada año, en Iom Hazikarón, el día de Recuerdo de los Caídos, los israelíes se unen para agradecer a estos valientes soldados de la Guerra de la Independencia de Israel y a los que lucharon en las guerras posteriores. Alrededor de 24.000 hombres y mujeres fueron asesinados defendiendo la Tierra de Israel desde 1860, cuando los primeros judíos comenzaron a abandonar la seguridad de las ciudades amuralladas como Jerusalem y comenzaron a construir nuevos pueblos y asentamientos. Ellos ofrendaron el mayor sacrificio para que los judíos de todo el mundo podamos seguir teniendo una patria judía.

En las palabras de Jaim Weitzmann y Nathan Altermann, estos valientes hombres y mujeres nos dieron un regalo eterno. Ellos son la "bandeja de plata" en la cual recibimos el estado judío de Israel. Este Iom Hazikarón y cada día, honremos su recuerdo y su sacrificio.

Aquí hay una traducción al español del poema de Nathan Altermann, La bandeja de plata.

LA BANDEJA DE PLATA

La tierra calla, el cielo se tiñe de rojo.

En fronteras humeantes

una aurora indecisa comienza a asomar.

Una nación desgarrada, pero aún palpitante,

se apresta a recibir el milagro sin par...

Se prepara para la ceremonia

Vestida de fiesta para la solemne ocasión.

Frente a ella se presentan

una joven y un muchacho.

Avanzan lentamente y los aguarda la nación.

Sucios, con uniforme y zapatos pesados,

vuben por la senda

caminando en silencio.

No han cambiado su atuendo ni con agua han borrado

las huellas del combate de la noche fatal.

Fatigados al límite, carentes de pausa,

sobre su cabello gotas de rocío

de juventud hebrea.

Se quedan los dos inmóviles, sin habla,

sin señales que indiquen si están vivos o muertos.

La nación los contempla llorando y fascinada.

Les preguntan: "¿Quiénes son?"

Le responden, tranquilos:

"Nosotros somos la bandeja de plata

sobre la que les entregaron el estado judío".

Luego, envueltos en sombras, caen a sus pies.

El resto se relata en los libros de historia de Israel.