Auschwitz-Birkenau, verano de 1944. Un tren de Budapest redujo la velocidad a medida que se acercaba al portón del infame campo y finalmente se detuvo en la plataforma. Allí abrieron Las puertas de los vagones de ganado. Bienvenidos al infierno.

Con el incongruente trasfondo de una orquesta de prisioneros que tocaba una canción popular húngara, los guardias de la SS forzaron a los prisioneros, debilitados por la inhumana aglomeración del viaje, a bajar a la plataforma en medio de una locura de ladridos de perros y hombres, mujeres y niños aterrorizados.

Entre las personas que bajaron de los vagones ese día estaba Erika Bock, una jovencita de 18 años, originaria de Pressburg, Eslovaquia. Ella y sus cuatro hermanos nacieron en un hogar impregnado de estudio judío. Su padre, Samu Bock, había estudiado en la mundialmente famosa Ieshivá de Pressburg durante 13 años. Su madre, Gisela, acostumbraba a ayunar medio día los lunes y los jueves y había pedido que retiraran su asiento en la sinagoga para poder permanecer parada todo el tiempo por respeto a la santidad del lugar.

Como muchos judíos de Europa central, Erika y sus hermanos crecieron hablando alemán y con una educación secular. Pero Erika también tenía una extensa educación judía, algo que era inusual para una niña de su época. El revolucionario sistema de escuela de niñas Beit Iaakov (hoy un fenómeno global), estaba en su infancia. En 1939, sus padres la mandaron a Tapoljan, Eslovaquia, a donde se había trasladado la sede original del movimiento de Cracovia debido a la guerra.

El ejemplo del hogar de sus padres junto con su propia inmersión en el estudio del judaísmo, fue lo que le dio la fe necesaria para enfrentar lo que estaba por sufrir en los próximos años.

A diferencia de lo que ocurrió con sus vecinos en Hungría, el terror llegó temprano para la familia Bock en Eslovaquia. La persecución a los judíos comenzó ya en 1940, bajo el régimen aliado de los nazis del cura católico Josef Tiso. Cuando comenzaron las deportaciones de los judíos en 1941, Samu y Gisela Bock decidieron que sus hijas tenían que huir a Budapest, en donde los judíos estaban a salvo.

Ellos le pagaron a un conductor para que llevara a Erika y a su hermana menor, Mimi, al otro lado de la frontera, a Hungría. Debido al peligro, Rav Ionatán Steif, un rabino famoso en Pressburg, les permitió partir en la noche del viernes.

Sin saberlo, las jovencitas no viajaban hacia la libertad. El conductor en quien habían confiado sus padres, cruzó la frontera y condujo directamente hacia el cuartel más cercano de la Gestapo. Las arrestaron y las llevaron a una prisión de Budapest, en donde las golpearon y las encerraron en aislamiento. Las hermanas destruyeron los documentos que las identificaban como judías y declararon que habían sido deportadas a Hungría en contra de su voluntad.

Aunque las autoridades no pudieron probar que eran judías, Erika y su hermana fueron deportadas a Auschwitz junto con otros judíos de Budapest. Al bajar del tren en Auschwitz en 1944, Erika fue enviada a la izquierda en una selección cuyo significado todavía desconocía.

Le asignaron el espantoso trabajo de revisar las posesiones de quienes acaban de ser gaseados. Cómo les decían que los llevaban al este para un “reasentamiento”, al partir en su viaje final muchos judíos llenaron sus bolsillos con dinero, fotografías o libros de plegarias.

Durante un turno nocturno, ocurrió algo inusual. De repente, sin ninguna razón aparente, Erika sintió un miedo extremo. Posteriormente ella dijo que hasta que llegabas a Auschwitz había miedo, pero después estabas tan preocupado con la muerte inminente que no había lugar al miedo. Sin embargo, esa noche, la embargó un repentino terror y sus dientes comenzaron a castañear.

Dos prisioneras de Polonia que trabajaban con Erika llamaron al supervisor, un judío holandés llamado Eli. Él se acercó y preguntó que le pasaba. “No puedo seguir trabajando, no quiero seguir trabajando”, dijo Erika, doblada de pánico.

El capataz la regaño: “Mira ese crematorio. Allí está mi esposa, allí están mis hijos, pero debo continuar. ¡Tienes que seguir adelante!”.

Pero el miedo no la abandonó. Erika tomó un sidur en medio de las cosas que estaba clasificando y rezó.

Esa misma noche, más tarde, llegó un nuevo lote de pertenencias. Erika levantó una cartera y anunció: “¡Esto es de mi madre!”.

Una de las mujeres polacas le dijo a la otra: “Panis zwarisvala - ¡Se volvió loca!” Hacía años que se había separado de su madre. Cada día llegaban y eran asesinados miles de judíos de toda Europa. ¿Cuál era la probabilidad de que esa fuera realmente la cartera de su madre? Pero Erika insistió que esa era la cartera negra con asa marfil que su padre le había regalado a su madre.

Mientras las demás observaban, Erika abrió la cartera. Adentro había una fotografía de Erika y postales dirigidas a ella. Tenían un sello que decía “imposible entregar”. Las habían enviado de regreso a su madre, quien nunca dejó de intentar ponerse en contacto con Erika a pesar de que la habían llevado a prisión.   

Una postal tenía el siguiente mensaje en húngaro: “Mi querida hija, nunca tropieces, confía siempre en Dios”.

Mientras su madre era asesinada en las cámaras de gases, lo que inexplicablemente provocó una explosión de miedo y llanto en Erika, ella recibió un mensaje final de fe. Un mensaje que la acompañaría durante toda su vida.

Erika comenzó a hablar sobre sus experiencias de la guerra sólo en los años 70. Después de la guerra se casó con David Rothschild de Zurich y juntos construyeron un hogar famoso por abrir sus puertas a todos los necesitados. Ellos fueron instrumentales en la creación de gran parte de la infraestructura judía de la ciudad, incluyendo la escuela y un hogar de ancianos. Pero lo que la persuadió de que tenía el deber de compartir su historia fue un encuentro en un hospital suizo. Cuando estaba en la cama del hospital, la enfermera notó el numero 82587 inscrito en su brazo. La enfermera exclamó: “Frau Rothschild, ¡que inteligente de su parte anotar su número de teléfono en su brazo para no olvidarlo!”.

Impactada de que una persona educada, sólo tres décadas después del Holocausto, pudiera no tener conciencia de lo que significaban esos números, ella decidió que había llegado el momento de hablar.

En una charla que dio para diplomáticos extranjeros en Berna, Suiza, en 1998, la Sra. Rothschild comentó sobre lo que le había ocurrido: “¿Pueden ver que fue algo sobrenatural? En el mismo momento en que mataban en las cámaras de gases a mi madre, de quien había estado separada por años, me embargó un miedo terrible. ‘Nunca tropieces, confía siempre en Dios’. Estas palabras fueron el último legado de mi madre y las tuve en mi cabeza durante toda mi vida”.

La señora Erika Rothschild falleció hace un poco más de 20 años y yo me casé con su nieta, llamada Mimi en recuerdo de la hermana menor de Erika que falleció en Auschwitz justo después de la liberación. Tras sobrevivir Auschwitz, un mundo de sufrimiento y lágrimas, ella estableció un hogar repleto de la calidez del judaísmo que había experimentado en su casa.

Pero quizás el mensaje perdurable de la cartera en Auschwitz no es tanto sobre el sufrimiento, sino respecto a que la fe es posible incluso en los momentos más difíciles.

La vida trae desafíos, algunos de ellos muy difíciles. Es posible que no podamos explicar la oscuridad, pero para la persona de fe, la luz está ahí. Para Erika Rothschild, su fe fue real. Era una fe que nació en la casa de sus padres y que se fortaleció en el crisol de Auschwitz.