Mi hijo pronto cumplirá tres años, tendrá su primer corte de pelo y comenzará a usar una kipá. Me enfrento a ese momento con ansiosa impaciencia. En cada oportunidad que puedo le pregunto a Mijael si le gustaría ponerse su kipá, tratando de que se acostumbre a ella. Pero la verdad es que no sé si soy capaz de soportarlo. Me es difícil imaginar que un producto de mi vientre declarará abiertamente su judaísmo a todo quien lo vea.

Mi padre ni siquiera puede imaginar usar su kipá fuera de la casa. ¿Cómo podría alguien ser tan insensato de exponerse a sí mismo ante un mundo que según él odia a los judíos tan ferozmente? Cuando vivía en una aldea húngara durante su infancia, corría aterrorizado de su casa a la escuela, sabiendo que había rufianes esperando a lo largo de todo el camino para golpear al pequeño niño judío. Luego vino la estrella amarilla y la oscuridad que le siguió…

E incluso después de que fueron liberados los campos de concentración, Hungría fue ocupada por personas que odiaban la religión, por lo que identificarte a ti mismo como judío podía hacerte perder el trabajo o tu hogar. No es de extrañar que mi padre me enseñara a evitar activamente exhibir indicios físicos de mi judaísmo.

Mi padre aun disfruta ser étnicamente anónimo entre la multitud. Cuando emigró al Nuevo Mundo, descubrió que las personas no son tan buenas para juzgar tus orígenes raciales mirando tu cara. Por lo tanto, si no pones ningún signo obvio, las personas no adivinarán que eres judío, y puedes escuchar a compañeros de trabajo hablando de forma antisemita sin tener miedo.

Para mi padre, la kipá se usa en el ámbito privado, en el hogar. Significa que confías suficiente en las personas con las que estás como para exponerte ante ellas. Usar una kipá afuera es como desvestir tus partes más privadas en público. Cuando estuvo en Israel la primera vez, mi padre usó su kipá en la calle. Fue una experiencia extraordinaria; pudo sacar a la luz pública su ámbito secreto y privado.

Para una mujer judía, es mucho más fácil no tomar partido sobre estos problemas de identificación. El código de vestimenta judío para las mujeres se enfoca en cubrir cosas como codos y rodillas; para las mujeres no hay una expresión externa de judaísmo que todo el mundo pueda ver. Cuando yo estaba en la universidad, luché contra mi miedo de proclamar públicamente que era judía y comencé a usar un collar de Maguen David sobre mi ropa. Sorprendentemente, mi padre no se opuso cuando desfilaba por su oficina con esta evidente decoración.

Pero después de un tiempo, el Maguén David ya no satisfacía la necesidad de proclamar mi judaísmo al mundo; podía esconderlo con demasiada facilidad si era necesario y no tenía ningún significado religioso. Simplemente me estaba decorando a mí misma de forma judía.

Mi esposo, Moshé, nunca se quita su kipá. Su peor recuerdo de una cirugía que tuvo cuando niño es de cuando la enfermera se llevó su kipá, y cuando se la pidió de vuelta por la noche, no se la quería regresar. Moshé ha viajado por Europa Oriental y Occidental sin quitarse ni tapar nunca su kipá. Cuando alguien le aconsejó que se la quitara en el trabajo, él dijo que mientras las personas fueran al trabajo con aretes en sus orejas, narices y ombligos, él iba a ir con su kipá. Él es tercera generación de inmigrantes y simplemente no puede entender por qué tanto alboroto.

Mi hijo lleva el nombre de mi tío, quien aprendió francés por sí mismo y se disfrazó de diplomático para esconderse de los Nazis en Budapest durante la Guerra. No sabemos cómo murió. Asumimos que alguien lo reconoció, y luego lo único que tuvo que hacer la Gestapo fue desnudarlo, descubrir que estaba circuncidado y, como acostumbraban a hacer, dispararle en el Danubio. Los símbolos corporales son muy importantes en nuestra historia y cultura.

Hace tres años marcamos en mi hijo un signo indeleble de su judaísmo, y en unas cuantas semanas más él le mostrará al mundo otro signo. Y al hacerlo, anunciará su lealtad a nuestro pueblo en el dominio público. Para él será una mayoría de edad. Para mí, una revelación.