Este nuevo año voy a dejar de lado las etiquetas.

No voy a clasificar más a los demás. No voy a pensar que “conozco” a alguien en base a su forma de hablar y su vestimenta. No voy a clasificar a las personas en prolijas categorías en mi mente de acuerdo con el “tipo” de persona que pienso que son.

Las etiquetas que nos colocamos a nosotros mismos representan lo que hemos logrado y significan cómo queremos presentarnos ante el mundo. Soy una judía orgullosa; soy una madre afectuosa; trabajo como escritora. Estos son todos los rótulos que quiero que el mundo vea. Pero hay una enorme diferencia entre las etiquetas que nos otorgamos a nosotros mismos y aquellas que otros nos colocan, a menudo erróneamente.Cuando se trata de ser judío, las etiquetas realmente pueden salirse de control. Todavía recuerdo a una mujer que nunca antes había visto, que llegó de visita a mi sinagoga ortodoxa y me dijo muy enojada que ella “sabía” lo que “la gente como yo” pensaba de ella. (Después dio media vuelta y se fue sin que yo alcanzara a hablar. Hasta el día de hoy sigo sin entender qué fue lo que quiso decir).

Como una "judía ortodoxa"… ¡Perdón! ¡Una vez más estoy poniendo etiquetas! Como una judía que trata de cumplir las mitzvot, los mandamientos, ya escuché mi porción de abusos. Me llamaron una “fanática religiosa” y también “no suficientemente religiosa”. Algunas personas me dijeron que soy “ultraortodoxa”, lo que sea que eso signifique; y también me dijeron que no soy observante porque soy “ortodoxa moderna” (una vez más, lo que sea que eso signifique). Si alguien tiene un problema conmigo, me gustaría que sencillamente me lo dijera. (En verdad prefiero que no lo hagan. ¿Por qué no podemos todos vivir y dejar vivir?).

Cuando se trata de etiquetas, uno siempre se encuentra en el medio, no importa dónde estés ni lo que hagas, lo que tú haces es lo “normal”. Las otras personas son las que parecen ser demasiado fanáticas —si se encuentran por sobre lo que tú consideras normal— o no suficientemente comprometidas —si están por debajo de lo que tu consideras normal—. Trágicamente, cuando se trata de la comunidad judía, no faltan nombres y sobrenombres para aplicar a los demás ni la discordia que ellos alientan.

Esta división de la comunidad judía se acentúa en vista de la tradición judía.
Nuestro momento de mayor unidad tuvo lugar cuando todos estuvimos de pie frente al Monte Sinaí para recibir la Torá: este fue el punto cumbre de la historia judía. Esto no es sólo una idea abstracta; la tradición judía enseña que además de los millones de judíos que salieron de Egipto, también estuvieron presentes las almas de todos los futuros judíos. Todos estuvimos allí, unidos como un solo pueblo. Las luchas y las quejas que caracterizaron al pueblo judío en otros momentos estaban ausentes.

¿Qué ocurriría si fuésemos capaces de mirar a nuestros hermanos judíos y ver lo que nos une en vez de ver lo que nos divide? ¿Qué pasaría si pudiéramos decir “Mira, todos venimos de la misma familia”?

Hace dos mil años, Rabí Akiva enseñó que un principio básico de la Torá se encuentra en Levítico 19:18: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Cómo se vería todo si en verdad fuéramos capaces de amar a nuestros hermanos judíos? Este es el experimento sobre el cual gira mi resolución para este nuevo año.

Todos sabemos que colocar etiquetas es injusto, pero muchos estudios modernos demostraron cuán pernicioso puede llegar a ser. Un estudio de la Universidad de Princeton le mostró a dos grupos de estudiantes un video de una niña jugando. A un grupo le dijeron que era una niña pobre y al otro grupo le dijeron que era de clase alta. Cuando después les formularon preguntas, el grupo al que le habían dicho que la niña era de clase alta estimó que ella era más inteligente que el grupo al que le dijeron que era pobre. Tenemos un deseo inconsciente de colocar a las personas en categorías para que el mundo tenga sentido. Pero etiquetar a las personas de esta manera evita que podamos ver quiénes son realmente.

Yo quiero sacarme las vendas de los ojos.

Hace sólo un par de semanas que comencé con mi resolución de no colocar etiquetas, pero ya he notado un cambio en la forma en que veo a los demás. Comencé a formular más preguntas y a recordarme a mí misma que sólo porque sé unas cuantas cosas sobre alguien, eso no significa que conozco toda su historia. Comencé a dedicar más tiempo a escuchar. Sin las muletas de las etiquetas, me di cuenta que dedico más tiempo a tratar de conocer a los demás.

Mi resolución cuenta con tres pasos:

1. Juzgar a los demás favorablemente:

Esta es una premisa judía básica: asumir que los demás actúan bien. En vez de concluir automáticamente que los demás actúan mal, trato de asumir conclusiones positivas.

2. Recordar que no conozco toda la historia:

Es muy fácil suponer que sólo porque sé una cosa sobre una persona, ya lo sé todo. En cambio, mi trabajo es llegar a conocer a la gente y mantenerme al margen de la costumbre perezosa que nos lleva a etiquetar a las personas.

3. Escuchar:

Al liberar mi mente de la categorización de las personas, dedico mucho más tiempo a formular preguntas y a escuchar. Lo que escucho a menudo es sorprendente. Esto me recuerda cuán equivocado puede ser suponer que uno sabe todo sobre los demás sin esforzarse por llegar a conocer realmente sus pensamientos y sus puntos de vista.

No importa dónde vivamos. No importa quienes seamos. Todos somos parte de un mismo pueblo judío, el pueblo que estuvo unido en el Sinaí. Este año, esforcémonos por mantener en mente la imagen global y dejar de lado todas las etiquetas, excepto una: mi “hermano” judío.