El 13 de jeshván en el calendario hebreo ocurrió un espantoso evento en la historia judía: la quema del Talmud y de otros libros judíos en Venecia en el año 1553.

Unos pocos años antes de esta masiva quema de libros judíos, la idea de que los libros judíos pudieran ser perseguidos y destruidos en Venecia hubiera parecido imposible. En ese momento, Venecia era el centro de la industria editorial hebrea.

Después de que a mediados del siglo XV Johannes Gutenberg inventara la imprenta, surgieron editoriales por toda Europa. Esta nueva tecnología provocó una revolución; por primera vez podían producirse libros y otros ítems impresos de forma masiva. Las familias que hasta entonces podían poseer sólo un libro (quizás una Biblia laboriosamente escrita a mano), de repente pudieron adquirir una pequeña biblioteca. El estudio y la educación se transformaron por completo.

Venecia discriminó de forma extrema a los judíos.

En Italia, esta nueva atmósfera de investigación intelectual a menudo estuvo guiada por judíos. El historiador Heinrich Graetz describe el rol clave que tuvieron los judíos italianos en el desarrollo del Renacimiento: "Los jóvenes judíos asistieron a las universidades italianas y obtuvieron una educación más liberal. Los judíos italianos fueron los primeros en utilizar el arte recién descubierto de Gutenberg, y muy pronto surgieron imprentas por todas partes de Italia, en Reggio, Ferrara, Piove di Sacco, Bolonia, Soncino, Ixion y Nápoles". (History of the Jews: From the Earliest Times to the Present Day, Vol. IV por H. Graetz, 1904).

Sin embargo, Venecia se negó a dar permiso a los judíos para abrir imprentas. A pesar de contar con una gran y próspera comunidad judía, Venecia discriminaba de forma extrema a los judíos. Los judíos tenían que vestir prendas amarillas y sombreros ridículos cuando salían a áreas públicas. En 1515, Venecia obligó a todos los judíos a vivir amontonados en una isla inhóspita llamada el Gueto, donde los encerraban cada noche. A pesar de su educación, los judíos no podían acceder a la mayoría de las profesiones y tenían prohibido formar parte del poderoso y secreto consejo que dirigía la ciudad.

Daniel Bomberg, un comerciante no judío de Amberes, vio la posibilidad de encontrar un mercado para libros judíos, y pidió permiso a las autoridades de la ciudad para abrir una imprenta especializada en libros hebreos. (Hubiera sido imposible que un judío pudiera entrar de esa forma al negocio). Bomberg se fue a vivir a Venecia y pasó varios años tratando de sobornar a los oficiales locales para que le dieran permiso de abrir su imprenta. Finalmente, en 1515, después de pagar un enorme soborno, recibió el permiso. Bomberg contrató cuatro asistentes judíos locales (incluyendo por lo menos uno que aparentemente había aceptado el cristianismo), y comenzó a emitir textos hebreos en su imprenta.

El primer libro que imprimió Bomberg fue el clásico Mikraot Guedolot, una versión de la Biblia Hebrea que contiene comentarios claves de importantes Rabinos medievales. Luego comenzó a imprimir ediciones del Talmud. Los libros impresos por Bomberg eran de gran calidad: él sólo usaba el mejor papel y la mejor tinta, y muy pronto las familias de eruditos judíos clamaban para comprar copias de sus libros. Aunque en esa época había varias imprentas judías operando en diversos lugares de Italia, Venecia se convirtió en un sinónimo de la nueva industria de impresiones hebreas, estableciendo el estándar que trataron de seguir muchas otras imprentas.

La vida y el estudio judío florecían en Italia a pesar del intenso odio antijudío que a veces estallaba en violencia. Como señala Graetz: "La relativa seguridad y la honorable posición de los judíos en Italia despertó contra ellos el enojo de los monjes fanáticos que quisieron cubrir con el manto del celo religioso su conducta licenciosa o su participación ambiciosa en los asuntos mundanos". Algunos sacerdotes culparon a los judíos por toda clase de males. Quizás quien más acusó a los judíos de Italia en ese momento fue el sacerdote franciscano del siglo XV, Bernardino de Feltre, quien alentó el odio y la violencia contra los judíos en la generación previa al apogeo de la imprenta hebrea italiana.

Bernardino criticó a los judíos en sus sermones e intentó abiertamente de fomentar la violencia. Sus insultos eran de tal calibre que algunos de los principales príncipes y aristócratas de Italia lo obligaron a abandonar una serie de ciudades y pueblos de Italia. El duque Galeazzo de Milán obligó a Bernardino a abandonar su ciudad antes de que provocara allí masacres de judíos. Los líderes civiles de Florencia y Toscana protegieron a sus judíos y prohibieron que Bernardino diera allí sus sermones. Pero Bernardino logró incitar la violencia contra los judíos en Pisa y en Venecia. Finalmente partió hacia el norte de Italia, donde tuvo su mayor éxito en la ciudad de Trento. Allí encontraron muerto a un bebé cristiano y Bernardino culpó de su muerte a los judíos de Trento, quienes fueron llevados a prisión y muchos fueron torturados. El bebé muerto fue beatificado por la iglesia católica como Simón de Trento, y a los judíos se les prohibió volver a vivir en la ciudad. A pesar de este contexto sombrío, el estudio judío floreció y se imprimieron miles de libros hebreos por toda Italia. Pero sin importar la relativa prominencia de los judíos, la sombra del peligro nunca desapareció por completo.

La amenaza de la violencia burbujeaba por debajo de la superficie y muy pronto estalló en Venecia. La causa fueron otros empresarios no judíos que quisieron aprovechar el éxito de Bomberg y tratar de hacer una fortuna imprimiendo libros hebreos para la enorme y erudita comunidad judía de Venecia.

El primero de ellos fue Marco Antonio Giustiniani, un noble italiano que abrió una imprenta hebrea en Venecia en 1545. Desde un comienzo, Giustiniani fue abiertamente hostil con Daniel Bomberg. Giustiniani comenzó a imprimir ediciones de los mismos libros que imprimía Bomberg e incluso pareció tratar de provocar a Bomberg con el logo que adoptó para sí mismo. El sello de Giustiniani, impreso en todos sus libros, muestra una imagen del antiguo Templo en Jerusalem, con una cita del profeta judío Jagai: "La gloria de su último Templo será mayor que la del primero…" (Jagai 2:9). Su mensaje era claro: esta nueva empresa iba a aplastar la lucrativa imprenta de Bomberg.

Unos pocos años más tarde, otros empresarios no judíos abrieron otras imprentas hebreas en Venecia. Estos empresarios también eran despiadados, y competían para saca r a sus rivales del negocio. (De hecho, la imprenta de Bomberg pronto cerró). Ellos se comportaron con una sorprendente falta de decencia, rutinariamente se socavaban entre sí e imprimían los mismos volúmenes que sus competidores ya habían publicado. Además, todos empleaban la misma clase de trabajadores: hombres que habían crecido como judíos, que sabían hebreo y podían armar las páginas de texto hebreo, pero que se habían convertido al cristianismo, lo que los volvía más atractivos como empleados en la atmósfera antisemita de la época.

Uno de estos recién llegados era un nativo de Venecia llamado Alvise Bragadin, quien fundó la famosa imprenta Stamparia Bragadina que imprimió libros hebreos. Uno de sus primeros productos fue una edición de la clásica obra Mishné Torá de Rav Moshé ben Maimón (1138-1204). Al parecer, Alvise Bragadin utilizó la edición de Bomberg y agregó un nuevo elemento clave.

Bragadin se puso en contacto con Rav Meir Katzenellebogen, el jefe rabínico de la renombrada ieshivá de Padua, y uno de los más grandes rabinos de la época. Rav Katzenellenbogen dio su consentimiento para que Bragadin incluyera en su edición un penetrante comentario que él había escrito sobre la obra del Rambam, e incluso invirtió su propio dinero para financiar la obra. Para Bragadin este fue un golpe de suerte que le permitió establecer la Stamparia Bragadin como la más respetada imprenta hebrea de Venecia. Rav Katzenellenbogen era venerado por los lectores judíos, quienes deseaban tener su comentario. La edición Bragadin del Mishné Torá fue un enorme éxito.

Furioso, Giustiani decidió orquestar la caída de Bragadin. Él comenzó a imprimir sus propias copias de Mishné Torá, y agregó el innovativo y popular comentario de Rav Katzenellenbogen (que él específicamente había autorizado a imprimir sólo a Alvise Bragadin), sin escribir el nombre de su autor. Giustiniani pidió por estas ediciones un precio menor que el de Bragadin. Además, Giustiniani inició una campaña de desprestigio público, alegando que el comentario de Rab Katzenellenbogen no era bien recibido y que en verdad no era tan erudito.

Al enfrentar la ruina económica después de haber invertido su dinero en la edición de Bragadin, Rav Katzenellenbogen le escribió una carta a uno de los Rabinos más prominentes de la época, su primo el Rav Moshé Isserlis, conocido como el Ramó. Rav Isserlis vivía en la lejana Cracovia, pero aceptó juzgar sobre el conflicto en Venecia. Después de escuchar todos los lados del caso presentado por Rav Katzenellenbogen, Rav Isserlis emitió un complejo dictamen legal, apelando a los diversos mandatos del Talmud que nos ordenan ser siempre escrupulosamente honestos en asuntos comerciales. Citando las leyes judías que prohíben la competencia desleal, los tratos clandestinos y el trabajo descuidado, él instruyó a los judíos de Venecia (y a otros clientes judíos), que compraran sólo la edición Bragadin de la obra hasta que la misma se agotara, y a partir de ese momento podían comenzar a comprar las ediciones de Giustiniani. Rav Isserlis escribió que aunque Giustiniani no era judío, la ley judía le incumbía en este asunto.

A pesar de este dictamen, ninguno de los dueños de las imprentas estuvo satisfecho. Ignorando a sus numerosos y fieles clientes judíos, ellos acudieron a las autoridades de la iglesia y cada uno denunció al otro de imprimir textos hebreos "blasfemos". Tanto las imprentas de Bragadin como de Giustiniani habían emitido impresiones del Talmud, y ahora Bragadin y Giustiniani mismos declaraban que esos volúmenes eran heréticos y acusaban al otro de violar las enseñanzas de la iglesia al imprimirlos.

Esta no era una amenaza vana. En otras partes de Europa, la inquisición estaba eliminando de forma activa material herético. Tanto judíos como protestantes eran el blanco de los temibles inquisidores de la iglesia. Los inquisidores italianos escucharon las pruebas presentadas por Bragadin y Giustiniani, así como de los judíos apóstatas que habían reunido para apoyar su causa, hombres que habían dado la espalda al judaísmo y estaban demasiado ansiosos por demostrar su fidelidad al cristianismo denunciando a sus hermanos judíos.

Finalmente, en agosto de 1553, los inquisidores italianos emitieron su decisión: debían quemarse todas las copias del Talmud. Cualquiera que descubrieran que ocultaba volúmenes de esta obra sagrada judía, sería llevado a prisión. Quienes denunciaran a sus vecinos recibirían recompensa económica.

La primera ciudad italiana que quemó el Talmud fue Roma. En Rosh Hashaná, las autoridades de la inquisición entraron a cada hogar judío de la ciudad y confiscaron no sólo el Talmud, sino todos los libros en hebreo que pudieron encontrar. Estos fueron quemados en una enorme fogata en Campo di Fiori, una plaza pública de Roma. Un par de semanas más tarde, una fogata similar consumió los libros judíos en Bolonia. Un mes más tarde, los inquisidores fijaron su objetivo en Venecia, la joya de las impresiones hebreas.

El mes hebreo de jeshván a veces es llamado mar jeshván, o jeshván amargo, porque es el único mes hebreo que no contiene ninguna festividad. En el año 1553, el mes de jeshván fue indescriptiblemente amargo por otra razón: por la destrucción de una cantidad increíble de erudición judía en la ciudad de Venecia. Si bien algunos judíos lograron esconder los valiosos volúmenes a pesar del riesgo que eso implicó, prácticamente todas las copias del Talmud y de otras obras hebreas fueron incautados de hogares, escuelas y sinagogas. Los inquisidores construyeron una fogata enorme en la bella Piazza San Marco de Venecia y quemaron en público miles de libros. Las autoridades emitieron una prohibición absoluta de imprimir libros hebreos en Venecia. (La prohibición se levantó sólo una década más tarde, con severas restricciones).

La destrucción tuvo un profundo efecto sobre la vida judía durante generaciones. Después de que miles de libros judíos fueran quemados, el cierre de las imprentas de Venecia implicó que hubiera muy pocas maneras en que los judíos pudieran reconstruir sus colecciones de libros. Las imprentas hebreas en Lublin y Salónica comenzaron a incrementar la producción y publicaron más ediciones del Talmud. Mientras tanto en Italia, los estudiantes judíos se concentraron en los pocos libros judíos disponibles. Por ejemplo, era relativamente fácil comprar copias de los libros del gran Rabino medieval del norte de África, Rav Itzjak ben Iaakov Alfasi HaCohen (conocido como el Rif), por lo que sus obras tuvieron una nueva prominencia entre los judíos italianos.

Incluso después de que volvieran a permitir imprimir el Talmud en Venecia, esto tuvo lugar con muchas correcciones y con otro nombre. Venecia nunca recuperó su prominencia como un centro de impresiones y erudición judía, y el espantoso recuerdo del fuego en la plaza San Marcos en el centro de la ciudad asoló a los judíos italianos durante años.