Nuestra sociedad está inundada de libros de memorias, algo que no existía hace unos cuantos cientos de años. Con una excepción: una mujer llamada Glikl bat Leib, nacida en Hamburgo, Alemania, en 1645. En 1691, poco después de enviudar, ella tomó su pluma “con un corazón profundamente afligido” y comenzó a escribir sobre su vida, su matrimonio, sus hijos, su fe y sus negocios, como una diversión de “un exceso de preocupaciones, problemas y dolor”, lo que le causaba largas y tristes noches de insomnio.

“Mis queridos hijos, comencé a escribir esto, con la ayuda de Dios, después de la muerte de su piadoso padre, porque me brindó algo de placer cuando me invadían los pensamientos de melancolía…”

Glikl no tenía intención de llegar alguna vez a publicar estos “siete pequeños libros”, como los describe ella misma. Su narrativa es un extraordinario documento, sorprendentemente honesto y excepcionalmente bien contado por una mujer profundamente inteligente con una capacidad natural para relatar historias. De esta forma, Glikl nos deja vislumbrar no sólo la vida privilegiada de una mujer judía, sino de la sociedad en general, desde cómo se manejaban las transacciones de negocios y las disputas, las complicadas negociaciones involucradas en los compromisos matrimoniales, hasta la constantemente cambiante esfera geopolítica y cómo eso afectaba a los judíos.

Frankfurt en 1612

Aunque sus manuscritos originales se perdieron, uno de sus hijos, Reb Moshé Hamel, hizo dos copias que sobrevivieron. A finales del siglo XIX, una descendiente de Glikl llamada Bertha Pappenheim, tradujo por primera vez sus memorias del antiguo idish al alemán. Desde entonces han sido traducidas al ruso, francés, hebreo e inglés.

Casi 300 años después de su muerte en 1724, Glikl se ha convertido en una celebridad literaria.

Yo había leído una traducción previa de este trabajo, publicado con el título “The Memoirs of Glukel of Hameln”, traducido por Marvin Lowenthal. Pero como ocurre con muchas traducciones, gran parte de los escritos originales de Glikl, particularmente muchas de las historias y fábulas que ella incluyó como lecciones morales para su audiencia, habían sido editados. Recientemente, Brandeis University Press publicó una nueva edición, llamada simplemente “Glikl Memoirs: 1691-1719”, traducida por Sara Friedman. Esta edición también cuenta con una excepcional y fascinante introducción de Java Turniansky, profesora emérita de literatura idish en la Universidad Hebrea de Jerusalem y ganadora del Premio Israel. Turniansky también aportó extensivas anotaciones que confirman lo que Glikl cuenta sobre eventos y personas de quienes ella escribe. No tengo suficientes palabras para recomendar esta nueva edición. No sólo la traducción es más colorida y accesible para los lectores modernos, sino que la inclusión de todas las historias de Glikl ayuda a apreciar el alcance de su logro literario.

Ella escribe sobre los constantes peligros que enfrentaban los judíos y los llantos de angustia por el interminable sufrimiento del pueblo judío.

Aunque algunos aspectos de la vida de Glikl son inimaginables para un lector moderno, muchos otros son eternos. Ella se preocupa por la salud de su esposo cuando él debe viajar por negocios y planifica con él cómo recuperar las pérdidas económicas de un negocio que salió mal. Glikl se aflige por la pérdida de varios hijos y ansiosamente intenta guiar a un hijo ingenuo que constantemente toma malas decisiones y todo el tiempo precisa que lo rescaten: “Es cierto que incluso durante la vida de mi esposo teníamos preocupaciones de vez en cuando debido al dolor de criar hijos; algunas de estas cosas se pueden contar, otras no se puede y no se deberían contar”. Ella recuerda un período anterior cuando “la vida en esos días era mucho más feliz de lo que es hoy, aunque la gente no poseía ni siquiera la mitad de lo que tienen hoy en día. Que lo disfruten y prosperen”.

La bisnieta de Glikl vestida como Glikl en “Retrato de la Sra. Glikl Hamel” por Leopold Pilichowski.

Cuando Glikl escribe sobre los constantes peligros con que vivían los judíos o llora de angustia por el interminable sufrimiento de nuestro pueblo, nosotros también somos Glikl.

Glikl se casó a los catorce años, dio a luz a catorce hijos, doce de ellos vivieron al menos hasta el inicio de la adultez. Cuando su esposo falleció tenía ocho niños pequeños en casa, incluyendo un bebé, y ella quedó con la responsabilidad de criar, educar y casar a cada uno de sus hijos con dignidad, además de proveer para su propia vejez. Glikl estaba decidida a que todos sus hijos solteros se casaran con otras familias “respetables”, lo cual requería substanciales sumas de dinero tanto para la dote como para el sustento inicial de las jóvenes parejas.

En su lecho de muerte, cuando le preguntaron a Jaim sus instrucciones para el futuro, él simplemente dijo: “Mi esposa está a cargo de todo”.

Glikl y Jaim pertenecían a la clase de judíos adinerados de la época. Como muchos otros judíos sin acceso a muchas profesiones, ellos comerciaban en piedras preciosas, oro y plata, y prestaban dinero con interés. Jaim y Glikl prosperaron enormemente, aunque ocasionalmente también sufrieron debilitantes pérdidas por alguna mala inversión o el robo de algún empleado deshonesto. Glikl escribe sobre su sociedad de negocios con Jaim como si fuera la cosa más normal del mundo que una esposa tuviera ese rol. Sus inteligentes análisis de potenciales negocios hizo que su esposo confiara implícitamente en ella. En su lecho de muerte, cuando le preguntaron a Jaim sus instrucciones para el futuro, él simplemente dijo: “Mi esposa está a cargo de todo”.

Después del fallecimiento de Jaim, Glikl tomó su lugar en las ferias comerciales en Leipzig, Frankfurt am Main y otras ciudades a considerable distancia, comprando, vendiendo y comerciando. Cuando la falta de criterio de su hijo llevó a que su negocio de telas fallara, Glikl compró su mercadería y entró ella misma en el negocio de las telas, con mucho éxito. Durante un desastroso y breve segundo matrimonio, Glikl perdió su fortuna debido al mal manejo financiero de su esposo. A pesar de su edad avanzada, Glikl hizo lo que siempre había hecho: reconstruyó el negocio por sí misma y pagó las deudas que él le había dejado.

La bolsa de Hamburgo, grabado en cobre por Johan Dirksen, principios del siglo XVII.

Glikl habla francamente sobre dinero, con una perspectiva práctica. Cuando escribe sobre una negociación complicada y larga por la dote de uno de sus hijos, ella consulta con el rabino erudito local y, al saber que él apoya su postura, se mantiene firme: “Cuando él vio que no podía sacarme nada más… la boda tuvo lugar a mediados de Tamuz, un evento tan respetable y esplendido como nosotros los judíos podemos tener”.

Primera página anexa a la copia completa del manuscrito. Universitätsbibliothek Johann Christian Senckenberg, Frankfurt am Main

Henry Abramson, decano de Touro College en Nueva York y un reconocido historiador, señaló: “La memoria de Glikl es valiosa por muchas razones, pero una de las más importante es que nos provee una rica imagen de su actividad económica, algo bastante sui generis para una mujer de ese período, judía o no judía. Su historia también enfatiza la fragilidad de la existencia judía en la época: decretos caprichosos impuestos por oficiales locales, violencia espontánea y abuso al azar, lo cual requería una prudente concentración en la seguridad material, particularmente en el efectivo, para estar preparados para cualquier cosa que pasara”.

Glykl escribe vívida y dramáticamente, no sólo sobre su vida personal sino sobre los fascinantes eventos históricos en su época. Uno de sus primeros recuerdos es de su padre albergando a diez refugiados que habían escapado de Polonia durante las famosas masacres de Chmielnicki, parte de una revuelta política de los ucranianos en contra del gobierno polaco. El asesinato masivo de decenas de miles de judíos también se conoce como las “Guezerot Tat Vetat” los malos decretos de 1648-49. Aunque los refugiados sufrían una enfermedad contagiosa, el padre de Glikl los recibió a pesar del enorme riesgo personal, y dispuso que los cuidaran en el ático. La abuela de Glikl, quien insistía en subir las escaleras varias veces al día para ayudarlos, murió a causa de esa enfermedad.

La alabanza de Glikl a su padre no tiene límites: “Cualquiera que entraba a su casa hambriento se iba con su hambre satisfecha. Él dio a sus hijos, niños y niñas por igual, una educación tanto en materias superiores como en cosas prácticas”. De hecho, Glikl menciona estar sentada en el jéder y lamentablemente no elabora sobre qué clase de educación formal recibió.

Los brotes de enfermedades contagiosas, incluyendo la plaga, eran una fuente de preocupación común y constante. Cuando en el pueblo pensaron que Tzipora, la hija de cuatro años de Glikl, tenía la plaga, ella y Jaim se vieron obligados a enviarla fuera de casa con una sirvienta durante varias semanas. Los vecinos no sólo estaban preocupados por sí mismos. Si el Duque gobernador de la época se enteraba que una familia judía se había contagiado, eso sería “una catástrofe” para la comunidad judía en general.

El antisemitismo era un hecho básico de la vida que los judíos habían aprendido a vivir con esa realidad lo mejor posible. Los judíos eran sometidos a onerosos y discriminadores impuestos. Sus derechos de residencia o derecho a hacer negocios en cierta ciudad podían ser revocados repentinamente. De hecho, cuando Glikl tenía sólo dos años, los judíos perdieron el derecho a vivir en Hamburgo y tuvieron que mudarse a Altona. Cada día tenían que viajar de regreso a Hamburgo para sus negocios (técnicamente los judíos no tenían derechos de residencia en Hamburgo en la época, aunque el padre de Glikl había hecho algún arreglo privado que les permitió residir allí). Los judíos podían ser acusados falsamente de robar o asesinar a un no judío o, como relata Glikl en uno de sus largos y dramáticos episodios, un judío podía ser asesinado por un no judío y no se haría justicia.

Glikl escribe sobre un incidente en donde una esposa joven llamada Rivká estaba convencida de que un personaje rudo había asesinado a su esposo por el dinero que él llevaba. Su esposo desapareció y nadie lo vio durante días. Otros judíos le advirtieron no hacer acusaciones, pero Rivká, a quien Glikl describe como muy inteligente, logró conseguir la confesión de un testigo. Los líderes de la comunidad judía finalmente convencieron a las autoridades locales para que registraran la residencia en donde Rivká sabía que encontrarían el cuerpo de su esposo, pero les advirtieron: “Tengan cuidado, si no encuentran el cuerpo, están todos perdidos. Ya saben cómo es la muchedumbre aquí en Hamburgo. No podremos detenerlos”.

Cuando se reveló el fraude de Shabtai Tzvi y sus promesas mesiánicas, eso fue un golpe devastador para los judíos en todo el mundo, particularmente tan cerca de las masacres en Polonia. El suegro de Glikl había vendido su casa y empacado sus pertenencias para mudarse a la Tierra Santa. Glikl escribe:

“Cuando recuerdo cómo jóvenes y ancianos de todo el mundo comenzaron a arrepentirse de sus pecados, como es bien sabido, es algo que no puede ser descrito. ¡Ay!, Dios, Amo del universo, esperábamos que Tú, Dios compasivo, tuvieras misericordia de Israel, Tu desdichado pueblo y nos redimieras…”

La devoción de Glikl le permite enfrentar este trauma tal como ella hace con todas las otras amargas decepciones en su vida: con fe continua:

“Tu pueblo no desespera; ellos esperan Tu misericordia diariamente que Tú puedes redimirlos. Incluso si se demora, aun así, lo espero cada día”.

En su introducción a esta nueva edición, Java Turniansky observa que el alto nivel de conocimientos de Glikl no debería ser sorprendente. En este temprano periodo moderno, las mujeres judías escribían cartas, composiciones literarias y correspondencia. Una floreciente literatura de musar fue escrita para y consumida por mujeres, y los versículos bíblicos y referencias talmúdicas que Glikl incluye prodigiosamente “eran componentes activos del idish hablado en esa época”.

Puede ser que Glikl escribiera sus memorias solamente para su familia, pero afortunadamente se convirtieron en un invaluable legado para todos.