La próxima aparición del Primer Ministro de Israel en el Capitolio está rodeada de controversia.

Invitado por el republicano John Boehner a dirigirse al congreso en relación a la amenaza de las ambiciones nucleares de Irán, Benjamín Netanyahu recibió esta oportunidad para compartir la preocupación existencial de su país a medida que el régimen iraní se acerca más que nunca a obtener la capacidad para cumplir su declarada meta de aniquilación total de Israel. Pero la Casa Blanca ha dado a conocer su descontento. Un creciente número de parlamentarios demócratas dijeron que boicotearán su discurso. El Vicepresidente Joe Biden, que en su calidad de presidente del Senado debería monitorear el discurso de Netanyahu, dijo que estará fuera de la ciudad. La líder de la minoría Nancy Pelosi dijo que esperaba que el discurso “no ocurra”.

¿Por qué toda esta hostilidad hacia el líder de un antiguo aliado, la única democracia en el medio oriente, a quien el Presidente Obama ha comprometido su inquebrantable lealtad? Porque la administración ha dejado en claro su furia ante una supuesta violación de protocolo. La Casa Blanca insiste en que no fue consultada antes de que la invitación fuera realizada. Esa falta de etiqueta, ellos mantienen categóricamente, opaca cualquier beneficio que el Congreso pueda obtener de las palabras del Primer Ministro del país que se verá más inmediata y severamente afectado por las presentes negociaciones con Irán.

Esta no es la primera vez que el problema del protocolo juega un rol importante en relación a una amenaza iraní de destruir al pueblo judío.

Sorprendentemente, esta no es la primera vez que el problema del protocolo juega un rol importante en relación a una amenaza iraní de destruir al pueblo judío. Hay un precedente bíblico. Repitiendo bizarramente la historia actual, el Libro de Ester relata el primer intento de genocidio en contra de los judíos en el antiguo imperio persa, conocido hoy en día como Irán. Cuando hace más de dos milenios atrás Mordejai se enteró del plan de Hamán de “destruir, matar y exterminar a todos los judíos, jóvenes y viejos, niños y mujeres, en un solo día” (Ester 3:13), él persuadió a Ester, su hija adoptiva y reina del imperio en aquel entonces, para que intercediera.

Pero Ester tuvo miedo. Si ella se acercaba a su esposo, el rey, para apelar en contra del decreto de Hamán, ella violaría el protocolo real. “Todos los sirvientes del rey y las personas de las provincias están muy concientes”, le respondió Ester a Mordejai, “que si alguien, ya sea hombre o mujer, se acerca al rey sin ser convocado, existe solamente una ley para él: será ejecutado, excepto por la persona a quien el rey le extienda su cetro dorado para que pueda vivir. Y yo no he sido convocada para presentarme delante del rey en más de treinta días” (Ester 4:11).

Sin embargo, el Libro de Ester nos cuenta que después de rogarle a los judíos para que rezaran y ayunaran por ella, Ester decidió ignorar el protocolo ante la posible amenaza de exterminación de su pueblo. Ester tuvo éxito en revertir el malvado decreto. Como resultado, los judíos de todo el mundo hasta el día de hoy celebran la festividad de Purim.

En la tradición judía, la historia de Purim marca la conmemoración de un milagro diferente. En su despliegue, es un milagro de coincidencias tan improbables estadísticamente, que nos hablan de una mano Divina oculta manejando los eventos. Por esa razón el Libro de Ester es el único en toda la Biblia en el cual el nombre de Dios no aparece ni siquiera una vez. En la historia de Purim Dios esconde Su cara, pero está tan involucrado como cuando abrió el mar ante los judíos que escapaban de los egipcios. Para los comentaristas judíos es el mensaje de la famosa —e irónicamente anónima— cita que dice: “la coincidencia es simplemente la forma que tiene Dios de mantener el anonimato”.

Y entonces quizás el aspecto más notablemente fortuito del discurso del Primer Ministro Netanyahu es que está programado para el mismo día antes de que los judíos cumplan con el Ayuno de Ester este año, para recordar el momento en que una heroica reina decidió que la supervivencia de su pueblo tenía prioridad por sobre el protocolo.