Rav Kalonymus Kalman Shapira nació en 1889 y fue un reconocido líder espiritual entre 1920 y 1943, primero en Piaseczno, un suburbio de Varsovia, y después en Varsovia misma. Él estableció la mayor ieshivá de la ciudad en 1923, llamada Daat Moshé, y en 1932 publicó su primer libro, Jovat Hatalmidim (Las obligaciones de los estudiantes), una obra educativa en la que explica a los estudiantes que ellos son descendientes de los grandes profetas y líderes de la Torá y que son capaces de crecer a similares alturas espirituales. Rav Shapira organizó clases, distribuyó caridad y se convirtió en un importante líder espiritual de los judíos de Varsovia.

Cuando los alemanes atacaron Varsovia en setiembre de 1939, el único hijo de Rav Shapira y su nuera fueron asesinados. Su hija fue deportada poco después a un campo de concentración. Rav Shapira fue obligado a mudarse al famoso Gueto de Varsovia junto con otros 400.000 judíos. Las condiciones eran terribles, la comida escasa y las enfermedades diezmaban a los judíos que estaban allí prisioneros. "El hambre en el gueto era tan terrible que la gente estaba acostada en las calles moribunda, los niños pequeños deambulaban mendigando", recuerda Abraham Lewent, quien vivió en el gueto.

En el infierno que era el Gueto de Varsovia, Rav Shapira continuó dirigiendo una sinagoga secreta, condujo los servicios y dio clases de Torá. Ofició en matrimonios y ayudó a que hubiera una mikve, un baño ritual judío. Cada semana, él escribió sus pensamientos sobre la porción de la Torá de la semana.

En enero de 1943, cuando los últimos judíos del Gueto de Varsovia fueron deportados hacia su muerte, Rav Shapira reunió sus manuscritos, los colocó dentro de un frasco y los enterró. Allí incluyó una carta dirigida a quienquiera que algún día fuera a encontrar su obra, pidiendo que se lo enviaran a su hermano, Rav Ieshaiá Shapira, un ardiente sionista que había alentado a los judíos polacos a irse a vivir en la Tierra Santa y él mismo se había ido en 1920.

Me tomo el honor de permitirme pedir a la estimada persona o al estimado instituto que vaya a encontrar esto, mis manuscritos… Por favor, sean tan gentiles de tomarse la molestia de enviarlos a la Tierra Santa a la siguiente dirección: "Rav Ieshaiá Shapira, Tel Aviv…", incluyendo la carta adjunta. Si Dios es misericordioso y yo me encuentro entre los judíos que sobrevivan a la guerra, le pido por favor que me perdone y que me devuelva todo a mí… Rav Kalonymus Kalman Shapira

Esta fue la última carta que escribió en su vida. Los soldados nazis le dispararon a Rav Shapira y a otros 43.000 judíos en la Aktion Ernfest (Operación Festival de la Cosecha), en la cual asesinaron a los prisioneros judíos en los campos de concentración de Majdanek, Poniatowa y Trawniki durante dos días de noviembre de 1943. Después de la guerra, un obrero de la construcción encontró el frasco. Su contenido eventualmente llegó al hermano de Rav Shapira, quien lo publicó en 1960 un libro llamado Esh Kodesh (en inglés: "Sacred Fire: Torah From the Years of Fury 1939-1942").

Tras oír esta impresionante historia, encargué mi propia copia del libro de Rav Shapira, pero casi no lo leí. Sus ideas y lecciones son penetrantes, pero muy oscuras. Página tras página, las palabras de Rav Shapira parecían clamar por esperanzas en un mundo repleto de dolor y miedo con el que yo simplemente no podía relacionarme.

Hasta ahora. Obviamente no puedo (y no quiero que parezca que intento hacerlo) equiparar de ninguna manera la tristeza y la soledad que siento durante esta pandemia con los horrores que experimentó Rav Shapira. Sin embargo, por primera vez en mi vida, ya no habito en el mismo mundo brillante y despreocupado al que estaba acostumbrada. Buscaba un poco de consuelo. Saqué el volumen de mi biblioteca y las primeras palabras que leí le hablaron directamente a mi tristeza por no poder rezar con la gran congregación que solía disfrutar.

Todo judío reza a Dios y clama a Él, bendito sea, por cualquier calamidad… Pero, ¿qué podemos hacer cuando no nos permiten gritar, ni siquiera congregarnos para rezar, y nos vemos obligados a rezar en lugares ocultos, y cada corazón judío debe lamentar esto solo? Por lo menos en lo más profundo de su corazón, todo judío debe elevar su clamor a Dios por esto.

Rav Shapira enfrentaba una muerte inminente y sus palabras se dirigían a personas que vivían en un peligro espantoso, mayor que cualquier cosa que podamos llegar a imaginar en la actualidad. Sin embargo, sus comentarios me dieron consuelo, me recordaron que incluso cuando estamos aislados en nuestros hogares, nuestras plegarias pueden mantenerse tan vivas como antes.

Otro pasaje me dio fuerzas para encontrar significado incluso en las partes más difíciles de la vida como parte de un plan Divino mayor. Las emociones que todos experimentamos en esta era de Coronavirus, sin dudas tienen el objetivo de ayudarnos a crecer de alguna forma.

…si una persona se sostiene a sí misma (en momentos difíciles) sólo con su creencia en una salvación inminente, entonces esa experiencia de sufrimiento y agonía no tiene paliativos y le cuesta mucho soportarla cuando (que Dios no lo permita) la salvación se demora. Esto no ocurre cuando además de creer en la salvación, la persona también baja la cabeza y dice: 'Él es Dios, y hará lo que sea mejor a Sus ojos'. Esto suaviza y absorbe los sentimientos más amargos y disminuye la intensidad del dolor por lo que ocurre. Entonces la persona puede soportar más, y su fe tiene más fuerza para elevar su espíritu incluso cuando la salvación no llega tan pronto como se esperaba, que Dios no lo permita.

Durante estos últimos meses, las palabras de Rav Shapira me dieron mucho consuelo. A veces parece incorrecto recibir tanto consuelo de la sabiduría y las ideas que él compartió en momentos mucho peores que los que vivimos. De todas formas, sus ideas nos hablan directamente.

Ahora, mientras nos preparamos para Rosh Hashaná, el nuevo año judío, me resulta todavía más difícil que nunca ser optimista respecto al nuevo año. También aquí Rav Shapira trae una fuerte lección relevante para este momento.

Reconociendo el agotamiento de las personas que viven en circunstancias difíciles, limitados en sus vidas cotidianas, él instó a sus estudiantes a reconocer ese dolor mientras se preparaban para un nuevo año. En los días previos a Rosh Hashaná en setiembre de 1941, Rav Shapira observó que las dificultades que enfrentaban él y sus alumnos habían cambiado por completo la forma en que veían el mundo, volviéndolos insensibles:

Ahora, en las circunstancias actuales, podemos ver que en comparación con la forma en que solíamos sentirnos nos volvimos insensibles a todo el dolor y el sufrimiento. En el pasado, sufríamos por cada herida, sin importar cuán pequeña fuera. Pero si fuéramos capaces ahora de responder a todo el dolor de nuestro sufrimiento con la emoción y la angustia que solíamos tener, sería imposible sobrevivir ni siquiera por un día, que Dios no lo permita.

A pesar de todo ese dolor, Rav Shapira tuvo un mensaje positivo para transmitir. No importa cuán difícil se vuelva la vida, seguimos teniendo el poder de controlar la forma en que respondemos y de enfrentar incluso las circunstancias más difíciles con crecimiento espiritual. Este es un importante legado que nos habla hoy, en otra generación, con una nueva urgencia.