Los días entre Rosh HaShaná y Iom Kipur tienen una importancia muy especial. Ellos determinan nuestro destino para el año venidero. Son el período de juicio divino. Allí arriba en los cielos, la humanidad es evaluada, nuestro comportamiento importa y nuestras acciones son consideradas. El decreto escrito en Rosh HaShaná se mantiene en suspenso a la espera de la aprobación final en el Día de la expiación. Ya sea que el mundo esté consciente o no, estos son los días más importantes del año, los últimos días en los que todavía podemos cambiar nuestro destino personal, así como también el destino de la humanidad.

Y sorprendentemente, existe un paralelo entro lo que ocurre allí arriba y lo que ocurre aquí abajo. Durante meses, el mundo ha observado con creciente asombro cómo se ha alcanzado un acuerdo con Irán —el principal patrocinador de terrorismo a nivel mundial— que les asegura la obtención de armas nucleares a futuro, así como la bonificación inmediata de más de 150 millones de dólares para llevar a cabo su nefasto plan de dominación universal. El plan está escrito, pero aún no está sellado. En los mismos 10 días en los cuales se dicta sentencia definitiva allí arriba en los cielos, al liderazgo político de los Estados Unidos se le ha dado su última oportunidad para anular lo que más del 70% de los estadounidenses y el 90% de los israelíes consideran un suicidio.

Y es precisamente en las oraciones pronunciadas por los judíos en las sinagogas alrededor del mundo, durante estos días, que nos enfocamos tan claramente en nuestra preocupación contemporánea. “En Rosh HaShaná se escribe y en Iom Kipur se sella; quién vivirá y quién morirá”. Y en caso de que hayamos tomado la amenaza a la ligera, el Ayatolá Jamenei de Irán decidió recordarnos justo antes de Rosh HaShaná: “Ustedes no verán los próximos 25 años”, dijo él en referencia a Israel. “Si Dios quiere, no quedará nada; ningún rastro del régimen sionista en los próximos 25 años. Y hasta entonces, la moral heroica y luchadora de la yihad no dará tregua a los sionistas”.

Es una gran ironía de la historia que los que traman los mayores males no ocultan sus planes; publican con antelación sus ambiciones genocidas y se aprovechan de la ingenuidad del mundo civilizado que no los toma en serio. Hitler explicó exactamente lo que le haría a los judíos en su libro Mein Kampf. El mundo occidental lo catalogó como pura retórica; exageraciones desvinculadas de la realidad. Y eso fue lo que permitió que el Holocausto ocurriera.

El mundo es una vez más culpable del mismo error. En la víspera de la aprobación del acuerdo basado en la supuesta buena voluntad de Irán para unirse a la familia de las “naciones amantes de la paz”, el liderazgo iraní vociferó fuerte y claro que la aniquilación de Israel y todos sus habitantes es un objetivo no negociable. Y el acuerdo aún está sobre la mesa. Está escrito, pero aún no está sellado. Los políticos discutirán y debatirán. Y el calendario nos recuerda que estamos en medio de los 10 días de arrepentimiento, y que el mismo juicio se está llevando a cabo en los cielos.

Hay tanto en juego, nuestras vidas penden de un hilo. Las vidas judías importan; y también importan nuestros rezos.

Sorprendentemente, no ha habido respuestas a partir de la angustia, ni denuncias furiosas, no hay gritos de indignación en contra de los ayatolás que prometen un genocidio. Ninguno de los defensores del acuerdo se ha presentado para proclamar con el mismo vigor que la intención de aniquilar a Israel es un asunto que puede romper el acuerdo en cualquier momento y que las vidas judías sí importan. Nadie, ni el Presidente de los Estados Unidos ni cualquier otro líder mundial, se sintió lo suficientemente motivado como para denunciar una promesa de destrucción de un país miembro de las Naciones Unidas y del exterminio de todo un pueblo.

Hay un mantra que ha ganado mucha popularidad en los Estados Unidos últimamente en contra del pecado del racismo: “Las vidas negras importan”. Y ciertamente importan. Pero además, debemos añadir a otro grupo que por alguna razón ha perdido la empatía o incluso la legitimidad en los corazones de aquellos que ostensiblemente cargan en alto el estandarte de la hermandad: “Las vidas judías importan”. La intolerancia y los prejuicios son pecados, incluso cuando las víctimas son judías. El antisemitismo puede estar de moda hoy en día, pero es tan abominable como el racismo por el color de la piel.

¿Quién habría pensado que apenas medio siglo después del Holocausto necesitaríamos recordarle al mundo nuevamente esta simple verdad? Las vidas judías importan.

Durante estos días entre Rosh HaShaná y Iom Kipur, tenemos que reflexionar no sólo sobre nuestro propio destino, sino también sobre el destino de la humanidad. Hay tanto en juego, nuestras vidas penden de un hilo. Las vidas judías importan; y también importan nuestros rezos. Que todos seamos sellados en el Libro de la Vida.