Finalmente la biografía de Rav Nóiaj Weinberg, zt”l, llegó a la imprenta. Creo que es el momento adecuado para que yo, su autor, reflexione sobre algunas de las mayores lecciones que aprendí en la década que estuve sumergido en la historia de Rav Nóaj y de Aish HaTorá. Para entender esta historia, hubo entrevistas con aproximadamente 150 personas, con muchos de ellos varios encuentros y un seguimiento posterior por correo electrónico.

Lo primero que aprendí es que en verdad sabía muy poco sobre Rav Nóaj, con quien me encontré sólo una vez, o sobre Aish HaTorá, a pesar de que uno de mis hermanos menores estuvo allí casi un año en los inicios de la Ieshivá. Lo que yo sabía de Rav Nóaj y de Aish se debía primordialmente al icónico artículo de Ellen Willis en la revista Rolling Stone, Next Year in Jerusalem (El próximo año en Jerusalem). Allí, la famosa escritora feminista exploraba si el camino que tomó su hermano menor Mike (Jaim) podía funcionar también para ella. Me avergüenza decir que soy uno de los pocos baalei teshuvá que nunca había escuchado sobre las clases de los 48 caminos antes de empezar a trabajar en el libro.

Además de no saber casi nada sobre Rav Nóaj, también era muy poco lo que conocía sobre Aish HaTorá. En especial era enorme mi ignorancia respecto al impacto que Aish HaTorá tuvo en el mundo judío en general a través de los principales programas desarrollados por estudiantes de Aish, como por ejemplo Discovery, Aish.com/AishLatino.com y Jerusalem Fellowships.

De Rav Nóaj aprendí lo que significa asumir responsabilidad por todo el pueblo judío. De hecho, por todo el mundo.

De Rav Nóaj aprendí lo que significa asumir responsabilidad por todo el pueblo judío. De hecho, por todo el mundo. Nuestros Sabios dicen que cada día debemos decir: "bishvilí nivrá olam", 'el mundo fue creado para mí'. Rav Nóaj enseñó que esto significa que tenemos la responsabilidad de reparar en el mundo todo lo que no es como Dios quiso que fuera, por lo menos en teoría.

No había nada por lo que Rav Nóaj no se preocupara de forma apasionada. Eric Coopersmith, la persona más cercana a Rav Nóaj durante su última década, una vez mencionó por lo menos 20 organizaciones, fuera de aquellas iniciadas por Aish HaTorá mismo, a las cuales Rav Nóaj contribuyó con cientos de miles de dólares o más, incluso cuando Aish sufría de deudas perpetuas.

Las demandas de Rav Nóaj sobre sí mismo y sobre quienes estaban cerca de él eran incesantes. Eric Coopersmith una vez le dijo exasperado: “Rosh Ieshivá, yo no tengo una fuerza aérea [para destruir el programa nuclear iraní]”.

La marca identificadora de un estudiante de Aish HaTorá es el espíritu de asumir responsabilidad. Un estudiante secundario de Toronto que asistió un año a la Conferencia de Aish Partners, regresó a su hogar y comenzó un programa de comidas calientes para los pobres. Después contó que con lo que oyó en la conferencia se sintió avergonzado de no participar de alguna manera para mejorar al mundo.

Los alumnos de Rav Nóaj universalmente lo describen como "la persona con más fuerza para alentar a los demás" que conocieron. Él hablaba con frecuencia de su búsqueda de “diez hombres” con los que pudiera cambiar el mundo, y proclamó que Aish HaTorá sería una institución para entrenar a los líderes del pueblo judío.

Él enseñó que el fracaso no es lo opuesto del éxito, sino su condición previa.

Rav Nóaj enseñó a sus seguidores a no temer al fracaso, y a menudo relataba historias de todos los fracasos que él tuvo antes de lograr que Aish HaTorá creciera. Él enseñó que el fracaso no es lo opuesto del éxito, sino su condición previa. Los que temen demasiado al fracaso nunca lograrán grandes cosas.

De Rav Nóaj aprendí que la idea más poderosa es esta: Dios te ama, y mientras estés alineado con Sus objetivos para el mundo, Él te ayudará. Rav Moti Berger, un conocido disertante de Aish HaTorá y presentador del programa Discovery, una vez les dijo a otros rabinos que salían de la oficina de Rav Nóaj: “Ninguno de nosotros realmente cree que es posible hacer retornar [a sus raíces ancestrales] a todo el pueblo judío, pero todos reconocemos la fuerza de trabajar para alguien que piensa que podemos hacerlo”. Él no se había percatado que Rav Nóaj había salido con ellos de la oficina… De repente sintió una firme patada en la parte trasera de sus pantalones. “¡Traidor!”, le gritó Rav Nóaj.

La lógica de Rav Nóaj era irrefutable, como reconocían incluso quienes se irritaban por su constante presión para obtener resultados inmediatos. “Si Dios te ayudara a lograr tu objetivo, ¿Él podría hacerlo verdad?”, les preguntaba. Una vez que reconoces esa realidad, todo lo que tienes que hacer es asegurarte que tus objetivos están alineados con los objetivos de Dios. Y no puede caber duda alguna respecto a que Dios desea traer a todos Sus hijos —al pueblo judío— de vuelta a Su lado.

De Rav Nóaj también aprendí la importancia de la claridad intelectual. Él veía las ideas como un ejercicio de levantar pesas en el gimnasio: mientras más se reflexionaba y se trabajaba sobre ellas, más reales se volvían y se las comprendía con mayor profundidad. Las 'Seis mitzvot constantes' eran la barra de pesas a las que él regresaba automáticamente cada vez que su mente no estaba ocupada en otra cosa.

Debido a que pasó tanto tiempo trabajando sobre los primeros principios (el amor a Dios, el temor a Dios, el propósito de la plegaria), era capaz de responder sin vacilar, virtualmente a cualquier pregunta que le hicieran. Tengo un amigo que era un producto un poco alienado del sistema de las Ieshivot cuando a los diecinueve años conoció a Rav Nóaj. Por primera vez debió reconocer que perdía todos los debates, pero todavía más importante fue que recibía respuestas a preguntas que hace mucho le molestaban. Él comprendió que Rav Nóaj podía responderle rápidamente, porque él mismo había pasado años reflexionando sobre los mismos problemas. Como tenía tanta claridad sobre los desafíos a esos principios básicos, mi amigo no lo desestimó. Hoy en día esta persona es un Rosh Ieshivá.

Sobre todo aprendí cuánto más cada uno puede hacer por Dios y por el pueblo judío si tan sólo nos importa lo suficiente.

Finalmente Rav Nóaj me enseñó que nuestra propia comunidad no debe estar exenta de crítica y que el máximo acto de amor es tratar de mejorar a quienes están más cerca y no convertirnos en sus defensores partisanos. Rav Nóaj se crió en el mundo de las Ieshivot y era un producto de ese mundo. Pero él nunca cometió el error de pensar que ese mundo estaba por encima de las críticas. En su perspectiva, ese mundo sólo era “el menos loco en un mundo delirante”. La Torá es perfecta, pero ningún grupo representa por completo esa perfección.

Una de las principales misiones que él esperó que sus propios alumnos asumieran, fue infundir al mismísimo mundo de Torá en general con la claridad y el entusiasmo que hizo posible que ellos dieran vuelta sus vidas a mitad de camino para comprometerse con una vida de Torá y mitzvot.

Durante la década que viví aprendiendo sobre Rav Nóaj, sus enseñanzas penetraron mi corazón cada vez más profundo. Y sobre todo, aprendí cuánto más cada uno de nosotros puede hacer por Dios y por el pueblo judío si tan sólo nos importara lo suficiente...


En honor al 11° iortzait de Rav Nóaj Weinberg, zt”l, el 11 de shvat.