Dos alargadores eléctricos con diez salidas. Literas, pelotas de goma para el estrés y suficiente arena para llenar la playa de Tel Aviv.

Una madre.

Conozcan a Rose Marchick, madre biológica de tres, adoptiva de dos y cuidadora de más de 150 niños durante los últimos nueve años en Olathe, Kansas.

“Los niños necesitan un hogar y yo tengo uno”, dice Marchick encogiéndose de hombros. “Eso es todo”.

Marchick, quien es judía ortodoxa, dice que de niña sabía que quería una casa llena de niños. La adopción no era algo que hubiera imaginado en ese entonces; la idea surgió cuando encontró su nicho en el mundo, tanto a nivel profesional como personal. Antes de cumplir 40 años, ella tenía un doctorado en psicología y tres magísteres en campos relacionados, lo cual la calificaba para trabajar con los niños más difíciles.

(De izquierda a derecha): Lenora (20, hija adoptiva de Marchick), Tyler (18), Rose Marchick, Yaakov (10), Lili (12), Clint (su esposo) y Dasha (13, hija adoptiva).(De izquierda a derecha): Lenora (20, hija adoptiva de Marchick), Tyler (18), Rose Marchick, Yaakov (10), Lili (12), Clint (su esposo) y Dasha (13, hija adoptiva).

Marchick y Clint, su marido, aceptan niños que sufren desórdenes mentales y emocionales, como niños con FASD (problemas porque la madre consumió alcohol durante el embarazo) o trastornos reactivos del apego (ocurre en niños que han sido ignorados o que son incapaces de formar un apego saludable con su cuidador principal). Hay quienes tienen desorden bipolar o esquizofrenia, y otros le han llegado directamente desde la prisión juvenil. Ella prefiere niñas adolescentes, pero también acepta grupos de hermanos y niños más pequeños, según sea necesario.

El hogar de Marchick es el único hogar judío en el área que acepta niños con condiciones tan severas.

“Solíamos hacer muchos cuidados de emergencia para la policía”, explica. “Recibíamos niños que tenían custodia protectora policial, como niños que habían sido retirados de sus hogares para ser investigados”. Suena el teléfono; ellos retiraron a tres niños, en este caso tres hermanos. Vienen por tres o cinco días y luego se van. O los cargos son verificados y se quedan en custodia adoptiva.

El teléfono suena sin cesar. Marchick está acostumbrada a ver el número del servicio social o de la policía en su identificador de llamadas.

El hogar de Marchick es uno de los únicos hogares en el área que acepta niños con condiciones tan severas; y ciertamente es el único judío. Los niños adoptivos generalmente no son judíos, pero siempre son invitados a las comidas de Shabat e incluso a la sinagoga. Ella se encarga de que haya disponible un estante con libros de sabiduría judía, junto con libros de otras religiones, para ofrecerles guía espiritual a los jóvenes. Cada libro está alineado perfectamente en su inmaculado hogar.

“Soy híper organizada”, dice Marchick, explicando cómo logra agregar niños a su ya considerable camada. “Tienes que lograrlo, lo logras por desesperación”.

En la actualidad cuida a otras dos niñas adolescentes y tiene que trasladar a siete niños a cinco escuelas antes de las 8 a.m. A cuatro los lleva en auto, dos van en autobús y Tyler, su hijo mayor, maneja solo.

“A las 7:17 salimos por la puerta”, dice Marchick.

Marchick tiene una tabla de tareas codificada con colores sobre un pizarrón blanco. Cada uno de sus niños tiene un color y las tareas van desde acomodar la mesa hasta hacer sándwiches y barrer el piso. Ella agrega a los niños que acoge a la rotación cuando se quedan en casa.

Los colores están también en los vasos, tazas, cepillos de dientes y peines de los niños para que todo el mundo sepa qué le pertenece.

Para ahorrar dinero, ella cose algunas de las prendas de sus niños. Compra sus alimentos en base a una lista de almacén, esforzándose para promediar $1.000 por mes para su hogar vegetariano. Cuenta que cuando sus hijos eran pequeños tenía que lavar 40 cargas de ropa por semana. Ahora está cerca de 20.

Ella prepara su hogar para que haya un poco de cordura. Clint, su marido, que viaja toda la semana por su trabajo como consultor para Dewolff Boberg & Associates, ayudó a vaciar el patio y a transformarlo en un jardín orgánico. Ella dice que es terapéutico para los niños, quienes participan en la experiencia durante la primavera y el verano. Marchick tiene a mano una canasta con juguetes especiales para los niños con trastornos como deficiencia de atención e hiperactividad.

Sus hijos también participan. Lily, quien cursa sexto grado en el colegio Hyman Brand Hebrew Academy de Overland Park, Kansas, está escribiendo para el discurso de su bat mitzvá cómo aprendió algo de cada uno de los niños que su familia ha acogido. Tyler, que cursa su último año de escuela secundaria, dice que ya casi ni advierte la presencia de extraños, que ellos ya son parte de su estilo de vida.

“Para nosotros es normal”, dice Tyler. “Si hay alguien nuevo en la mesa, la actitud es algo como: 'Hola, ¿cómo te llamas? ¿Me alcanzas la sal?'”.

Nikki Goldwater, la coordinadora de admisión para custodias del Jewish Child and Family Services (Servicios para niños y familias judías) de Chicago, dice que la comunidad judía necesita más madres adoptivas como Marchick. Dice que su organización por lo general se encuentra trabajando con unos 100 chicos simultáneamente, y que siempre hay un excedente de niños, y nunca hay suficientes padres para ellos. Un padre adoptivo, dice Goldwater, debe ser flexible, particularmente al trabajar con niños difíciles; tiene que estar comprometido, pero también debe ser capaz de pedir ayuda. Su organización le ofrece entrenamiento a los padres y Goldwater dice que obtener calificación lleva entre 6 meses y un año.

Todos los días les digo a mis hijos que lo más importante es marcar una diferencia en el mundo.

La estadía promedio de un niño adoptivo es 14 meses, aunque algunos niños se quedan por muy poco tiempo y otros pueden quedarse más, explica Goldwater. Muchos factores pueden afectar el plazo de estadía del niño en el cuidado adoptivo: el progreso de los padres en los servicios autorizados; la disponibilidad de parientes o de padres no agresivos para cuidar al niño; la actividad y los hallazgos de la corte.

“Con certeza es una ardua tarea, pero no se me ocurre nada más satisfactorio que ayudar a un niño a sanar”, dice Goldwater. “Los niños llegan con la autoestima destruida, por lo general sintiendo que son difíciles de amar, y es mediante el trabajo duro de los padres adoptivos que los vemos florecer y vitalizarse… Necesitamos enseñarles a los niños que a pesar de que en el mundo ocurren cosas atemorizantes, hay lugares en los que pueden estar a salvo. Necesitamos buenos padres adoptivos que hagan eso”.

En Kansas, las murallas de la casa de seis dormitorios de los Marchick están pintadas con colores suaves y, en muchas áreas, ella decora con citas motivacionales de fuentes que van desde la Madre Teresa hasta la Torá. Las citas tienen por objetivo construir confianza y recordarles a sus hijos (en custodia, adoptivos y biológicos) que ellos también pueden cambiar el mundo, de a una persona por vez.

“Es tikún olam (reparar el mundo)”, dice Marchick. “La base del judaísmo es realizar acciones concretas. Todos los días les digo a mis hijos que lo más importante es marcar una diferencia en el mundo. Cada niño que viene recibe calidez, un refugio y amor durante su estadía. Todos nos despertamos con la misma cantidad de horas por día que tenía la Madre Teresa. Lo que elegimos hacer con ellas depende de nosotros. No puedes salvar el mundo, pero puedes hacer lo que tienes delante tuyo. La mayoría de las cosas buenas son difíciles”.